hecho histórico

¿Por qué no se debe olvidar la invasión?

Entre cifras, causas, consecuencias y el recuerdo histórico, están los sobrevivientes para los que la invasión militar estadounidense a Panamá es un recuerdo que siempre los acompaña.

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Vista aérea del barrio de El Chorrillo, tomada el 25 diciembre de 1989, luego del bombardeo de Estados Unidos. Archivo Vista aérea del barrio de El Chorrillo, tomada el 25 diciembre de 1989, luego del bombardeo de Estados Unidos. Archivo
Vista aérea del barrio de El Chorrillo, tomada el 25 diciembre de 1989, luego del bombardeo de Estados Unidos. Archivo

Tenía cuatro años cuando escuché por primera vez la caída de una bomba. De esa edad apenas guardo vagas escenas del pequeño apartamento donde residía con mi familia en el barrio de El Chorrillo: la multi de Barraza, el kiosco que quedaba justo al lado de la entrada de nuestro edificio de tres pisos; la barbería donde batallaba contra el peluquero para que no me cortara el cabello; el cuartel de policía y el parque que tenía vista directa al mar. Pero la noche del 20 de diciembre de 1989 sí la tengo clara en mi cabeza, como el zumbido de los aviones.

Esa noche desperté sobre el robusto brazo izquierdo de nuestro vecino de al lado. Todavía tengo la imagen de una de las vecinas en camisón bajando gateando por las escaleras. De mi madre, mi hermana y mi prima a gachas, mientras escapábamos en medio de la oscuridad bajo un cielo iluminado de rojo y el miedo a lo desconocido.

Nos reunimos en el segundo piso con los demás vecinos en un apartamento vacío. Alrededor de 20 personas utilizaban cualquier rincón que encontraban para convertirlo en un improvisado refugio. Nosotros nos resguardamos en la cocina, debajo de un endeble mueble de cemento, esperanzados de poder defendernos contra armas que el Ejército de Estados Unidos utilizaría luego en la Guerra del Golfo Pérsico (1990 - 1991).

Yo aún no sabía qué pasaba. No era consciente de lo que era una guerra, jamás había escuchado la palabra invasión. Pero me tocó experimentarlas, sentirlas y temerles, para años después conocer su significado. Y de primera mano puedo asegurar que no hay ninguna palabra que se les acerque.

Cada cierto tiempo se escuchaba un sonido parecido a un silbido y seguido un silencio frío. Era una bomba cayendo o era un avión eligiendo al azar quién iba a morir. Durante esos momentos mi madre nos apretaba con más fuerza. Quizás aferrándose a nosotros, en caso de que si llegase la muerte, no nos fuese a separar. Eran pequeños instantes en los que nadie hablaba, lloraba o se movía. Solo cerrabas los ojos y esperabas. Así de frágil se siente la vida.

Con la explosión llegaban los gritos y el edificio entero se sacudía. Se sentían las paredes temblar y los vidrios de las ventanas chocaban entre sí de forma estridente. De vez en cuando llegaban uniformados panameños a golpear la puerta del apartamento tratando de entrar. Pantera, el perro negro y grande de un vecino, ladraba mientras que los militares golpeaban, y entre los gritos y demás ruidos estridentes, a esa edad lo único que se me ocurrió fue taparme los oídos con mis manos.

“Varios militares panameños iban al edificio a quitarse el uniforme y vestirse de civil”, me contó mi madre tiempo después, suponiendo ella que aquella podría ser una estrategia para escapar de los gringos, de la muerte.

Aquella escena se repitió en mi mente de forma incontable: las bombas, el silencio, el edificio sacudiéndose, los golpes en la puerta y el llanto; hasta que finalmente a la mañana siguiente, sintiendo un poco de calma, nos aventuramos a salir.

“Yo tenía unos 4 mil dólares ahorrados y se los ofrecí al chino del kiosco de abajo, que era el único que tenía carro, para que nos sacara de allí. Pero me dijo que no podía, porque si abandonaba su negocio, lo saquearían a él también”, hace memoria mi madre, que sin otra alternativa se aventuró a las calles conmigo en brazos y sujetando de la mano a mi hermana y a mi prima adolescente. Algunos de los vecinos se quedaron, otros buscaron su propio camino para escapar, por suerte, todos sobrevivieron.

Recorrimos las mismas calles que apenas el día anterior habíamos pasado como si nada: la barbería estaba en el suelo, el kiosco vuelto una barricada, el cuartel de policía hecho ruinas y la calle al parque ya no existía.

Cuando estuve más grande, mi madre me contó que mi padre estaba en el interior por esos días y que lo único que el resto de la familia sabía de nosotros era lo que escuchaban en las noticias: El Chorrillo desapareció. Recuerdo personas corriendo, gritando, saqueando, sangrando y muriendo bajo la luz del sol, mientras nosotros buscábamos un camino para salir del barrio que hasta ese día había sido nuestro hogar.

“Llegamos a la terminal de buses que quedaba en la avenida B. Allí encontramos un bus que iba para Chitré (Herrera) con otras personas, pero en la avenida 4 de Julio una barricada estadounidense nos detuvo. El chofer nos recomendó buscar cualquier tela blanca que tuviéramos y que la sacáramos por la ventana, en tono de paz. Pero los soldados no bajaron las armas. Estoy segura de que si el bus no hubiese dado la vuelta, nos hubieran matado”, recuerda mi madre, que trabajaba de maestra y todavía le tiembla la voz cuando habla sobre el tema.

Y esa es la última remembranza que tengo de aquel día: soldados apuntándonos dispuestos a matarnos con tal de llevar a cabo su “operación causa justa”.

El resto de nuestra odisea la conozco por mi madre: “Regresamos a la terminal y volvimos a las calles en busca de una salida. Nos topamos con otras personas que buscaban escapar, y que más adelante nos cedieron un taxi que encontramos, porque yo cargaba tres niños. La poca familia que teníamos acá vivía cerca de cuarteles de policía (San Miguelito, Tinajitas) y el conductor me dijo que los cuarteles estaban siendo atacados por el ejército. Al final aceptó llevarnos a la casa de una sobrina en Villa Georgina, Milla 8. Nos cobró 5 dólares”.

Veintinueve años después, para los que estuvimos cerca de aquel suceso y logramos correr con mejor dicha que otros miles de panameños, la invasión sigue presente. Y mientras el país se va uniendo ante la proclama de “prohibido olvidar”, a veces quisiera, así fuese tan solo por un momento, poder hacerlo.

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