PAULO COELHO

Mamá, yo quiero ser escritor

OFICIO. Cuando tenía 15 años le dije a mi madre: He descubierto mi vocación: quiero ser escritor.

Hijo mío –respondió ella, con aire triste– tu padre es ingeniero. Es un hombre lógico, razonable, con una visión precisa del mundo. ¿Tú sabes lo que es ser un escritor?

Alguien que escribe libros.

Tu tío Haroldo, que es médico, también escribe libros, y ya publicó algunos. Sigue la facultad de ingeniería y tendrás tiempo para escribir en tus momentos libres.

No, mamá. Yo quiero ser solamente escritor. No un ingeniero que escribe libros.

¿Pero tú ya has conocido a algún escritor? ¿Alguna vez viste a algún escritor?

Nunca. Solo en fotografías. Entonces, ¿cómo quieres ser escritor sin saber bien lo que es eso?

Para poder responder resolví hacer una pesquisa. Y he aquí lo que descubrí sobre lo que era ser un escritor en el inicio de la década del 70: Un escritor siempre usa lentes y no se peina bien. Pasa la mitad de su tiempo con rabia de todo, y la otra mitad deprimido. Vive en bares, discutiendo con otros escritores también con lentes y despeinados. Habla difícil. Tiene siempre ideas fantásticas sobre su próxima novela y detesta la que acabó de publicar.

Un escritor tiene el deber y la obligación de jamás ser comprendido por su generación, o nunca llegará a ser considerado un genio, pues está convencido de que nació en una época en la que la mediocridad impera. Un escritor siempre hace varias revisiones y alteraciones en cada frase que escribe.

El vocabulario de un hombre común está compuesto por 3 mil palabras; un verdadero escritor jamás las utiliza, ya que existen otras 189 mil en el diccionario, y él no es un hombre común.

Solamente otros escritores comprenden lo que un escritor quiere decir. Aun así, él detesta secretamente a los otros escritores, ya que están disputando las mismas plazas que la historia de la literatura deja a lo largo de los siglos. Entonces, el escritor y sus pares disputan el trofeo del libro más complicado: será considerado el mejor aquel que consiguió ser el más difícil.

Un escritor entiende de temas cuyos nombres asustan: semiótica, epistemología, neoconcretismo. Cuando desea impresionar a alguien dice cosas como “Einstein es burro” o “Tolstoi es un payaso de la burguesía”. Todos se escandalizan, pero comienzan a repetir a otros que la teoría de la relatividad es errónea y que Tolstoi defendía a los aristócratas rusos.

Provisto de todas estas informaciones, volví a mi madre y le expliqué exactamente lo que era un escritor. Se quedó un poco sorprendida: Es más fácil ser ingeniero, dijo. Además, tú no usas lentes.

Pero yo ya iba despeinado, con mi paquete de Gauloises en el bolsillo, una pieza de teatro debajo del brazo ( Límites de la Resistencia, que el crítico Yan Michalski definió como “el espectáculo más loco que jamás vi”), estudiando a Hegel y decidido a leer Ulises de cualquier manera. Hasta el día en que apareció Raúl Seixas, me retiró de la búsqueda de la inmortalidad y me colocó en el camino de las personas comunes.

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