La última palabra

Pandemia futbolera

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El poder romano instituyó el pan y circo para saciar a las masas. En la tribu global,  con la nada fantasiosa cifra de 4 mil millones de internautas, el santo y seña es pan con fútbol. Ese fútbol es alegría, entretenimiento, autoestima nacional, competición y competencia, valores y destrezas deportivas. Y mucha corrupción. La oculta, la de la FIFA, astronómica, y aquella de poderosos, que aprovechan la fiebre futbolera –como cualquier otra circunstancia para meterla debajo de la piedra. La Marea Roja nos ha borrado el tsunami corrupteril del patio. ¿De qué estás hablando, desgraciado?

A los primates nos fascina jugar. Las especies animales más inteligentes son las que más tiempo dedican al juego. No es solo juego de niños. En los juegos del tipo aborígenes y vaqueros, la lata o el escondite, hallamos huellas de nuestro pasado evolutivo como cazadores-recolectores y guerreros. El éxito en la caza y en la guerra era fundamental para la supervivencia del grupo. Lo es aún para los chimpancés.

Los mejores cazadores y guerreros –los Messi, Román, El Matador, Blas, Zidane, Cristiano Ronaldo, Torres- obtenían gran prestigio  y gozaban de una alta posición social. Es nuestra fascinación por deportistas de élite. Es el orgullo por el portero Calderón, a quien veneran en andas sus vecinos de San Miguel, en el sótano del desarrollo social local.  Si estuviéramos aún en el Paleolítico, todos querríamos que fuesen parte de nuestra tribu. Los hombres prefieren ser acompañados a cazar con aquellos hábiles en estas actividades, porque así tienen más probabilidades de conseguir carne de calidad.

Empieza esta fiebre, qué va, pandemia, que solo en su inauguración por la televisión en decadencia, será vista por el 15% o 20% de la población mundial, más súmele lo demás, sobre todo por esas incomprendidas y asfixiantes redes sociales. Podrá verse en público masivo la demostración de habilidades físicas y mentales de los deportistas; un escenario para probar que poseen las características deseadas por la tribu, lo que aumenta su estatus.

Con nuestro grupo reafirmamos nuestra identidad y hasta la reconstruimos. Con el sentir de cada uno y los rulos de Román. En oposición a otras identidades. El mayor de la tribu abriga su dilema: o decreta tiempo libre para que puedan ser vistos, sin contratiempos, los partidos propios o quién sabe qué negocia para lograrlo. Que no emplee el modelo para cortar la huelga de obreros de la construcción, con el sobreprecio de megaobras públicas.

Hay que defender el lema de la Sele nuestra: “la fuerza de dos mares”.

El autor es periodista y filólogo

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