¿Podemos liberarnos de la guerra?

De san Agustín a san Isidro, pasando por Albert Einstein y Sigmund Freud, han reflexionado sobre la violencia humana.

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Hay que leer siempre los clásicos, ya que son una fuente permanente de sabiduría. La verdad que transmiten en sus páginas pocas veces pierden actualidad.

Si los guionistas Zack Snyder y Kurt Johnstad, responsables de la trama de la película 300: el origen de un imperio, hubieran consultado la Política de Aristóteles, habrían usado las guerras Médicas (500-479 a.C.) como un vehículo para comprender el comportamiento de los hombres de aquellas épocas y cómo entendían la guerra, la que consideraban un arte.

Una situación de furia y agresión que no ha cambiado hoy.

De acuerdo con el Instituto de Heidelberg para la Investigación de Conflictos Internacionales (HIIK), 2013 y 2011 fueron los años con más conflictos armados desde el fin de la II Guerra Mundial.

En su estudio, la HIIK reveló que en estos momentos ocurren graves y letales conflictos en áreas como Afganistán, Siria, Pakistán, Irak, Mali, Ucrania y la República Centroafricana, entre otros puntos del planeta.

FACULTADES MILITARES

Alegarán los productores de 300: el origen de un imperio que no deseaban explorar el presente sino observar el pasado.

Vale. Volvamos entonces a Aristóteles, quien destacaba en su Política que las facultades militares eran la principal pasión entre los celtas, los persas, los tracios y los escitas.

Y que las leyes, la educación y la dignidad en Esparta y Creta estaban proporcionalmente relacionadas con la guerra.

El filósofo recuerda que en Cartago le daban a los guerreros un brazalete por cada misión bélica en la que habían participado, y entre más ostentaran, así era el nivel de respeto que despertaban en la sociedad.

En Macedonia, agrega Aristóteles, el soldado que no había matado a ningún rival en combate llevaba, para vergüenza suya y de su familia, un cabezal en su cinturón. O si eras escita y no habías eliminado a un enemigo, no merecías beber en la copa que se pasaban los guerreros en las fiestas luego de la victoria.

No he leído los cómics de Frank Miller en profundidad, base de 300 y su spin-off, y no sé si está apegada a la historia la contada por los ganadores que aparece en los libros oficiales o la que sufrieron los perdedores y solo un puñado conoce, pero el equipo que hizo posible 300: el origen de un imperio sí perdió la oportunidad de explicarnos qué nos lleva a ser tan agresivos.

Comprendo que esta cinta sea gore a la octava potencia, pues lo que muestra es una guerra y en ese acto lo que sobra es sangre y muerte, pero la evidencia sin analizar demasiado el accionar humano que la provoca y la lleva a cabo.

ATACAR

El ser humano es una rareza dentro del reino animal, planteó el zoólogo Konrad Lorenzo (1903-1989), ya que somos la especie más agresiva al momento de hacerle daño a sus propios miembros.

¿Qué lo lleva a esa aseveración? Los otros animales atacan a sus semejantes para marcar territorio, por hambre o miedo, para defender su espacio o sus crías, pero es inusual que agredan hasta matar a sus semejantes. Menos mal que somos racionales, ¿no?

¿Por qué somos así? El hombre tiene esa pulsación de agresión por su naturaleza, plantearon el neurólogo Sigmund Freud y su discípulo Erich Fromm.

¿Por qué la guerra? Esa fue la pregunta difícil que le formuló el científico Albert Einstein a Freud a mediados de la década de 1930.

Como si ya no fuera complicada la respuesta, le hizo una segunda interrogante: ¿existe un modo para liberar a los hombres de la guerra?

Freud le contestó que las personas son violentas por una sed inacabable de poder, por intereses económicos y mercantiles, por sus aspiraciones hegemónicas, para mantener en la cima a una clase dominante o para silenciar a las minorías, y como un negocio redondo al producir armas.

La agresividad no se puede anular, le contestó desilusionado Freud a Einstein, y acabar con esa irracional costumbre era imposible, agregó. Lo más, decía, era tratar de controlar la razón individual y colectiva en la medida de lo posible.

¿Alguna de esas preocupaciones apareció en 300: el origen de un imperio? De pasada, como quien no quiere, pues su meta no es cuestionar una masacre sino rendirle pleitesía; es reivindicar la violencia, sea justificada o no; es divinizar la agresividad y hacerla impresionante, sobrecogedora, emocionante y atractiva para un espectador que sale entusiasmado de la sala de cine, con deseos de resolver las diferencias a punta de golpes y espadas.

Si quieren saber sobre el derecho o el deber de la guerra o si es justa o innecesaria, no vean 300: el origen de un imperio, más útil les será leer a Aristóteles, san Agustín o san Isidro.

Quedemos con una reflexión de Freud que data de 1932 y que es un hecho que asusta por su alcance y su veracidad: “La guerra del mañana, a causa del perfeccionamiento de los medios de destrucción, significará el exterminio de uno o quizás de ambos adversarios”.

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