De Oliveira, una vida de cine

El director de cine portugués Manoel De Oliveira falleció ayer a los 106 años. Debutó como director a los 23 años con el documental ‘Douro Faina Fluvial’.

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‘Mi mejor regalo es seguir haciendo películas’, dijo Manoel De Oliveira en 2008. ‘Mi mejor regalo es seguir haciendo películas’, dijo Manoel De Oliveira en 2008.

‘Mi mejor regalo es seguir haciendo películas’, dijo Manoel De Oliveira en 2008.

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De Oliveira, una vida de cine

Manoel De Oliveira, hasta ayer, jueves, el cineasta en activo más veterano del mundo, deja detrás de sí una singular obra que abarca 82 años de carrera coronada con cerca de 60 filmes, considerados un legado que preserva la memoria del siglo XX.

Manoel Candido Pinto De Oliveira, nacido en la norteña Oporto el 11 de diciembre de 1908, en el seno de una familia de industriales, dividió los estudios en su ciudad natal y en un colegio de los jesuitas de la localidad gallega de A Guarda (España), hasta que a los 17 comenzó a ayudar en los negocios familiares.

Amante de los coches de carreras, compitió en varias pruebas como piloto antes de alcanzar la fama como realizador de cine.

Su pasión por el motor le llegó por influencia de su hermano mayor Casimiro y de otros de sus amigos y llegó a vencer en diferentes competiciones.

Durante su juventud practicó desde la natación hasta el remo o el atletismo, y también fue piloto de aviones acrobáticos.

PRIMEROS PASOS

Debutó en el cine a los 23 años en la dirección con un documental, Douro, Faina Fluvial (1931), un obra muda que recoge los trabajos en la ribera del río Duero.

Su película inaugural, influenciada por el semidocumental alemán Berlin: Symphony of a Metropolis (1927), de Walter Ruttmann, tuvo una recepción desigual entre la indiferencia de sus compatriotas y el agrado de la industria internacional.

Ya casado con Maria Carvalhais, con la que tuvo cuatro hijos, de Oliveira rodó su primer largometraje de ficción en 1942, Aniki-Bobó, filmada en Oporto y donde se narra una historia de dos chicos que están enamorados de una misma niña. Esta obra se considera un anticipo a la corriente cinematográfica italiana del neorrealismo.

Desde Aniki-Bobó, De Oliveira estuvo 14 años sin filmar por dificultades para encontrar financiación y por la censura portuguesa del régimen de Antonio Oliveira Salazar (1926-1974).

A mediados de los años 1950, retomó su actividad cinematográfica, aunque no es hasta la década de 1970 cuando empezó su vertiginosa labor durante la que adapta varias obras literarias de escritores y poetas lusos, como Eça de Queiroz (1845-1900) o el padre Antonio Vieira (1608-1697).

DETRÁS DE UNA CÁMARA

El apoyo del productor luso Paulo Branco es crucial para el repunte creativo del cineasta, que logró rodar una película por año.

Francisca (1981) supuso el punto de inflexión del inicio de la considerada tercera fase del autor, en la que mejor se refleja su vasto conocimiento de la cultura occidental.

Durante las décadas de los 1980 y 1990, actores de la talla de la francesa Catherine Deneuve, el estadounidense John Malkovich o el italiano Marcello Mastroianni intervinieron en filmes como O Convento (1995) y Viagem ao Principio do Mundo (1997).

Las películas del longevo cineasta se caracterizan por su condensación rítmica y sus planos largos, recursos necesarios para expresar el rico imaginario de De Oliveira, influenciado por el humanismo cristiano.

La universalidad de la obra de De Oliveira, cineasta de culto en Portugal, se refleja en cintas como A divina comédia (1991), No, o la vana gloria de mandar (1990) y Un filme falado (2003), donde aborda desde la tradición bíblica hasta la filosofía de Nietzsche.

Entre los galardones que ha recibido su filmografía, Manoel De Oliveira cuenta con un León de Oro del Festival de Venecia (1985) y una Palma de Oro del Festival de Cannes (2008).

La crisis y algunos achaques de salud afectaron su intensa producción en el último lustro. “Yo no me quejo de nada, porque no sirve (...). Los Gobiernos deberían auxiliar mucho al cine, ayudando a los realizadores, pero no como un favor, sino como una obligación”, proclamó De Oliveira, para quien la vida cobraba sentido detrás de una cámara.

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