La última palabra

Se busca buen político

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Es posible la ética en la política. Aunque mucha gente, por la evidencia, está creyendo que son elementos divergentes como el agua y el aceite. Y no debe serlo: Francisco, Juan Pablo II, Pío XI y Benedicto han envalentonado a los cristianos a asumir responsabilidad en la política para hallar el bien común.

En contravía, en muchas naciones, empezando por las de Latinoamérica, el ejercicio del poder se relaciona con un estercolero social, en el que son la excepción los políticos que no quedan seducidos por la opción latrocida, y unos pocos son zarandeados mediante escándalos que erosionan sus apellidos, hijos y buena parte de la parentela. Está difícil, pero no imposible, encontrar al buen político. Es un imperativo que terrícolas con ética ingresen a la actividad política. No importa el colectivo en el que se inscriban. Y si optan por la libre postulación.

No importa el color del colectivo, siempre y cuando se fundamente en premisas éticas. En la antesala electoral, una corriente de opinión bienintencionada apela a que el virtual votante escudriñe a los candidatos para emitir un voto informado y correcto. Surge la pregunta: ¿Es que en la papeleta está lo mejor? ¿No se han quedado por fuera ciudadanos que pudieran hacer una buena labor en el poder político, pero prefieren abstenerse y dejar ese terreno a otros que les anima, en primer lugar, es buscar guayaba? No pocos ciudadanos con buen perfil, sobre todo mujeres, huyen de una responsabilidad de esa naturaleza, ya que, lo sostienen, les asquea ingresar a un lugar de inmundicias.

Ciudadanos de buen perfil tampoco poseen ni el carisma ni la simpatía para someterse a un escrutinio. Ética está en todo: y se estropea, por ejemplo, en ese afán de ensuciar, en forma literal, el vecindario. ¿De qué sirve si se asume como deporte nacional ensuciar urbe y también campiña? Abonamos contra nuestra propia sostenibilidad.

Gente con alta moral deja el terreno libre del quehacer político a aquel cuyo comportamiento juega, en primer lugar, a su interés personal, sin límites ni manual ético y con frecuencia, ligado a dinero y otros bienes materiales.Es un indicador ético que el gobernante atienda y recoja las inquietudes de las organizaciones sociales, de distinta índole, en un afán incluyente, y no vea a la sociedad civil como un competidor, que pretende cogobernar, como sectores partidistas han querido hacer creer.Cuando nos aboquemos a la discusión de la futura Carta Magna, tras la convocatoria de una Asamblea Constituyente, debemos tener como premisa y objetivos valores tan caros a nuestra identidad y estructura de convivencia, como la tolerancia, solidaridad, participación, honestidad, conciencia crítica y respeto al derecho ajeno.

El autor es periodista y filólogo

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