La minifalda y los años rebeldes

Emblema de la rebelde década de 1960, la minifalda sigue siendo clave en el guardarropa femenino.
Mujeres jóvenes, vistiendo minifaldas mientras caminan por las calles de Copenhagen, Dinamarca, en 1968. AFP. Mujeres jóvenes, vistiendo minifaldas mientras caminan por las calles de Copenhagen, Dinamarca, en 1968. AFP.
Mujeres jóvenes, vistiendo minifaldas mientras caminan por las calles de Copenhagen, Dinamarca, en 1968. AFP.

La minifalda es hoy una prenda ineludible en el guardarropa de toda mujer joven. Pero su aparición tuvo el efecto de una bomba en la década 1960, cuando las chicas dejaron al desnudo rodillas y muslos para manifestar emancipación.

“¡Qué horror dejar ver las rodillas!”. Estas palabras, pronunciadas en 1969 son de Coco Chanel. Aquella que había sacudido la moda entre las dos guerras mundiales y liberado la silueta femenina quedó superada por el fenómeno de la minifalda. “He luchado contra esas faldas cortas. Me parecen indecentes”, proclamaba la legendaria diseñadora.

“¡Debe retorcerse en su tumba!”, comenta el historiador de la moda Laurent Cotta, interrogado por AFP. Karl Lagerfeld, director artístico de Chanel desde 1983, es un experto en minifaldas y ha adoptado esta prenda para rejuvenecer el famoso traje sastre de la marca.

“La mini” llegó a principios de los años 1960. “Estamos hablando de 1962”, precisa Laurent Cotta. “Fue una revolución. (...) Pero no fue una creación salida de la nada, la tendencia ya existía”, agrega el historiador.

La británica Mary Quant pasó a la historia como la inventora de la minifalda, aunque algunos también mencionan el nombre del francés André Courrèges.

“Podrían haberla lanzado al mismo tiempo. Estaba en el aire”, destaca Cotta, al evocar el clima de emancipación de la mujer que imperaba a principios de los años 1960, con la llegada de los anticonceptivos, aunque en Francia no se legalizaron hasta 1967.

“La minifalda, era una forma de rebelarse, de reivindicar una sensualidad, un acceso a la sexualidad. Al ponérsela, estaban seguras de disgustar a sus padres”, explica Cotta.

En la misma época, dentro de la misma corriente aparecía el pantalón femenino, no solo en el campo o para hacer deporte sino también en la ciudad, todos los días. El fenómeno de la minifalda, que cae no más abajo de la mitad del muslo, comenzó en Londres y París.

Luego de Courrèges, la adoptan Yves Saint-Laurent y Pierre Cardin, que osa incluso la microfalda: ¡Aún más corta! A partir de 1965, se vieron cada vez más minifaldas por las calles.

En Holanda, considerada como demasiado provocadora, se prohibió durante varios meses. Y estuvo omnipresente en la rebelión de mayo de 1968 que se extendió por el mundo, junto con la prenda emblemática.

El fenómeno trascendió las fronteras europeas. Cuando la minifalda de Mary Quant llegó a Estados Unidos a principios de los 1960, “existía un mercado dispuesto a recibirla”, destaca Hazel Clark, profesor de moda en la universidad Parsons de Nueva York.

La “invasión” cultural británica pop, de los Beatles al “Swinging London”, fascinó a los jóvenes norteamericanos sedientos de libertad, en busca de una elegancia menos estricta y más osada. El dobladillo seguía subiendo cada vez más arriba, por encima de las rodillas.

En Japón, el boom de la minifalda se desencadenó tras la visita muy mediatizada de la modelo británica Twiggy, musa de Mary Quant.

Las revistas se interrogaban acerca de la “moralidad” de las mujeres que llevaban ese tipo de faldas. Pero en 1969 todo cambió cuando la esposa del primer ministro Eisaku Sato, Hiroko, optó por la mini durante un viaje oficial a Estados Unidos.

En los años 1970, la moda cambió: irrumpió la tendencia hippie. La minifalda cedió su lugar a los pantalones acampanados y las maxifaldas. Pero la minifalda ya se había convertido en una pieza clave del guardarropa. “Se transformó en un elemento básico, en una evidencia”, destaca el diseñador francés Alexis Mabille.

En los años 1960 se llevaba con botas altas pero hoy en día se la puede asociar con medias opacas o calzas, en combinaciones a veces menos sexys. Alexis Mabille las usa tanto en desfiles de alta costura como de prêt-à-porter. Considera que la minifalda es “frívola” más que sexy, pero cree que puede ser muy elegante.

El diseñador puede asociarla con una chaqueta masculina y le gusta la minifalda de cintura alta, que “hace piernas de tres metros de largo”.

Sin embargo, destaca Laurent Cotta, “no existe prenda más difícil de llevar”. “Nació de una corriente que aspiraba a la igualdad, pero es sin duda la prenda menos igualitaria que se haya jamás creado”.

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