PAULO COELHO

La ocasión y el ladrón

Los dos niños. Cuenta una vieja historia árabe que una vez dos niños –uno rico y el otro pobre–, volvían del mercado. El rico llevaba galletas untadas con miel, y el pobre llevaba un trozo de pan duro.

–Si haces el perro, te dejo comer de mis galletas, dijo el rico.

El niño pobre aceptó y, a cuatro patas y en medio de la calzada, se puso a comer las galletas del niño rico.

El sabio Fath, que contemplaba la escena, comentó:

–Si este niño pobre tuviese un poco de dignidad, al final encontraría una forma de ganar dinero. Sin embargo, prefiere convertirse en el perro del niño rico para comer sus galletas. Mañana, cuando sea grande, hará lo mismo por un cargo público, y será capaz de traicionar a su país por una bolsa de oro.

Evitando ayudar al demonio

Muchas veces, cuando intentamos hacer el bien, nos convertimos en instrumentos del mal, dijo Al-Fahid a su amigo.

–Procuro estar siempre alerta, pero hoy he sido utilizado por el demonio.

–¿Cómo así? ¡Si tú tienes fama de sabio!

–Esta mañana fui a hacer mis plegarias a la mezquita y respetando la tradición, me quité los zapatos. A la salida me di cuenta de que me los habían robado: he creado un ladrón.

–Pero eso no es culpa tuya, le dijo el amigo.

–Sí es culpa mía. Es fácil despertar el lado malo del prójimo. Es fácil enojar a alguien, sembrar la discordia, levantar dudas o separar hermanos. El demonio necesita del hombre para realizar sus actos, y por eso soy responsable.

El condenado a muerte

El grupo pasó por la calle: los soldados llevaban a un condenado a la horca.

–Este hombre era un inútil –le comentó a Awas-el Salam uno de sus discípulos-. Una vez le di una moneda de plata para ayudarlo a salir de la miseria, y fue incapaz de hacer nada notable.

–Tal vez sea un inútil, pero puede que ahora esté caminando hacia la horca por tu culpa. Es posible que utilizara el dinero que le diste para comprar un puñal, que luego terminó usando en el crimen cometido. En ese caso, también tus manos están ensangrentadas. En lugar de ayudarlo con amor y cariño, preferiste darle una limosna y evitar así cumplir con tu obligación.

Delante de Dios

Un viejo vendía juguetes en el mercado de Bagdad. Sus compradores, sabiendo que tenía la vista muy débil, le pagaban de vez en cuando con monedas falsas.

El viejo, que se daba cuenta del truco, no decía nada. En sus oraciones, pedía a Dios que perdonase a los que le engañaban. “Tal vez tengan poco dinero y quieran comprar regalos a sus hijos”, se decía.

Pasó el tiempo y el hombre murió. Delante de las puertas del Paraíso, rezó una vez más:

–¡Señor! -dijo-. Soy un pecador. Cometí muchos errores, no soy mejor que las monedas falsas que recibí. ¡Perdóname!

En este momento se abrieron las puertas y dijo una voz:

–¿Perdonar qué? ¿Cómo puedo juzgar a alguien que en toda su vida jamás juzgó a los demás?

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