La paleta de la pintora

Frida, autorretrato íntimo

Más que un libro es un lienzo, una galería de 296 páginas donde las palabras, los colores y las líneas se combinan para ofrecer un retrato profundo de la genialidad que escondía su endeble y sufrida figura.

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Frida, autorretrato íntimo

Julio César Aizprúa jaizprua@prensa.com

Pincel en mano, con los colores tiñendo las cerdas, Frida Khalo es un alma que se transfigura en un lienzo o en un papel, según sea el caso, dejando en cada pincelada parte de esa vida enamorada, sosegada, desgarrada, sexual, acelerada, revolucionaria, surrealista, que le tocó vivir.

Frida es amor, y su amor, aparte de la pintura, de los amantes, de las mujeres a las que incluso amó carnalmente, fue Diego Rivera, uno de los tres grandes del muralismo mexicano, para quien, según sus palabras, representaba la caricia de las telas, el color del color, los alambres, los nervios, los lápices, las hojas, el polvo, las células, la guerra y el sol, todo lo que se vive en los no relojes y en los no calendarios.

Frida era una Cleopatra quebrada que escondía su cuerpo torturado, su pierna seca, su pie baldado, sus corsés ortopédicos, bajo los lujos espectaculares de las campesinas mexicanas, que durante siglos han escondido celosamente las antiguas joyas, protegiéndolas de la pobreza, mostrándolas solo en las grandes fiestas de las comunidades agrarias.

Así la pinta otro universal, el escritor Carlos Fuentes, en la introducción del diario de Frida Khalo Autorretrato íntimo, México 1995, editado por Phyllis Freeman y la Vaca Independiente, que precede los ensayos de Karen Cordero, Olivier Debroise, Sarah M. Lowe y Graciela Martínez- Zalce.

Cada una de ellas trata de descifrar a la mujer, al mito que en su diario, escrito entre 1944 y 1954, el año de su muerte, se vale del arte para expresarse, pues las palabras no le bastaban.

Más que un lienzo, el libro es una galería de 296 páginas donde, fundidos en uno solo, las letras y los dibujos multicolores expresan esa soledad, ese deseo gregario de llenar aquel vacío que siempre la acompañó, de esa vena artística que durante toda su vida fue su verdadera columna vertebral, cuando la otra, la de hueso, estropeada, solo le causaba ese dolor que selló su existencia.

“Durante toda su vida Frida salió en búsqueda de la ciudad sombría, descubriendo sus olores y sabores, riéndose en las carpas, divagando en las cantinas, tratando de hallar la compañía con la cual relacionarse, pues era una mujer solitaria a la caza de la camaradería, los grupos, las amistades muy próximas”, sostiene Fuentes.

Sus dibujos a tinta, donde sobrepone imágenes que atormentaban y poblaban su memoria, son un claro llamado del sufrimiento que recorría su endeble estructura ósea, pero que nunca llegó a doblegar su espíritu lleno quizás de Tlazolteotl, la diosa maya que representa tanto la pureza como la impureza, el buitre femenino que devora la inmundicia a fin de purificar al mundo, agrega el prologuista.

Mientras que Diego, su amor de siempre, pintaba las heróicas luchas del pueblo mexicano y las escenas cotidianas, Frida utiliza el pincel para transmitir su pena, su voz atormentada pero valiente, que en cada tela va dejando, envueltos en colores, rastros, testimonios de su pasado y de su presente.

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