El rostro de las palabras

Desde hace 38 años, la especialidad del artista argentino Daniel Mordzinski es tomarles fotografías a escritores, en particular de Iberoamérica.

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“A veces la situación, la obra o el autor me piden a gritos retratarlo acostado, y si ya lo hice, me repito, ¿o acaso no hay muchos ‘films’ de guerra o novelas de amor?”: Mordzinski. CORTESÍA “A veces la situación, la obra o el autor me piden a gritos retratarlo acostado, y si ya lo hice, me repito, ¿o acaso no hay muchos ‘films’ de guerra o novelas de amor?”: Mordzinski. CORTESÍA

“A veces la situación, la obra o el autor me piden a gritos retratarlo acostado, y si ya lo hice, me repito, ¿o acaso no hay muchos ‘films’ de guerra o novelas de amor?”: Mordzinski. CORTESÍA

Daniel Mordzinski ama tanto los libros, a sus autores y la lectura que se ha pasado 38 años construyendo el atlas fotográfico de la literatura iberoamericana.

Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa... los nombres más emblemáticos de las letras en español han sido capturados por el lente de este artista nacido en Buenos Aires en 1960.

“Todo empezó en los primeros años del colegio secundario gracias a una profesora de castellano, Nilda C. de Pfister, que me transmitió la pasión por la lectura y por la imagen”, recuerda en exclusiva para La Prensa, Mordzinski, quien inaugura mañana martes una exposición de sus retratos en la XI Feria Internacional del Libro de Panamá.

En esos años de juventud sus metas estaban hechas de imágenes, libros y películas. “Pero estudiar todo eso a la vez era imposible y en una Argentina en plena dictadura, mucho más difícil, claro”.

“La literatura alimenta mi vida y mis sueños, y la fotografía es la manera que encontré de traducirlos”, señala Mordzinski, quien admira las fotografías de sus colegas Max Pam, Graciela Iturbide, Bernard Plossu, Nikos Ekonomopoulus y Stephen Shore.

A los 18 años empezó a trabajar como segundo asistente de dirección de Ricardo Wulicher en la producción Borges para millones y “un buen día, en un hotel de San Telmo, un ¡clic! me hizo sentir que tal vez comenzaba un viaje infinito y maravilloso, y que podía continuar así, fotografiando escritores... Y aquí estamos 38 años después”.

Daniel Mordzinski trata a los autores con una delicadeza y una amabilidad sin igual. Entre ambos se construye una complicidad que da como resultado lo que ha bautizado como fotinski.

Son tomas siempre ingeniosas, curiosas, simpáticas y lúdicas, que evitan al máximo alterar su regla dorada: nunca ridiculizar.

Tener a su disposición a tanto modelo excepcional lo lleva a tener más de una anécdota. Por ejemplo, cuando por carambola tuvo en su agenda de fotografías por tomar, en un mismo día, a García Márquez y Vargas Llosa.

O cuando un enfermo Luis Sepúlveda (Chile) le pidió que las fotos tomadas las desechara y, cuando la salud le regresara, repitieran la sesión, y así lo hizo.

“Fotografiar escritores es la mejor manera que encontré de contribuir con ese milagro maravilloso que es la literatura. Hubiera podido intentar escribir, pero me siento más libre, más honesto conmigo mismo, labrando esta parcela incompleta de las letras en imágenes”, señala el artista, que ha montado más de 150 exposiciones alrededor del planeta.

Está convencido de que los lectores “sentimos curiosidad y complicidad con quienes nos abrieron las puertas de la fantasía, de la imaginación, del conocimiento de otros mundos y de nosotros mismos”.

“Me he pasado la vida intentando ponerle rostro a las letras. Tengo muy claro que se trata de una suma de individualidades, de personas concretas. Si tengo un rasgo en mi trabajo es que respeto mucho la personalidad de cada escritor”, dice.

La fotografía es como un espejo

Daniel Mordzinski no prepara previamente sus sesiones fotográficas.

“La pura verdad es que con cada autor es distinto”, comenta quien tendrá una exposición de su trabajo en la Feria Internacional del Libro de Panamá, aunque no desea decir qué autores nacionales y extranjeros estarán retratados porque desea que el espectador lo descubra por sus propios ojos.

