Latouche está fuera del tiempo

Desde el día que Manuel Montilla conoció a Luis Treville Latouche, ‘hasta su tránsito final, no dejamos de parlar de cuanta locura se nos ocurría’.

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El 30 de junio, en la Casa Cultural La Guaricha se inaugura una exposición del artista panameño Treville Latouche. CORTESÍA El 30 de junio, en la Casa Cultural La Guaricha se inaugura una exposición del artista panameño Treville Latouche. CORTESÍA

El 30 de junio, en la Casa Cultural La Guaricha se inaugura una exposición del artista panameño Treville Latouche. CORTESÍA

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Latouche está fuera del tiempo

Luis Treville Latouche (1943 - 2013) es de esos artistas que transitaron al margen de la historia oficial de la plástica nacional, sin recibir el suficiente reconocimiento general que su obra ameritaba.

Para que su legado sea más conocido entre el público consumidor del arte, este creador será objeto de una individual en la que se presentarán sus obras inéditas, tras dos años de su muerte.

La muestra se inaugura el martes 30 de junio, a las 7:30 p.m., en el salón Bijao de la Casa Cultural La Guaricha, ubicada en la ciudad chiricana de David.

Este evento, organizado por La Guaricha y la Asociación de Artistas Visuales de Chiriquí, lo conforman “obras del maestro Latouche nunca antes vistas, de su producción de sus últimos dos años antes de su partida”, explica Antonio Singh, promotor cultural y uno de los artífices de esta iniciativa.

Además, tendrán a la venta obras suyas en gran formato en papel, cartulina y otros formatos, así como memorabilia como tazas, suéteres, bolsas y otros objetos con los dibujos y poemas de este creador.

BIOGRAFÍA

Luis Treville Latouche nació el 25 de mayo de 1943 en la ciudad de Panamá.

Su padre fue el estadounidense Treville Latouche Tupper y su madre, la alanjeña Beatriz Pirastru Delgado Pérez.

Hizo estudios fragmentados de periodismo, antropología, arte, sociología y criminología.

Participó en exposiciones en Panamá, Costa Rica, Guatemala, Cuba, Estados Unidos, Alemania, Honduras, España, México y Japón.

Antonio Singh lo recuerda como el entusiasta que “recorría las calles de David, a pie, promoviendo la venta de anuncios de periódicos que él mismo preparaba artesanalmente. O realizaba caminatas largas donde no tomaba alimento, agua y subía hasta la cumbre del volcán Barú”.

COLECCIONISTAS

Dos de sus coleccionistas comparten su parecer sobre Luis Treville Latouche.

Para el licenciado Luis Mulino, dentro de la plástica nacional Latouche “representó al autodidacta, al buscador incansable de un sueño inalcanzable”.

Mulino opina que “no se le dio la relevancia que merece su obra, tal vez por vivir en David, apartado de la gran urbe, donde existe muy poco espacio donde exponer y exhibir. También su carácter taciturno e introvertido tampoco lo ayudó”.

Para el empresario Felipe Rodríguez, la imaginación de Latouche era “excepcional y tenía una enorme facilidad para expresarla mediante la plástica. Su influencia a nivel nacional estuvo limitada por la falta de aprecio a su obra”.

MÍSTICO

El poeta Dimas Lidio Pitty, en abril de 2013, expresó que Latouche dejaba una “obra heterodoxa, vasta, discontinua y dispersa, que algunos no olvidarán, porque era un artista que anteponía la intuición, el destello, al preconcepto, a lo común, a lo sabido”.

“Espiritualista, agnóstico y a la vez místico, Latouche buscaba la expresión y la voz de cada cosa. Ahora a él le tocó atender el llamado ineludible que todo ser vivo oye solamente una vez. Y se fue en silencio, con la misma sencillez con que cada día saludaba a sus amigos y creaba el arte de su mundo”, agrega el también cuentista.

TRANSGRESOR

Corría el final de la década de 1980 cuando un buen día apareció por el estudio del pintor Manuel Montilla, en el barrio del Peligro, en David, un ser que rememora como delgado, nervioso, locuaz y vital: Latouche, con quien enseguida hubo conexión.

“Nuestra plástica nacional, tan dada a la banalidad y a lo decorativo, al oropel y a lo fatuo, no puede interesarse por artistas del calibre de Latouche. Nuestros ‘curadores’, comisarios, autoridades culturales oficiales y organizadores de eventos, para el lucimiento de algunos elegidos, son incapaces de trasegar con una personalidad al margen de las modas y de las premisas pecuniarias”, detalla Montilla.

Opina que el arte sigue otros senderos. “No necesariamente a los que la mayoría aspira. Por ello surgen hombres y mujeres, como Bustos, como Artaud, como Plisetskaya, como Poe, como madame Curie, como Whitman, como Ajmatova, como Latouche, fuera del tiempo, y contra los tiempos”.

Manuel Montilla no cree que a una personalidad tan transgresora como la de Latouche “le interese en nada la relevancia que pudiese darle, ahora, en lo futuro o nunca, esta afligida tierra en que le tocó caminar sus días y sus sueños. Él llegó, cumplió su cometido y se marchó en el silencio que solo los inmortales conocen. Lo demás es únicamente parafernalia y vanidad”.

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