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Misterio

‘La muerte del comendador. Libro 2’, de Haruki Murakami

En este segundo libro, de ritmo acelerado y lleno de suspenso, las incógnitas sembradas en el anterior volumen van desvelándose, y encajan en el lugar que deben ocupar, como en un ‘puzzle’, para que el lienzo entero cobre pleno sentido.

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Haruki Murakami, escritor de prestigio con grandes ventas mundiales. Cortesía Haruki Murakami, escritor de prestigio con grandes ventas mundiales. Cortesía
Haruki Murakami, escritor de prestigio con grandes ventas mundiales. Cortesía

De momento sí. A partir de aquí, no sé cómo avanzar.

—Parece que ya está terminado —dijo ella en un tono tranquilo.

Me levanté y me acerqué para contemplar el cuadro desde su perspectiva. ¿Acaso veía la figura del hombre latente en la oscuridad?

—¿Quieres decir que ya no hace falta añadir nada?, le pregunté.

—Sí. A mí me parece que está bien así.

Contuve la respiración. Sus palabras eran casi idénticas a las del hombre del Subaru Forester blanco: “Déjalo así. No lo toques más”.

—¿Y qué te hace pensar eso? —insistí.

Marie no dijo nada durante un rato. Se concentró de nuevo en el cuadro, extendió los brazos y después se llevó las manos a las mejillas como si quisiera refrescarse.

—Ya tiene suficiente fuerza —dijo al fin.

—¿Suficiente fuerza?

—Eso creo.

—¿Una fuerza positiva?

No contestó a mi pregunta. Aún tenía las manos en las mejillas.

—¿Conoces bien a este hombre? Negué con la cabeza.

—No. En realidad, no le conozco de nada. Es una persona con la que me crucé por casualidad en una ciudad lejana durante un largo viaje. No hablé con él e ignoro su nombre.

—No sé si la fuerza es buena o es mala. Tal vez depende del momento. Como esas cosas que se ven distintas en función del ángulo desde el que las mires.

—Y te parece que es mejor dejarlo así, ¿verdad?

Me miró a los ojos.

—Si pintas algo más y no funciona, ¿qué vas a hacer? ¿Qué vas a hacer si de repente alarga su mano para agarrarte?

Tenía razón, pensé. Si de allí resultaba algo malo, malvado incluso, y alargaba su mano hacia mí, ¿qué podría hacer yo?

Bajé el cuadro del caballete y lo dejé en el mismo sitio de cara a la pared. Solo con quitarlo de en medio me dio la impresión de que la tensión en el estudio disminuía.

Tal vez debería haberlo envuelto bien y haberlo guardado en el desván como había hecho Tomohiko Amada con La muerte del comendador.

—Entonces, ¿ese cuadro de ahí qué te parece? —le pregunté señalando el lienzo de Tomohiko Amada colgado en la pared.

—Me gusta —dijo sin titubear—. ¿Quién lo ha pintado?

—Tomohiko Amada, el dueño de esta casa.

—Ese cuadro quiere decir algo. Es como un pájaro que quiere escapar de la estrecha jaula donde lo han encerrado.

De nuevo me miró a los ojos.

—¿Pájaro? ¿Qué clase de pájaro?

—No llego a ver al pájaro ni la jaula. Es solo una sensación. Tal vez se trata de algo demasiado complicado para mí.

—No solo para ti. A mí también me resulta muy difícil, pero tienes razón. En el cuadro hay un grito, una súplica que el autor quiere desesperadamente que oiga la gente. Yo también lo noto, pero soy incapaz de comprender qué quiere transmitir en realidad.

—Alguien mata a alguien. Con un sentimiento muy fuerte.

—Eso es. El hombre joven le clava la espada al otro, que parece muy sorprendido por el hecho de estar a punto de morir asesinado. La gente de alrededor contiene el aliento al ver cómo se desarrollan las cosas.

