Un lugar para admirar la naturaleza

La Isleta es el sitio ideal para practicar el agroturismo, disfrutar de una buena comida y dejar que la naturaleza, con todas sus posibilidades, relaje y reconforte.

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A unos 100 kilómetros después de la provincia de Veraguas, cuando uno equivocadamente se cree en medio de la nada, hay 70 hectáreas de paraíso rural a la espera.

Allí, en una entrada justo en la vía Panamericana entre el pueblo de Tolé y el de San Félix está La Isleta Agro Resort, Restaurante y Marina.

A primera vista es difícil comprender la gran extensión de tierra a la que se tiene acceso cuando se decide hospedarse en este bed and breakfrast. Aquello se soluciona rápidamente con una de las atracciones más interesantes: un extensivo paseo a caballo por la finca.

Siempre asistido de un guía, el paseo dura alrededor de una hora y media, y es una oportunidad perfecta para ver de cerca el ganado criollo Guabalá, descendiente directo de aquellos provenientes de España hace más de medio siglo. El ganado Guabalá solo se mantiene íntegro en otras dos fincas en el país.

Sobre el caballo, la pureza del área es clara. Pronto se dejan las instalaciones atrás y hay un momento en que la vista, hacia donde se dirija, no verá intervención humana más allá que alguna que otra cerca. A paso lento, pero siempre seguro, se hace camino entre la vegetación. La brisa característica del área permite que a pesar del intenso sol el calor no sea abrumador.

En medio de este casi espejismo, el grupo pasa cerca del río donde uno de los bovinos se esconde bajo la sombra de un árbol. Es tan absoluto el silencio, ese silencio natural en que los ruidos artificiales no tienen cabida, que de momento el rechinar de la yegua sorprende. Galopando, rápido y libre, uno de los potros que aún no ha sido ensillado llega fuerte, mostrando su dominio ante las hembras.

El paseo a caballo continúa y premia al subir uno de los puntos más altos de las 70 hectáreas, con una vista que comienza con la finca, llega a los ríos y termina en el mar. La experiencia cuesta $30.

Otra de las actividades más interesantes en este lugar es practicar kayak en el río Santiago, al que se tiene acceso desde la finca. La marea dicta la hora en que el viaje es más agradable, aunque una vez dentro es difícil imaginarse la experiencia de otra manera. Al remar, la fauna y flora del lugar continúan ajenas a la presencia humana.

En este ambiente casi virgen hay de todo: aves, mapaches e, incluso, nutrias. Rodeado de valiosos manglares, el kayak ofrece la oportunidad única de adentrarse en sus entrelazadas raíces y, en ocasiones, hasta de descansar del esfuerzo de remar bajo la sombra que ofrecen. Olvidarse del mundo fuera del canal en el que se rema se logra con $15 la hora en un kayak doble o $10 en uno sencillo.

A través de este río también se ofrecen excursiones en lancha de motor hacia la bahía de Guabalá y el golfo de Chiriquí, donde los aficionados de la pesca tienen la oportunidad de conseguir atunes y peces vela, entre otros.

La Isleta, cuyo nombre se debe al agua que le rodea, es también el hogar del que quizás sea uno de los pocos cocodrilos amaestrados. ‘Toto’, nombre al que responde, es un cocodrilo pacífico que sabe que si se acerca a la orilla cuando le llaman lo que le espera es comida.

La comida y el recibimiento están a cargo de Roberto y Arturo, dueños y anfitriones que durante la visita logran, armados de afable trato y sonrisas contagiosas, convertirse en amistades.

Dejé La Isleta con sus paseos a caballo, su deliciosa comida y sus incursiones al río, luego de dos agradables días. Me llevo el recuerdo del potro al borde del río enmarcado por la vegetación, y la certeza de que pocos lugares en Panamá preservan tan puramente y con tanto anhelo sus recursos naturales.

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