PAULO COELHO

Sobre el primer santo

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GRANDEZA. En uno de los momentos más trágicos de la crucifixión, uno de los ladrones se da cuenta de que el hombre que muere a su lado es el Hijo de Dios.

“Señor, acuérdate de mí cuando estés en el Reino de los Cielos”, dice el ladrón.

“En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”, le responde Jesús, transformando a un bandido en el primer santo de la Iglesia católica: San Dimas.

No sabemos por qué razón este hombre, Dimas, fue condenado a muerte y de esa manera.

En la Biblia, él confiesa su culpa, diciendo que ha sido crucificado por los crímenes que cometió.

Supongamos que hiciese algo cruel, lo bastante tenebroso como para acabar de esa forma; de todas maneras, en los últimos minutos de su existencia, un acto de fe lo redime –y lo glorifica.

Recordemos este ejemplo cuando, por alguna razón, nos creamos incapaces e indignos de tener una vida espiritual.

EL USO INDEBIDO DEL PILOTO AUTOMÁTICO

Todos sabemos que dentro del avión existe un mecanismo llamado piloto automático.

Cuando el aparato alcanza determinada altura, el comandante activa el mecanismo, que pasa a hacerse cargo de todos los controles de la cabina.

En la vida de los adultos también ocurre esto: como nuestras actividades se van volviendo cada vez más complejas, hay un momento en el que necesitamos dejar parte de nuestras tareas al piloto automático.

Ocurre que este piloto automático, que habíamos creado para que se encargara de las tareas más penosas, adquiere vida propia, y empieza a interceptar todo lo que llega hasta nosotros.

Su radar está conectado, y siempre aleja nuestro avión de todo aquello que no conoce.

Por su causa, perdemos por completo el sentido de lo inesperado, de la aventura.

Y quien pierde el sentido de la aventura, en cierta forma pierde también el sentido de la vida.

MI AMIGO ESCRIBE UNA HISTORIA

Un amigo mío, Bruno Saint-Casta, trabaja en la implantación de alta tecnología en Europa.

Cierta noche, se despertó de madrugada y no logró volver a conciliar el sueño; se sentía forzado a escribir una carta sobre un viejo amigo de adolescencia, al cual había encontrado en Tahití.

Aun sabiendo que tendría que pasar el día siguiente trabajando, Bruno se puso a escribir una historia extraña, en la que dicho amigo, John Salmon, hacía un largo viaje desde la Patagonia hasta Australia.

Mientras escribía, sentía una sensación de libertad muy grande, como si la inspiración brotase sin ninguna interferencia.

Nada más terminar de escribir la historia, recibió una llamada telefónica de su madre: ella acababa de enterarse de que John Salmon había muerto.

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