El santo más popular de América Latina

Con 460 años de vida, Sao Paulo es reconocida por ser el centro financiero de Brasil y una de las regiones más multiculturales y diversas del país.

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Su intimidante inmensidad la transforma en una ciudad tan impersonal como ajena. Pero a su vez, esa misma sensación la vuelve de uno porque, en cierta forma, aparenta ser de nadie y de todos al mismo tiempo.

La región metropolitana de Sao Paulo es el principal centro financiero, industrial y económico de Brasil y la megalópolis más popular de América Latina, que alberga a unos 21 millones de seres humanos que coexisten en un extenso terreno de cemento y edificios, bajo una densa capa de esmog que los fines de semana suele darle paso al sol paulista.

Para empezar, entendamos la densidad de la población de Sao Paulo capital (12 millones de personas): los cerca de 3.5 millones de panameños cabrían casi 4 veces en ella, a pesar de que su superficie es casi 35 veces más pequeña que la del istmo. Aunque la arquitectura es clara y evidentemente distinta a la de Panamá, sobre todo por sus 460 años de historia, su distribución es parecida a la capital panameña: una importante cantidad de cemento, residencias, edificios y oficinas y pocas áreas verdes de gran tamaño. El parque Ibirabuera, en el corazón de la ciudad, desempeña un rol similar al del parque Omar.

También ciertos contrastes: de tanto en tanto, el desorden colorido de las favelas se fusiona con zonas de clase media-alta, como sucede en el área de Morumbí. Fenómeno parecido (salvando las distancias) al de Punta Paitilla y Boca la Caja o San Sebastián.

Sin embargo, Sao Paulo ha logrado conjugar con aparente éxito su fría y rampante vocación por las finanzas y la industria con la calidez y la sensibilidad de la cultura y la historia. Desde su Centro Histórico, donde se encuentra el monumento “Marco Zero”, que es el punto de referencia de las distancias de todas las carreteras del estado de Sao Paulo, la evolución de la ciudad puede palparse en las fachadas de sus edificaciones. Además, claro, de las varias decenas de museos que hay a lo largo y ancho de ella.

Este es uno de los principales centros turísticos de la ciudad. Si uno logra obviar los millones de autos y buses que transitan a toda hora -sin que se escuche una bocina que no sea meritoria-, se podría viajar a la época colonial portuguesa si así lo dispone. A medida que uno se aleja del punto cero, las construcciones van cambiando de acuerdo con la época y evolución de la ciudad, cicatrices de longevidad que relatan cientos de cuentos.

“El paulista es muy orgulloso de su historia, de su región. Sao Paulo tiene todo, pero falta más inversión en infraestructura y transporte porque crece muy rápido”, me dijo César, un taxista hincha del club Palmeiras que me recogió en el aeropuerto internacional de Guarulhos, uno de los cuatro que sirven a la ciudad. “Y cuidado si dices que eres fanático de algún club de fútbol de Río de Janeiro o que simpatizas con los cariocas”, agregó.

Si bien es cierto que no es de las ciudades más bellas de la región, desmaquillada por los días grises ocasionados por el esmog -en cada reloj al costado de las avenidas de la ciudad hay un “termómetro” que revela la calidad del aire-, Sao Paulo tiene todo para que uno no se aburra. Y la amabilidad de sus habitantes, tal vez como la de la mayoría de los brasileños, hace más tranquila la estadía en una ciudad monstruosa, la cual pareciera no tener un horizonte lineal, solo la silueta infinita y grisácea de los rascacielos.

La ciudad ofrece a sus visitantes más de 110 museos, 97 centros culturales, 80 parques y áreas verdes, 181 teatros, 287 cines, 7 estadios de fútbol, 12 mil 500 restaurantes, 15 mil bares y clubes nocturnos, 410 hoteles, 30 hostales, 80 shopping malls, 240 mil tiendas. Atendiendo a lo que ofrece, vuelve la voz de César antes de que abandone su taxi: “En Sao Paulo hay todo; Sao Paulo no para”.

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