Sin afligir ni aflojar

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Ese espíritu renacentista que se llama Arturo Montenegro me atribuyó el dicho que, en realidad, era el grito de guerra del inolvidable Roberto López Fábrega, el gran Cosaco.

Hará cosa de medio siglo, Panamá era un Camelot gracias a la certera, honesta gestión de un presidente –Ernesto de la Guardia– que, siendo un gran estadista, se supo rodear de los mejores en su sagrada misión. Había hecho que contrataran a tío Cosaco en la Cervecería Nacional cuando este hacía sus pininos en ingeniería civil y “Ernestito” pertenecía a la junta directiva de esa empresa ícono de Panamá. Los quilates que percibió primero y comprobó después en el joven profesional de la construcción lo llevaron a ofrecerle el Ministerio de Obras Públicas. No obstante las voces que denostaban tal designación (“el Cosaco es un rumbero”), el mandatario invistió a mi pariente con la cartera que había decidido darle en su gabinete. Aquí tengo que reproducir las palabras del prestigioso arquitecto Ernesto de la Guardia hijo, pronunciadas en el seno de un homenaje en memoria del ingeniero, poeta y rumbero...

“Las parrandas del Cosaco no eran del tipo en que una persona se instala en un bar cualquiera a libar copas con unos amigos. Su estilo era mucho más complejo, y generalmente incluía actividades como la música, el baile, la galantería y la conversación amena salpicada de pintorescas anécdotas y de poesía. Era un gran conversador y su compañía era un deleite... En realidad, Cosaco no era rumbero: era rumbero y medio”.

“El Cosaco entró al Ministerio como un huracán. Rápidamente organizó unas cuadrillas especiales que en cuestión de semanas, y ante el asombro de la ciudadanía, habían reparado los miles de huecos que adornaban las calles de nuestra capital. Con poco dinero y contra viento y marea, sin importarle pisar callos, construyó la Avenida Balboa desde la embajada de Estados Unidos hasta Punta Paitilla, truncando de paso el muelle de una poderosa empresa camaronera; esta obra era necesaria para poder desarrollar los recién revertidos terrenos de Punta Paitilla. Extendió la carretera Interamericana desde Santiago hasta Chiriquí evitando la larga ruta por Soná, a pesar de las protestas de sus amigos sonaeños. Además dejó plasmado un extenso plan vial del cual se sirvieron con gran provecho varios gobiernos posteriores.”

En ese mismo agasajo que presidía el espíritu luminoso, cascabelero de Cosaco, su discípulo y casi hijo putativo, que también sería –asesorado por aquel– ministro de Obras Públicas, el arquitecto Carlos Clemant, rememoró sus clases con el famoso ingeniero: “Tuve la gran oportunidad de que Cosaco fuera mi profesor de estructura en la Universidad de Panamá, donde mi imprimió todos sus conocimientos... En uno de sus exámenes, ya para graduarnos, uno de mis compañeros se copió literalmente de mis cálculos y de mi fórmula. Cuando fue a reclamar que él había sacado F, nuestro profesor le contestó con su estilo irrepetible que lo único que no se había copiado era mi nombre”.

Cosaco, quien batió récord en votos por una diputación en los 1960, tenía en su arcoíris de atributos el manejo del léxico. Generaciones que no llegaron a tratarlo o conocerlo saben de sus salidas: “Mastica avispa, que el totorrón atora”, “como sigas estudiando, vas a tener más grados que un termómetro”, “Elsa me pregunta que cuándo voy a dejar de tomar... ¿acaso soy adivino?”.

Digno sobrino de nuestro tío Cosaco, el primo Raúl Hernández López sigue su camino astral. Acaba de hornear en la imprenta, con mi modesta participación, el opúsculo El Distrito de Antón en el tiempo y las leyes, un sentido tributo al pueblo excepcional que le confió su curul. Raúl ya me pagó –de su bolsillo– así que, como reza el verso de Quevedo, “No he de callar”.

El primo era parte extensiva del hogar Fábrega Parada desde que comenzó a usar el uniforme del Javier al mismo tiempo que mi hermano Pedro. Lo veía hasta en la sopa, y aprendí a admirarlo por excelente hijo, hermano, sobrino, primo, javeriano... Cuando él y Pedro estaban por bachillerarse, Raúl se echaba al hombro la feria del colegio, la memoria del ídem, los scouts... En la serenata que vinieron a traer para el Día de la Madre –de último, a las 2:00 a.m.– más que cantarle le aullaban a la luna (la Matriarca). Lo que más me enterneció entonces fue el silencio del inocente: Raúl se había dormido de pie, abrazado al almendro.

A este empresario de nota, ex Ministro de Comercio de superior ejecutoria, fundador del Patronato de Panamá la Vieja, eje de nuestra Cámara Internacional de Comercio y de nuestro Centro de Arbitraje y ahora diputado que recorre denodadamente 10 corregimientos para honrar el lema de su campaña –“Para que Antón siga creciendo”– quiero hacerle una petición. Que no se aflija ni afloje; que nunca incurra en el delito de ´falacidad´ de tantos políticos del terruño, cuyas promesas preelección se parecen a sus hechos poselección, para decirlo Cosaquianamente, ´como una alpargata a un chino”.

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