Los años que vivimos peligrosamente

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Los años que vivimos peligrosamente

Aquella Venezuela saudí de los años 1970 del siglo pasado era uno de los países más ricos de América Latina.

Sus clases medias tenían un gran fondo económico y una gran influencia social.

No. No era un país justo, pero era mucho más justo y democrático que toda América Latina. Había pobres, muchos de absoluta miseria, pero las clases medias eran fuertes, la educación subió en esos años una enormidad, Venezuela era una nación próspera. Con muchos problemas, pero próspera. Y una democracia muy respetuosa de los derechos humanos y de la independencia de los tres poderes entre sí.

Había un grave problema, entre otros muchos: los venezolanos lo llamaban la conchupancia. Esa lacra de la corrupción creció tanto, había tanto para robar, que las clases dirigentes, y todo el que pudo, se dedicaron a lo peor: a vaciar el país a los ojos del pueblo soberano.

La democracia se pudrió, el pacto histórico de Punto Fijo se vino abajo y apareció el golpista, primero, y luego “El salvador del pueblo”: Hugo Chávez. Lo demás es, más o menos, conocido por todos ustedes.

Venezuela desde hace 15 años, con el chavismo y con su desgraciada deriva posterior a la muerte del líder, el madurismo, caminó por estertores encontrados que, finalmente, dieron lugar al gran desastre social, cultural, económico y político.

“El país está en el suelo”, me confesó hace tres años, en mi última visita a Caracas, un gran historiador venezolano. Todavía vive. Y hace unos días me dijo que su país estaba en el infierno.

GRANDES LIBROS

Hay mucha literatura y mucha historia en la Venezuela de los últimos años. Leí con emoción contenida Una revolución sentimental, el gran reportaje de Beatriz Lecumberri. Un gran libro de una gran periodista.

Ahora estoy terminando de leerla y no quiero, Patria o muerte, de Alberto Barrera, una gran novela de un gran periodista y novelista venezolano, con quien acabo de estar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).

Precisamente leyendo algunas de las páginas de Patria o muerte en mi habitación del hotel Hilton, en la FIL, se me vino a la cabeza aquella novela titulada El año que vivimos peligrosamente, que fue llevada al cine en una película inolvidable.

Estoy hablando de la Indonesia del general Sukarno, de cómo el dictador jugó y engañó a los comunistas y a todos los demócratas, de cómo se hizo con todo el poder y todo el dinero del país, de cómo ejerció ese poder y ese latrocinio con el descaro de un criminal que, con la mentira mayor de querer a su pueblo, lo masacró en las calles sin contemplaciones.

El Chávez que retrata Barrera en su novela, el mismo que ya había retratado en su biografía sobre el presidente venezolano, el mimo que describe magistralmente Beatriz Lecumberri en su libro La revolución sentimental, es un sujeto carismático que ejerce su poder casi absoluto, despóticamente, desde la televisión y los medios informativos, siempre con un micrófono en la mano.

Bien: con un micrófono en la mano les dijo a los venezolanos, que han vivido los últimos 15 años peligrosamente, que si a él le pasaba algo, y faltara, que eligieran sin duda a Nicolás. Entre gallos y medianoche, así fue todo. Y Nicolás Maduro ganó unas elecciones presidenciales de la mano de un muerto, el Sukarno venezolano, Hugo Rafael Chávez Frías.

Hoy, domingo, 6 de diciembre de 2015, es un día crucial para los venezolanos. Es el día de las elecciones parlamentarias y, por primera vez en estos años que Venezuela ha vivido peligrosamente, hay una esperanza para comenzar a salir del infierno al que el madurismo ha condenado al país en muy poco tiempo.

Chávez murió en Cuba, más de tres meses antes de lo que oficialmente se dijo y se sigue diciendo.

Ahora llegan las primeras elecciones en las que los venezolanos ya no tienen a Chávez y su carismático don de la ubicuidad. Tienen a un presidente nulo políticamente, brutísimo culturalmente, una bestia parda de tiempos pasados, incluso para América Latina. Y un país en el infierno, un país que quiere salir de ese mismo infierno de madurismo y regresar a una democracia que no es la panacea de todo ni de nada, pero es mucho mejor que lo que la política chavista y de maduros ya le ha dado a Venezuela en estos años vividos peligrosamente.

Llega el momento y el hoy. Las urnas. La oposición teme que ahí y hoy, en las urnas, se cometa otro crimen de lesa democracia y los tramposos, los malandros políticos y económicos de Venezuela, ese gran país que llevo en el corazón desde que era un niño, se salgan con la suya y sigan en el poder, matando, robando, con el pueblo en el infierno, sin nada que comer, con un desabastecimiento brutal y con una inflación escandalosa.

Venezuela, que fue una luz democrática en una época de dictaduras militares en América, debe empezar salir del infierno este mismo domingo. Se lo merece. Y nosotros lo aplaudiremos.

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