PERSONAJE

Las canciones de Pedrito Altamiranda

El libro ‘Canción Pedro’ concentra las 198 canciones y 20 ‘jingles’ con los que Pedro Altamiranda ha capturado la esencia de Panamá y su pueblo.

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ILUSTRACIÓN: Roy Hernández ILUSTRACIÓN: Roy Hernández
ILUSTRACIÓN: Roy Hernández

El buhonero y su maleta, el Carnaval como lluvia de serpentinas, el “fuas”, las jebas, el político corrupto, el rabiblanco, el panameño risueño que sale a la calle a luchar por lo suyo, la salsa, mambo y calipso...

Pedrito Altamiranda hizo una retrospectiva de sus canciones, las capturó una vez más en tinta y papel y nombró a la colección Canción Pedro, su libro recopilatorio.

Cada personaje, cada verso y cada pregón de las 198 canciones y 20 jingles de Pedrito tienen un espacio entre las 483 páginas de la obra.

La mayoría de los temas corresponden en alguno de los 13 discos grabados entre 1979 y 2004, otros 10 se estrenaron como sencillos en la radio entre 2004 y 2009, algunos solo se escucharon en conciertos íntimos y muchos son 100% inéditos.

Dorothy, el relato de una mujer que decía no ser una cualquiera y resultó ser “una guerrillera”, fue la primera composición firmada por Pedrito Altamiranda y se remonta a 1951, cuando tenía 16 años. La página en blanco, sobre versos frustrados por la inspiración ausente, es la última registrada en 2016. Y entre una y otra, hay 65 años de historias musicales que convirtieron al juglar de chaleco y bombín en referencia nacional.

Están, por supuesto, las favoritas que recrean la fiesta del panameño ( Carnaval en la Central, Las Tablas y La salsa de Pedro), las que retratan la idiosincracia y el día a día del proletariado ( Al estilo panameño, Día de pueblo o Mi bus) o su trilogía del sexo ( Homenaje al fuas, La Tutú y Te-tazas).

Las que fueron dedicadas a personajes de ayer y hoy ( El carretillero, Limpiabotas, T axista o El huevón), las jocosas ( De lagartija, Mujer biónica o La diligencia) y homenajes como La Marea, a la selección nacional de fútbol; Phantom, en memoria de su mascota, o Mis artistas en la que recuerda a Jacques Brel, Georges Brassens, Pierre Perret, Boby Lapointe o Serge Gainbour, cantantes europeos que fueron su mayor influencia.

Y hay otras más reflexivas ( Cae el telón, De verde a gris, Ciudad o Colón), de crítica social ( Todo sube, La luz o Panamall) y las que denunciaron al opresor en momentos aciagos ( Los cortesanos, Lecciones o Ni un día mas).

Unas más serias y otras no tanto, todas convergen, destaca Pedrito, en la descripción de ese intangible que es la esencia de Panamá.

Pedro Altamiranda tiene en su casa una colección de 12 mil 200 libros y mil 500 películas. Expandir Imagen
Pedro Altamiranda tiene en su casa una colección de 12 mil 200 libros y mil 500 películas. LA PRENSA/Ricardo Iturriaga

EL LIBRO DEL PREGONERO

En tiempos de mambo y calipso, un chiquillo de 15 años esperaba su turno para tomar el micrófono y cantar con La Súper de Ángelo Jaspe en fiestas y cumpleaños. Todos le llamaban Pedrito.

Eran los últimos años de la década de 1940 y Pedro Altamiranda incursionaba por los derroteros de la música, cuando dedicarse a ello estaba mal visto. Se fue a estudiar a Europa, donde se alimentó de la canción francesa, regresó a Panamá con un doctorado en filología y literatura bajo el brazo, paulatinamente retomó los escenarios y en poco tiempo se convirtió en el pregonero del pueblo.

De ese pueblo que es “el tipo que arrastra su carrito e raspao” y de “madamas en puestos vendiendo bon y presa e pescao”, como cantaría más adelante.

Escribía canciones desde muy joven, pero marca 1978 como el año del inicio de una carrera artística que le ha seguido cual estela hasta sus 82 años, pese a llevar un tiempo lejos de los escenarios. Ahora hace un alto para reunir su obra en Canción Pedro, su primer y último libro.

