Las mujeres que formaron a Rubén Blades

Una mirada al desempeño que tuvieron Anoland Díaz (madre) y Emma Bosques Aizpuru (abuela) en la consolidación de Rubén Blades como persona creadora.

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La mamá de Rubén Blades le “aconsejó respetar al público y que me preparara para cumplir con mi responsabilidad artística”. La mamá de Rubén Blades le “aconsejó respetar al público y que me preparara para cumplir con mi responsabilidad artística”.
La mamá de Rubén Blades le “aconsejó respetar al público y que me preparara para cumplir con mi responsabilidad artística”. Archivo

Cuando Anoland Díaz supo que Rubén Blades iba dar el salto a la música, le montó una red de sugerencias.

Me recomendó que estudiara y aprendiera un oficio que me permitiera una seguridad, pues la vida del músico era muy difícil. Después de graduarme tendría mayores opciones para decidir qué dirección tomar”, dice este egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá (1974) y de la Universidad de Harvard (1985).

-¿Le dio otros consejos?

Me aconsejó respetar al público y que me preparara para cumplir con mi responsabilidad artística. Mi padre también me dijo que nunca me subiera a una tarima a menos que me invitaran, y que lo hiciera solo si sabía que podía hacerlo bien.

-¿Qué lo llevó a escribir ‘Amor y control’ (1992)?

En ese tiempo mi madre se fue a vivir conmigo y mi esposa a California. Estábamos haciendo los preparativos para ingresarla en el hospital. En ese momento estaba preparando un álbum sobre los 500 años del descubrimiento de América. De pronto, su salud se agravó y los médicos me informaron que no tenía remedio, que solo quedaba tratar de que lo pasara lo mejor posible. Nunca aceptamos esa realidad y seguíamos esperando un milagro. Eso me llevó a detener el trabajo en el álbum y escribí Amor y Control. Infelizmente ella no pudo escuchar la canción.

PATRIA Y AMORES

-¿Qué representa para usted la familia?

Nadie escoge a su familia, uno escoge a los amigos. En cada familia hay gente correcta, sinvergüenza, trabajadores, vagos, etc., todos conectados por el vínculo de sangre. Eso exige que honremos esa conexión, pero se convierte en una relación muy sui generis. Hace apenas tres años descubrí que tengo un hijo, lo cual fue la sorpresa más grande que jamás haya recibido, algo que todavía me cuesta trabajo creer que ocurrió. Afortunadamente ha resultado una sorpresa feliz. Esa situación me llevó a comprender cosas que jamás hubiese podido entender. Mi hijo Joseph es una fuente de inspiración para mí, así como una fuente de sorpresas continuas. Con su ayuda, voy venciendo gradualmente mi vergüenza por la irresponsabilidad cometida por mí y se va transformando en un descubrimiento que produce claridad personal y propósitos de vida distintos. Mi nieta Olivia ha resultado otra bendición indescriptible.

¿Qué es el amor y la patria?

Todavía no se ha definido satisfactoriamente. Ni siquiera trato de intentarlo, por su característica tan individual, tan personal. La Patria, en cambio, es el cúmulo de experiencias, vividas y heredadas, que transforman un lugar físico en algo espiritualmente único, que sirve el propósito de unir solidariamente a los individuos, creando una conciencia de pertenencia y una dirección común.

LA ABUELA

-¿Qué recuerdos tiene de esa abuela tan querida?

Me dio todos los impulsos iniciales hacia la comprensión de la justicia social, la educación, la política, el respeto hacia los demás. Estos principios surgen de su tutela, que empieza por enseñarme a leer a los 4 años. Me entregó el poder de la lectura, lo cual me definió como persona, para siempre.

-¿Cómo era su abuela?

Fue maestra, rosacruz, escritora, luchadora por los derechos civiles de la mujer, dos veces divorciada, graduada de secundaria en una época en que muy pocas mujeres iban a la escuela. Practicaba el yoga en los años 1940 y 1950, era poeta y pintora. Envió a la escuela a sus hijas mujeres y a los hombres los educó en casa. De esa educación surgió mi tío Roque Javier Laurenza, reconocido intelectual panameño. Ella me reveló, a los 5 años, que la muerte existía como una realidad inaplazable. El primer regalo que me hizo fue un poemario de George Trakl, poeta impresionista austríaco del que imagino muy pocos habrán escuchado. En lugar de leer a poetas más accesibles o más populares, ella prefería el argumento lírico de gente como Trakl.

-¿En qué creía su abuela?

En la educación, en la formación como una forma de producir el avance espiritual, para tener libertad psíquica. Ella no vivía para trabajar solamente. El trabajo le daba independencia económica y con ello no depender de los hombres. Encaraba el trabajo como una oportunidad de crecer, a su propia manera y en sus propios términos. Con ella aprendí que la educación es un proceso que jamás termina. Las mujeres que me formaron fueron todas excepcionales y sus influencias han sido determinantes para lo que soy, para lo que he hecho y aún alcanza para lo que puedo intentar hacer. Mi abuela nunca trató de influir en cuanto a mi amor por la música, ni en dirigirme hacia su práctica, o no. Ella siempre me consideró especial, de allí su atención hacia mi educación y hacia el fortalecimiento de mi espíritu.

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