PAULO COELHO

De las tres formas de amor: Eros

AFECTO. En 1986, mientras hacía el Camino de Santiago con Petrus, mi guía, pasamos por la ciudad de Logroño mientras se celebraba una boda. Pedimos dos vasos de vino, preparé un plato de canapés, y Petrus descubrió una mesa en la que nos podríamos sentar junto a otros invitados.

La pareja de novios cortó una inmensa tarta.

–Ellos deben de quererse mucho -pensé en voz alta-.

–Claro que se quieren –dijo un señor de traje oscuro que estaba sentado a nuestra mesa–. ¿Alguna vez has visto a alguien que se case por otro motivo?

Pero Petrus no dejó pasar la pregunta:

–¿A qué tipo de amor usted se refiere: Eros, Philos o Ágape?

El señor lo miró sin entender nada.

–Existen tres palabras griegas para designar el amor –se explicó Petrus–. Hoy lo que estamos viendo es la manifestación de Eros, ese sentimiento en particular entre dos personas.

Los novios sonreían ante los flashes y recibían saludos.

–Parece que los dos se quieren. Dentro de poco tiempo estarán enfrentándose solos a la vida, van a crear un hogar y van a participar en la misma aventura: esto engrandece y dignifica el amor. Él va a seguir su carrera, ella debe saber cocinar y será una excelente ama de casa, porque fue educada desde niña para eso. Va a acompañarlo, tendrán hijos, y si consiguen construir alguna cosa juntos, serán verdaderamente felices para siempre.

Podría ocurrir, sin embargo, que esta historia se diese de manera contraria. Él va a empezar a sentir que no es lo suficientemente libre como para expresar todo su Eros, todo el amor que siente hacia otras mujeres. Ella puede empezar a sentir que sacrificó una carrera y una vida brillantes para seguir a su marido. Entonces, en lugar de la creación conjunta, cada uno sentirá que está siendo robado al amar así. Eros, el espíritu que los une, comenzará a mostrar apenas su lado malo. Y aquello que Dios había destinado al hombre como su más noble sentimiento, pasará a ser fuente de odio.

Miré a mi alrededor. Eros estaba presente en varias parejas. Pero yo podía sentir la presencia de Eros Bueno y de Eros Malo, exactamente como Petrus había descrito.

–Fíjate lo curioso que es– continuó mi guía–. A pesar de ser bueno o malo, la faz de Eros nunca es la misma para cada persona.

La banda empezó a tocar un vals. Las personas se dirigieron a un pequeño espacio de cemento frente al quiosco para bailar. Me fijé en una chica vestida de azul que debía de haber estado esperando esta boda, porque soñaba con bailar abrazada a cierta persona desde que entró en la adolescencia.

La jovencita de azul notó que la estaba mirando y se marchó. Y como si toda la escena estuviese ensayada, ese fue el preciso momento en que el joven se puso a buscarla con los ojos. Al descubrir que ella estaba cerca de otras chicas, volvió a conversar con sus amigos.

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