¿No piensa en hacer otro libro en unos años?

No, porque no soy de escribir ese tipo de textos.

¿Por qué imprimió solo 100 copias?

Por la forma que tiene, el libro es costoso; quería que se viera bien. Me gusta que las cosas estén bien hechas. Por eso solo fueron 100 copias que ya distribuí a amigos y personas que sabía que les interesaría y que no iban a dejarlo por allí agarrando polvo. No hice lanzamiento ni nada parecido. T-Shirts Interamérica me apoyó con la impresión, los creativos gráficos Juan Rivera y Ana Pereda lo diseñaron, y la periodista Flor Mizrachi se encargó de las entrevistas. Son amigos que querían participar en el proyecto sin cobrarme nada. Eso tiene un valor muy especial.

¿Imprimirá más copias más adelante?

Consulté el precio para sacar 100 o 150 más, pero sigo esperando respuesta. Así que por ahora no sé si podré imprimir más.

Describa su dinámica al escribir.

Yo trabajo en mi casa y hago todo: la introducción, la música, los versos, los pregones, los intermedios musicales. Cuando termino, le paso el material a mi hermano Tille Valderrama, y él, como arreglista, decide cómo queda la canción. Siempre la mejora agregando y acomodando.

Unas canciones las hice directamente a máquina; otras las escribí a mano, en hojas 8.5 x 11, papel higiénico, servilletas, clínex o lo que tuviera a mano, por una razón sencilla: el autor (el que escribe la letra) y el compositor (encargado de la música) tienen que aprovechar cuando llega la inspiración. Las Tablas, por ejemplo, la hice en un busito de regreso de Las Tablas.

Para que veas que no es paja lo que te digo, en este pedazo de papel apunté los personajes a los que les iba a dar los libros, y un día, al ver la lista, recordé todas las amistades que ya no están, entonces te pones a ver que cuando alcanzas cierta edad se van muriendo tus amigos, piensas en eso, sientes nostalgia y en ese momento escribí El día que yo me muera. Tiene la fecha 4 del 12 de 2017. Mira cómo está esto, todo tachado, le quité aquí, cambié acá. Así es como yo compongo. Lo hice detrás de la lista de la gente de los libros y en donde también anoté el número de mi Cepadem para ver cuánto era lo mío y dónde tenía que ir a buscarlo.

La canción dice así: “El día que yo me muera / que no doblen las campanas / será como un día cualquiera / me dirá adiós la mañana.

El día que yo me muera / estaré a la espera abajo / mis maletas en la acera / y los panas pal trabajo.

El día que yo me muera / no es para tanta la cosa / vivir ya fue una berraquera / pero no un lecho de rosas.

El día que yo me muera / que no se entere la gente / quiero hacerlo a mi manera / y sin redes que comenten.

El día que yo me muera / será un día muy especial / me pesará la balanza / lo que hice bien lo que hice mal.

El día que yo me muera / el día que yo me muera / el día que yo me muera / solo diré voy por fuera”.

¿Cuántas canciones ha hecho desde que terminó el libro?

Tengo siete más. La más reciente es Etcétera, etcétera, etcétera y es sobre cómo ahora a la gente no le interesa la letra de una canción. Puede decir lo que sea. No les interesa.

¿Se arrepiente de algo en sus canciones?

No. Es lo que es. Pueden ser buenas, malas o regulares... Están allí para juicio de la gente. Las que no me gustaron las tiré hace tiempo.

‘Dorothy’ aparece como su primera canción. ¿Alguna anécdota?

Tenía otras igual de viejas, pero las perdí. Mejor; seguro eran malas. Tenía 16 años y Dorothy fue inspirada en tres jebas reales.

El libro del pregonero Expandir Imagen
El libro del pregonero

¿Su canción y disco preferido?

Homenaje a mi pueblo es mi canción favorita porque describe al panameño de pueblo. Y Radio Focop es mi disco más completo. Es un disco conceptual, 13 canciones, todas relacionadas con la dictadura. Todo está allí, están todos los personajes. Cuando hacíamos ese disco los militares allanaron el estudio de Tille y le sacaron todo, el material estaba bastante avanzado y todo se fue a la mierda. Lo tuvimos que volver a hacer en Miami, adonde Tille tuvo que irse.

