Químico ligado a obesidad intergeneracional

El estudio confirma resultados anteriores sobre el efecto de la TBT en el metabolismo de las grasas.

En todo el mundo, la obesidad y el sobrepeso se han convertido en una peligrosa epidemia y un costoso asunto de salud pública, porque están asociados a varios problemas de salud, entre ellos la diabetes.

Durante años se han estudiado sus causas desde el punto de vista genético, los malos hábitos alimenticios y estilos de vida sedentarios, pero un enfoque que se está abordando más recientemente es el efecto que ejercen factores externos, como la exposición a ciertas sustancias químicas, presentes en el ambiente o en productos cotidianos.

Se cree que estas sustancias, llamadas “disruptores endocrinos” u “obesógenos”, favorecen la producción y acumulación de las células adiposas, así como el mal funcionamiento de procesos hormonales, que inciden en la obesidad y problemas metabólicos. Incluso, en estudios con ratas se ha observado que este efecto puede comenzar durante la gestación.

TBT

En 2006, el científico Bruce Blumberg, de la Universidad de California, en Irvine, EU, descubrió que las ratas expuestas a tributiltina (un compuesto derivado del estaño) tenían predisposición a engordar.

Una nueva investigación, realizada también en ratas, titulada Transgenerational Inheritance of Increased Fat Depot Size, Stem Cell Reprogramming, and Hepatic Steatosis Elicited by Prenatal Obesogen Tributyltin in Mice, publicada en la edición online del 15 de enero de este año de la revista Environmental Health Perspectives, revela que la exposición de estos roedores a la tributiltina (TBT), mientras están aún en el útero materno, promueve la obesidad en ellas.

Y, además, el efecto es a largo plazo, asegura el estudio, porque se comprobó que dos generaciones después, los “nietos” de esas crías también estaban gordos, aunque no se hubieran expuesto al químico. “El trabajo muestra que el efecto de un obesógeno puede ser transmitido a futuras generaciones que no han sido expuestas”, destacaron los investigadores.

La TBT, según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, es un disruptor endocrino y tóxico para la vida marina que tiene efectos en su reproducción. Este se emplea como estabilizador en el PVC y como aditivo en la pintura de los barcos para impedir el crecimiento de las algas.

Raquel Chamorro-García, de la Universidad de California en Irvine, y sus colegas suministraron TBT en el agua a ratas preñadas, en cantidades similares a las que las personas podrían ingerir a través del polvo de la casa y otras fuentes.

Las ratas tuvieron crías que desarrollaron más cantidad de células grasas y de mayor tamaño, así como hígado graso, en comparación con aquellas crías que no habían sido expuestas. Los descendientes de esa generación también tuvieron mayor cantidad de grasa corporal y el hígado graso.

“Los hallazgos confirman trabajos previos que muestran que la TBT afecta la función de genes que regulan la producción de grasa corporal y reprograman células madre para que se conviertan en células grasas en lugar de células de huesos”, añade la investigación.

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