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GRANDES LIGAS

La grandeza de Mariano Rivera

Al acercarse al récord de todos los tiempos (601) de Trevor Hoffman, ya se ha visto la mayor parte del éxito del istmeño.

Jorge Posada no recuerda qué le dijo a Mariano Rivera en la primera reunión de ambos, pero al veterano boricua no se le olvida el momento en que vio lo que es uno de los pitcheos más venerados y temidos del béisbol.

Visto por Posada

Fue 1994. Posada y el derecho panameño se encontraban con los Clippers de Columbus, sucursal de Triple-A de los Yankees en ese momento.

El club se medía al equipo de Triple-A de los Expos de Montreal.

Rivera dominó a los buenos prospectos de los Expos y la impresión inicial que se llevó Posada no ha cambiado en todos estos años.

“Desde aquel día dije que este muchacho iba a ser bastante bueno en Grandes Ligas”, expresó Posada. “Hubo algo extra en esa recta que nadie más tenía, la vida que tenía saliendo de su mano, cómo era él. Todo lo que ha hecho aquí (arriba), lo hizo allí (en liga menor)”.

Al acercarse Rivera a los 600 salvamentos de por vida y al récord de todos los tiempos (601) de Trevor Hoffman, ya se ha visto la mayor parte del éxito del istmeño en la Gran Carpa.

Es prácticamente seguro que superará a Hoffman como líder de todos los tiempos, ya que ahora mismo lleva 597 y le queda un año de contrato con los Yankees.

“Es el mejor de la historia. Digo lo mismo una que otra vez, y suena monótono cada vez que hablo de Mo, pero es la verdad”, dijo Posada. “No hay nadie que vaya a acercarse a lo que ha logrado, porque no hay nadie mejor. Es así de sencillo”.

Habla Girardi

El mánager de los Yankees, Joe Girardi, utilizó una sola palabra al realizar una sesión del bullpen con Rivera en los entrenamientos de 1996, cuando era catcher del equipo: “Wow”.

“Nunca había escuchado nada de él”, dijo Girardi, quien acababa de unirse a los Yankees al ser cambiado por Colorado. “Había estado en la Liga Nacional toda mi vida, entonces me dije, ´¿quién es este muchacho?´. Luego empezó como (David Robertson)-se encargó primero del sexto inning, luego el séptimo y a veces el octavo. Pero fue muy dominante”.

Girardi dijo que era “muy divertido” recibir los envíos de Rivera, quien hizo fácil el trabajo de los catchers, sobre todo al principio.

Con Rivera ocupando el puesto del preparador del cerrador John Wetteland en aquella temporada en que Nueva York ganó la Serie Mundial, los receptores del equipo solo tenían que indicar una localización y esperar que el panameño diera en el blanco con su recta cortada, según Girardi. Pronto estarían de regreso en el dugout.

“Podía elevarla a su antojo, conseguía muchos strikes en la parte alta de la zona y los zurdos no podían dar batazos en territorio bueno frente a él... si es que hacían contacto”, recordó Girardi.

Diferentes señas

“Recuerdo una vez que (el cubano) Rafael Palmeiro dijo, ´No sé por qué me mandan (al plato). Por el único lado que le puedo dar bien es a territorio de foul´”.

Se tomó un tiempo para que el resto de la Liga Americana conociera la calidad de Rivera, y hasta los mismos integrantes de los Yankees se confundieron con algunas cosas al principio.

“Teníamos diferentes señas para diferentes localizaciones”, contó Girardi. “Mike Figga entró a un partido y Mo le dijo, ´Uno, dos, muévelo (el dedo)´, lo que fuera. Movió el dedo y Mo le tiró una recta y pasó así (a Figga). Mo no le dijo lo que significaba todo eso”.

Para el momento en que Posada se adueñó de la receptoría titular en 1998, ya se sabía del dominio de Rivera.

Fortaleza mental

“Él hizo que mi trabajo fuera más fácil, de verdad que sí”, afirmó Posada. “Era un lanzador de dos pitcheos, y se trataba más de localización que cualquier otra cosa. Todo era muy sencillo para mí. Recta cortada, sinker, asegurarnos de que la localización estuviera ahí... y trabajar”.

Tal vez lo más impresionante del talento de Rivera sea su fortaleza mental. Para Posada, hay “algo diferente con Mariano” a cualquier otro lanzador.

Aun en el mayor escenario del béisbol, la Serie Mundial de 2001, Rivera aceptó la derrota con un tono filosófico. Pero no siempre fue así, como lo vio Girardi en los playoff de 1997, cuando un jonrón del boricua Sandy Alomar Jr. hundió a los Yankees.

“Creo que el partido más difícil que vi para él fue ese juego en Cleveland”, dijo Girardi.

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