La última palabra

Algo hizo por Perú

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Conmociona y conmueve la determinación del expresidente Alan García de acabar con su vida. Un arequipeño ultrapolítico, bipolar, grandilocuente, el mejor orador, lo movía su país y había dictado a su secretario y autor de sus memorias su epitafio: Algo hizo por Perú.

¿Por qué tomar semejante decisión, en medio de un tropel de acusaciones graves, en las que están implicados –en su mayoría en prisión- los últimos presidentes peruanos? Algo impensable en el statu quo anterior de la justicia y de la política en aquella nación.

El 31 de octubre pasado, coloreó ese cuadro la prisión de uno de los políticos activos más afamados, Keiko Fujimori. El único político importante que quedaba por fuera era Alan. Marcelo Odebrecht, quien ha delatado a funcionarios y empresarios de muchos países, había confesado que durante años pagó millones de dólares a altos cargos peruanos para que la megacompañía constructora se adjudicara obras públicas. Se había fijado que el antiguo superintendente de Odebrecht en Perú, Jorge Barata, declarara ante fiscales peruanos, en la ciudad brasileña de Curitiba, como va a escenificarse esta semana. García estaba preocupado por esas denuncias, relata su secretario personal. “Mentiría si dijera que no le preocupaba. Había reuniones con sus abogados y consultas permanentes. Teníamos un grupo de WhatsApp y hablábamos de todas las novedades”, asegura Ricardo Pinedo. La carrera política de García fue extraordinaria. También lo fue su carrera de escapista: nadie fue tan hábil para sortear la justicia.

En el último episodio, los ejecutivos de Odebrecht hablan y presentan pruebas, la fiscalía las ha usado, y un sector de la prensa las ha difundido e indica a los presuntos responsables.

El primer mandato de él concluyó (1990) con una nación en quiebra (7.000% de inflación) y en guerra, mientras el grupo terrorista Sendero Luminoso avanzaba con brutalidad en sus ataques contra el Estado. Hubo investigaciones por presunto enriquecimiento ilícito, que, a través del tiempo, fueron desestimadas. Incluso él llegó a huir a través de tejados vecinos y se ocultó durante semanas antes de entrar en la Embajada de Colombia en Lima, tal como había hecho muchos años antes Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador de su partido, el APRA, y solicitó asilo político. Se marchó a Francia para huir de la persecución, donde también fue cuestionado por el capital que usó para fundar una empresa de transportes y vivir en un lujoso apartamento en París. García tuvo dos carreras: una persiguiendo el poder político, y otra escapando de la justicia. El ocaso de ambas fue paralelo. En su segundo gobierno, alineó el Estado con el sector privado y llegó a altos niveles de crecimiento y de combate a la pobreza. Desde bebé mamó política. Conoció en la prisión a su padre, quien era militante político. Con altas y bajas en su personalidad, por su bipolaridad y megalomanía, gaje de su oficio. Acoso judicial más depresión más megalomanía = suicidio. No al suicidio.

El autor es periodista y docente.

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