A veces se pasa semanas “imaginando el momento de fotografiar a un autor y luego resulta que lo más natural es lo contrario. Es como un espejo donde se juntan –o me gustaría que se juntaran– tres imágenes: la del mundo personal del retratado, mi propia visión y la del espectador que se enfrenta al rostro, o a las manos, o a la silueta de un autor cuyos versos o novelas quizá le han regalado algunos de los momentos más memorables de su fantasía de lector”.

—En la Feria del Libro de Panamá presentará la obra Gabo siempre .

Es un libro donde reúno mis fotografías del gran Nobel colombiano realizadas a lo largo de más de 20 años. Incluyo también imágenes de Aracataca y de los amigos de Gabo. El libro presenta textos maravillosos de Santiago Gamboa. Había un solo motivo por el cual no me decidía a hacerlo: la gran cantidad de fotos de Gabriel García Márquez que se perdieron con la desaparición de mis archivos hace dos años y medio. Tenía miedo de que esas imágenes perdidas hicieran ecos en mis heridas. Ese ejercicio de memoria me permitió ver, o más bien recordar, miles de retratos de los poetas y novelistas que amo y que imagino como fotogramas de una película invisible que no tiene principio ni final. Conversar con Santiago Gamboa sobre esas fotos y de las circunstancias en que las tomé me hizo bien. El psicoanalista fue colombiano y el paciente argentino.

CAÍDAS Y ENCUENTROS

—De seguro ha tenido las más diversas situaciones.

Los autores son muy respetuosos con mi trabajo. He encontrado grandes amigos y poquísimas malas sorpresas. Una cosa es el escritor y otra lo que él escribe, y no hay ninguna relación entre la calidad literaria y la fluidez en el retrato.

—¿Algo divertido?

Hace unos 20 años retraté por primera vez a Sergio Pitol (México) en Guadalajara, le dije: “Maestro, un pasito para atrás”, y Pitol se tropezó y casi se cae. Sentí que no podía seguir haciendo fotos y lo invité a tomar algo. Con los años nos volvimos amigos y lo fotografié decenas de veces. El año que ganó el Premio Cervantes vino a París; por entonces tenía problemas de salud y de memoria. Recuerdo que en una entrevista contó que se había olvidado de los idiomas extranjeros que hablaba. En París nos reencontramos y almorzamos, después me pidió que lo acompañara a una entrevista para ayudarlo en caso de que tuviera lagunas de memoria, y cuando me presentó a la periodista le contó cómo nos conocimos, lo de “un pasito para atrás” y que entonces se tropezó. “Sergio, le dije, ¿no te podías haber olvidado de eso también...?”.

—¿Una gran anécdota?

El 29 de enero de 2010 participaba en el Hay Festival de Cartagena de Indias, para mí es un gran honor ser el fotógrafo oficial de los Hay Festival de lengua española. Eran las 8:00 a.m., bajé a desayunar y me encontré con Patricia y Mario Vargas Llosa, que de inmediato me invitaron a compartir su mesa. Se me ocurrió decirle a Mario que a pesar de haberlo fotografiado tantas veces nunca le había hecho una fotinski. “¿Qué es eso?”, preguntó. “Son esas fotos traviesas, pero siempre respetuosas, que me gusta hacer”. “¡Hagamos una fotinski! Ven a buscarme a la una, al final de mi charla en el Teatro Heredia, y hacemos esas fotos”, dijo Mario. Subí feliz a buscar mis cámaras y escuché que sonaba el teléfono de mi cuarto, era Mercedes Barcha (esposa de García Márquez) invitándome a su casa: “Gabo lo espera a la 1:00 p.m.”, me dijo, y yo pensé que en Colombia todo era posible. Le respondí en forma de broma que no se olvidara de que un argentino antes de un momento tan importante necesitaba charlarlo con su psicoanalista. “¿Prefiere otro día?”, me dijo. “¡Nooooo, era una broma!”, aclaré, “sólo le pido que en lugar de la 1:00 p.m. sea a las 2:00 p.m.”. Claro, cómo le iba a decir que no podía ir a la 1:00 porque tenía cita con Mario Vargas Llosa… Qué casualidad y que maravilla que en un mismo día haya tenido la oportunidad de retratar a dos titanes de la literatura.

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