PAULO COELHO

Manuel es un hombre libre

CRECER. Manuel trabaja durante 30 años sin parar, educa a sus hijos, da buen ejemplo, se dedica a su trabajo, y nunca se pregunta: “¿tendrá sentido lo que estoy haciendo?”. Su única preocupación es estar lo más ocupado posible, para parecer así más importante a los ojos de la sociedad.

Sus hijos crecen y se van de casa, a él lo ascienden en el trabajo, un día gana un reloj o un bolígrafo en agradecimiento por todos estos años de dedicación, los amigos vierten unas lágrimas, y llega el momento tan esperado: está jubilado, ¡libre para hacer lo que le plazca!

En los primeros meses, visita de vez en cuando el despacho donde trabajó, charla con sus antiguos compañeros, y se da el gusto de hacer algo con lo que siempre soñó: levantarse más tarde. Pasea por la playa o por la ciudad, disfruta de su casa de campo, que compró con tanto sudor, descubre la jardinería. Manuel tiene todo el tiempo del mundo. Viaja, empleando parte del dinero que consiguió ahorrar. Visita museos, aprende en dos horas lo que pintores y escultores de diferentes épocas tardaron siglos en desarrollar y se queda con la sensación de que aumenta su cultura. Hace miles de fotos, y se las envía a los amigos. A fin de cuentas, tienen que saber lo feliz que es.

Siguen pasando los meses. Manuel aprende que el jardín no sigue exactamente las mismas reglas que el hombre: aquello que plantó tardará en crecer, y de nada sirve ver si el rosal ya tiene brotes. Se da cuenta de que todo lo se trajo de sus viajes fue un paisaje visto desde un autobús turístico, pero descubre que en realidad nunca consiguió sentir una emoción especial. Estaba más preocupado por contárselo a los amigos que por vivir la mágica experiencia de estar en un país extranjero.

Continúa viendo los noticiarios de televisión, lee más periódicos, se considera una persona bien informada. Busca alguien para compartir sus opiniones, pero todos están trabajando, haciendo algo, envidiando a Manuel su libertad, y al mismo tiempo contento de ser útil a la sociedad y estar “ocupado” en algo importante.

Manuel busca consuelo en sus hijos. Ellos siempre lo trataron con gran cariño, pues fue un excelente padre. Pero también ellos tienen otras preocupaciones, aunque todavía consideran su deber participar del almuerzo del domingo.

Manuel es un hombre libre, con una situación financiera desahogada, bien informado, con un pasado impecable, pero ¿Qué hacer con esta libertad tan arduamente conquistada? Todos lo saludan, lo elogian, pero ninguno tiene tiempo para él. Poco a poco, Manuel comienza a sentirse triste, inútil, pese a los años de servicio al mundo y a su familia.

Una noche, un ángel se le aparece en sueños: “¿qué has hecho con tu vida?

Manuel se levanta empapado en sudor frío. ¿Qué sueños? Su sueño era éste: conseguir un título, casarse, tener hijos, educarlos, jubilarse, viajar. ¿Por qué ese ángel le hace preguntas tan absurdas? Comienza un nuevo y largo día. Los periódicos. El jardín. El almuerzo. Dormir. En este momento, se da cuenta de que no le apetece hacer nada porque la libertad no pasa de ser un exilio disfrazado.

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