VALOR RAZONABLE

VALOR RAZONABLE: Venezuela: la década perdida

Roberto González Milá de la Roca*

OPINIÓN

En el decenio de 2004-2014, el estado venezolano recibió cientos de miles de millones de dólares en concepto de renta petrolera, ingresos inimaginables para la mayoría de los países subdesarrollados. Un regalo del cielo (o del suelo, es decir, del infierno). Un maná negro en pleno siglo XXI.

Hoy día Venezuela sufre una crisis económica pavorosa donde elementos básicos de la vida cotidiana escasean, la moneda es papel de significado dudoso, y la inflación amenaza con convertirse en hiperinflación clásica en un futuro no tan lejano. La ironía es grotesca.

La ruina del país es un hecho fundamentalmente económico: la destrucción del aparato productivo por parte de un estado voraz e incompetente, que asfixió a la empresa privada hasta la extinción funcional con controles de precios injustificados, barreras regulatorias frívolas y competencia desleal de parte de empresas estatales ineficientes sin objetivos económicos racionales; por no hablar del terror psicológico hacia aquellos que trabajan honestamente por un beneficio económico, el irrespeto al régimen contractual y de propiedad privada y otros derechos básicos de la civilización moderna.

Si alguien quiere saber cómo se pasa de una bonanza petrolera a una fila de horas para poder comprar papel higiénico solo necesita algunos números y sentido común: más del 95% de los ingresos en moneda “dura” de Venezuela (es decir, dólares estadounidenses) son ingresos petroleros. Estrangulada la empresa privada, el 75% de las necesidades del país se cubren con importaciones. Mientras fluían los petrodólares, esas importaciones se podían pagar. Con el precio del barril a la mitad de lo que estuvo durante años, las necesidades del país ya no se pueden satisfacer importando bienes de forma masiva (literalmente no hay dinero o, más exactamente, el poco que queda se destina a asuntos como hacer servicio a los bonos globales de la nación, como pueden comprobar muchos empresarios de Zona Libre de Colón que le vendieron a crédito a Venezuela) y no hay productos sustitutos locales, porque muchas empresas productivas sencillamente cerraron. He ahí el misterio de la desaparición del papel higiénico en pocas líneas.

El drama venezolano nos debe servir para recordar un principio económico básico. Nuestra calidad de vida, como todo joven economista aprende, depende de nuestra capacidad productiva. Destruida esta, no podemos aspirar a una mejora y ni siquiera a un sostenimiento de aquella. Es el trabajo lo que nos hace, no los accidentes naturales, de los cuales la disponibilidad de petróleo es un ejemplo a veces trágico.

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