Popeye, el ´canillita´

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Efraín Ortiz tiene su puesto de venta en un pedacito de calle añeja. Es un poco antes del semáforo de la Federico Boyd y Calle 50, cerca de la Avenida Balboa, en donde unos árboles inmensos crean una penumbra sabrosa.

A Ortiz se le encuentra todos los días allí, junto al señor que embolsa mandarinas y mamones, y al chico que vende las frutas por entre los pasillos de los automóviles.

Todos los días llega de madrugada, extiende una lona azul y blanca sobre la acera, coloca los bultos de periódicos encima y las columnas que resultan terminan recostadas sobre el muro de piedra lleno de líquenes de la mansión Lewis Galindo.

“Allá al frente viven otros pobrecitos”, dice a modo de broma, mientras juega con las monedas de uno de los bolsillos de su pantalón. “Esa es la mansión Heurtematte”, señala, alargando los labios. Las dos mansiones han estado allí desde hace mucho, cuando aquellos lares eran solo campo; áreas de recreo para las familias de la ciudad.

Ahora han quedado en medio del tráfico pesado, de los rascacielos, del voceo de los vendedores de fruta y de Ortiz.

A Efraín Ortiz le dicen “Popeye”. “Porque me quieren mucho”, dice, refiriéndose a sus compañeros de faena de La Prensa. Canillita desde 1990, cuenta que “siempre ha estado en la calle vendiendo algo”: alguna vez como raspadero, por el antiguo teatro Capitolio de Calle M de San Miguel; más tarde como vendedor de golosinas en la misma calle, ya convertida en la piquera de buses de Colón.

“Es que a mí me gusta la plata rápido”, explica. Dicho de otra forma, no le gusta esperar quincenas.

Así que diariamente se levanta a las 2:00 de la mañana y agarra, como puede, algún bus que lo saque de Cerro Batea. Se baja por Vista Hermosa porque allí está su mayorista, y luego el propio mayorista lo lleva hasta su puesto de venta.

Allí, entre las dos mansiones, lleva seis años. Antes vendió periódicos en otros semáforos -sería muy largo enumerarlos y prefiere no detallar-, pero un buen día vio aquel tramo vacío y decidió instalarse. “Yo no sé si el que estaba aquí se ganó la lotería o qué, pero se fue y yo cogí el puesto”.

Es que, bueno saberlo, los canillitas se hacen su puesto. Si tienen interés en vender tienen que buscar su propio espacio, pero bajo ninguna circunstancia puede ser el espacio que ya ha conquistado otro. Como explica Ortiz, entre los canillitas hay una regla no escrita bastante simple: “Yo respeto lo tuyo, tú respetas lo mío”.

Popeye vende todos los diarios de circulación nacional, pero el bulto más grande es el de La Prensa. Conocedor de su área, explica que su clientela “es selecta”.

También dice que no se lee las noticias a profundidad, pero sí las “ojea para decirles a los clientes cuando preguntan algo”.

Diario, dice, se gana unos 14 dólares. “Este es un negocio de centavos pero que bien administrado da para todo lo bueno”.

Se acerca pitando una 4x4 y Ortiz mira. Es una camioneta oscura y sale corriendo hacia ella, tanto como sus 74 años se lo permiten. Llega a la ventanilla del lado del conductor y de adentro sale un brazo cargando una bolsa blanca. Ortiz toma la bolsa y regresa caminando, complacido: “Es una clienta que me quiere tanto que cada vez que hay fruta en su casa me trae”. Esta vez han sido limones.

A Popeye no le incomoda el apodo ni los saludos a gritos: “¡Hola, viejo!”. “¿Cómo está, tío?”. Él devuelve el gesto de buena gana, aunque no siempre le compran el periódico. “Pero la próxima vez que pasen, tal vez sí”, asegura.

El humor se le pone agrio, sin embargo, con los taxistas. Es que no dicen ni los buenos días y, para llamarlo, tan solo gritan “¡Ey!”. “Y esa palabra no la soporto”, manifiesta.

¿Lo malo del negocio?

Los días lluviosos: “Es bastante crudo; no dan ganas de salir”.

¿El día más extraño? “Un día mataron a un hombre. Pisó mal y se cayó. La cabeza le quedó debajo de la rueda del bus. Ese día me traumé y me fui. No vendí nada”.

El día de trabajo de Ortiz termina a las 10:00 de la mañana. Toma lo que le haya quedado -“no se pierde pero tampoco se gana”- y coge rumbo hacia Cerro Batea. Luego del almuerzo es poco lo que le queda. “Después que como se acabó todo, porque me voy durmiendo a las 5:00 p.m.”.

A las 4:30 del día siguiente estará otra vez allí, entre las dos mansiones añejas, buscando lo de siempre: sus 14 dólares diarios.

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