—¿Hay asesinatos que se puedan considerar buenos?

Reflexioné sobre su pregunta.

—No lo sé. Juzgar si algo es correcto o no depende solo de criterios morales. Hay mucha gente, por ejemplo, que considera la pena de muerte una especie de asesinato socialmente correcto.

Ese mismo razonamiento, pensé, se podía aplicar a ciertos homicidios.

—Pero a pesar de que se asesine a una persona y salga mucha sangre —dijo Marie después de un silencio—, no transmite opresión. Es como si el cuadro intentara transportarme a un lugar distinto, un lugar donde no existe un criterio sobre lo que es correcto y lo que no lo es.

Aquel día no usé el pincel ni una sola vez. Estuve hablando con Marie en el estudio inundado de luz. Mientras hablábamos memoricé cada uno de sus gestos, sus cambios de expresión. Tenerlos almacenados en la memoria me serviría para transformarlos después en la sangre y en la carne del retrato que le iba a pintar.

—Hoy no has pintado nada —dijo Marie.

—Hay días así —traté de explicarme—. Algunas cosas te roban el tiempo y otras te lo dan. Es importante que el tiempo se convierta en tu aliado.

No dijo nada más. Tan solo me miraba a los ojos como si observara el interior de una casa con la cara pegada a la ventana. A buen seguro, pensaba en el sentido del tiempo.

Cuando sonaron las señales horarias de las doce del mediodía salimos del estudio y fuimos al salón. Shoko, sentada en el sofá con sus gafas de pasta negras, estaba concentrada en la lectura del libro. Tan concentrada, de hecho, que apenas parecía respirar.

—¿Qué libro está leyendo? —le pregunté, incapaz de resistir por más tiempo.

—Si le digo la verdad, tengo una superstición —dijo con una sonrisa mientras colocaba el marcapáginas—.

Si le revelo el título del libro que estoy leyendo, por alguna razón seré incapaz de leerlo hasta el final. Siempre que lo hago sucede algo inesperado y ya no puedo continuar. A lo mejor le suena extraño, pero le aseguro que es así. Por eso nunca le digo a nadie el título del libro que estoy leyendo, pero en cuanto lo termine lo haré encantada.

—Como quiera, por supuesto. La he visto tan entusiasmada que he sentido curiosidad.

—Es un libro muy interesante. Cuando empiezo no puedo parar, y por eso he decidido leerlo solo cuando vengo aquí. Así se me pasan las dos horas volando.

—Mi tía lee mucho —dijo Marie.

—No tengo otra cosa que hacer y la lectura ha terminado por convertirse en el centro de mi vida.

—¿No trabaja usted?

Se quitó las gafas y se acarició entre las cejas para hacer desaparecer una arruga.

—Una vez por semana como voluntaria en la biblioteca.

Antes trabajaba en un hospital universitario privado en Tokio. Era la secretaria del director, pero lo dejé cuando me mudé aquí.

—Se vino cuando murió la madre de Marie, ¿verdad?

—Solo tenía intención de pasar una temporada con ellos, pero después de vivir con Marie ya no me resultó fácil marcharme, y aquí sigo. Si mi hermano volviera a casarse, regresaría a Tokio enseguida.

—Pues yo me iría contigo —dijo Marie.

Shoko sonrió ligeramente, pero no dijo nada.

—Si no les va mal, las invito a comer. Puedo preparar algo rápido, pasta y una ensalada.

Shoko mostró ciertos reparos, pero Marie parecía entusiasmada.

—¿Y por qué no? Aunque volvamos a casa, papá no está.

—No se preocupe. Haré algo sencillo. Ya tengo preparada la salsa y me da igual cocinar para mí solo o para tres.

DATOS ÚTILES

Fragmento del libro ‘La muerte del comendador. Libro 2’, del autor  Haruki Murakami (Tusquets), © 2019, Traducción: Fernando Cordobés y de Yoko Ogihara.

Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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