LA VOZ DE LA ACADEMIA

Los muchos prejuicios sobre el idioma

Ser hablante nativo de una lengua significa estar en posesión de las mejores herramientas y del más numeroso repertorio de formas posibles en los niveles del habla, lo cual va a depender de cuál sea nuestra educación, nuestro compromiso con la lectura efectiva y selectiva, para ganar vocabulario, nuestro círculo social y, en definitiva, nuestro grado de cultura.

Estudiar la lengua como un sistema y como un ente evolutivo requiere no pretender una negación de la realidad del idioma, por un purismo a ultranza, que nos lleva a negar todo aquello que esté fuera de nuestro radio de acción, sobre todo el demarcado por nuestra educación formal.

Todo lo demás, según esta mentalidad, sobra.

El mundo cambia; los idiomas, también

Hay que tener mucho cuidado con las afirmaciones “No existe”, “No es correcto”, “No se puede decir”, pues de hecho, todas ellas van a depender del momento histórico que vive la lengua, de la realidad del hablante y la sociedad de la que se trate.

Se acabaron los monopolios

Sinvergüencería era, en principio, la palabra que figuraba en el repertorio léxico. Puede decirse que es la palabra estándar (español general), aunque también están sinvergonzonería y sinvergonzonada. Pero luego, panameños y venezolanos, entre otros, con la creatividad de los hablantes de una lengua tan viva como la nuestra, introdujeron la palabra “sinvergüenzura”.

Lo propio les ha sucedido a muchas otras voces.

Y aunque algunos puristas o “conservadores” se resisten a admitir otras, si las palabras están bien formadas y circulan como moneda de uso corriente entre los hablantes, no hay tribunal lingüístico que pueda negarles su patente de corso.

En esta situación se encuentra cizañoso, que al igual que mañoso, ponzoñoso, están debidamente formadas. Cierto es que ya teníamos cizañero (palabra culta por demás), pero eso no significa que la lengua tenga por ello que limitarse.

Entre concienciar y concientizar se da el hecho real de que una llegó primero y la otra después. No por eso, concientizar es menos válida.

Desde su Diccionario de Autoridades (1737), la Academia registró la palabra “preciosidad”, que aparece en El Quijote y en otras obras de la época. Solo esa voz existía para llamar la atención sobre lo “precioso”.

Casi dos siglos más tarde (en 1927) la Academia registra por primera vez, con marcas geográficas de Argentina y Perú, el término “preciosura”, pero la califica de “barbarismo”.

Así se mantiene hasta 1970, cuando quita la observación, y hasta el presente, con la definición “cualidad de precioso”.

La Academia dice: Es necesario velar por el buen uso del idioma español y convertirse en un usuario empeñado en este propósito, pero siempre vigilante a los cambios que sufre la lengua, que es como el río heraclitano.

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