¿En qué momento llegó el salto, el reconocimiento del público?

En 1978 Clarence Martin me dijo: “Vamos a tener un festival de calipso en el Club Unión, tú que cantabas antes, ¿por qué no subes e interpretas unas cinco canciones?”. Lo hice y a la gente le gustó. Entonces dije: “Voy a escribir algunas canciones para ver qué pasa”. Lo hice y esas presentaciones fueron grabadas y llegaron a las estaciones de radio donde se hicieron populares. Así empecé a sonar.

La gente se pregunta por qué no escribió sobre los líos del pasado y presente gobierno.

Tengo amistad con la familia Martinelli y con los Varela, no de ahora, sino de hace 30 años. Algunos dirán: “¡Viejo huevón! ¡No te atreves!”. Yo me he atrevido a todo, pero guardo respeto por la gente que me demostró amistad.

¿Otros proyectos? ¿Más canciones? ¿Un disco?

No sé. Quiero enfocarme a ver si puedo hacer algo más, pero tengo que pensar bien sobre qué. Nunca he acostumbrado a hacer canciones por separado, prefiero un disco conceptual, un documento; no como ahora que una canción suena y suena ¿y el resto? Mira Despacito, por ejemplo. Debe ser un disco completo, una obra.

Entonces sí viene un nuevo disco...

A ver si puedo. De hacerlo sería un disco doble con los dos tipos de canciones, las cultas, como Ciudad, Colón, Canción popular o Interiorano, y las canciones de vacilón, pero siempre enfocadas en nuestra idiosincracia. Tengo que reunirme con Tille y ver costos para ver si es posible.

¿Un concierto es más difícil?

Difícil, porque yo dije que no iba a cantar más. Mi último concierto fue en 2014 para la presentación de la colección de jarras de Atlas alusivas a mis canciones.

Casi 200 canciones en 65 años y muchos le identifican más como ícono del Carnaval...

Sí pues... Se hicieron tres canciones y ya. Son tres tipos de Carnaval: el de la Central, que lo pueden hacer donde les pique; el de Las Tablas, y el de La salsa de Pedro, que es el Carnaval que llevas por dentro y lo haces cuando te pica y lo demás te vale cebo. Ese es el Carnaval del panameño.

Yo carnavalee bastante cuando todo era en la avenida Central y la lluvia de serpentinas te llegaba a las rodillas. Las familias salían a disfrutar del Carnaval y en las noches papá y mamá o amiga, amante o lo que fuera, pagaban para bailar y gozar en los toldos. Era otra cosa.

Y en ese tiempo mi papá me decía que el Carnaval ya era malo. Ahora siento nostalgia al ver en lo que se ha convertido, pues es pura lama; lo dañaron al volverlo un subsidio para el pueblo, trayendo artistas de afuera para que se presenten en eventos gratis. El pueblo tiene que pagarse su Carnaval como se pagan su gas, como tiene que pagar todo. Aquí estamos mal acostumbrados.

En su obra hace constantes referencias al olvido. ¿Un artista panameño valioso y olvidado?

Silvia de Grasse, la mejor voz del folclore panameño. ¡Qué voz!

¿Comparte aquello de que en la música comercial todo suena cada vez más a reguetón?

Cada época tiene su música, sus escritores, su cine y para cada generación su época será la mejor siempre. A todos nos sucede. Pero es una realidad que estamos ante un callejón sin salida en la música y en el que todos estamos embarrados; tú la escuchas y es poco lo que se te queda.

¿A qué artistas hispanos sigue?

Les Luthiers, Joaquín Sabina, Albita Rodríguez, Krahe, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez...

¿Por qué se apartó de las redes sociales?

Las dejé. No estoy para eso. ¿Instagram? ¿Subir fotos mías? ¿Eso pa qué? Mi vida es normal y corriente. Eso es para gente joven.

¿Como ha tomado el cambio de rutina con la jubilación?

Llevo poco más de un año jubilado. Es difícil que en el día cubras todas las horas libres. Las llenas con cosas que quisiste hacer y no pudiste por estar en el trabajo. Consumo mucho cine, libros y música. Es algo general en toda persona que se jubila. Pero soy feliz porque trabajé bastante.

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