ECONOMÍA GLOBAL

El mundo en 2014

Quien antes se preocupaba por comer y mandar a sus hijos a la escuela, ahora reclama derechos humanos, libertad de expresión y transparencia gubernamental.

“El tiempo –escribió Thomas Mann– no tiene divisiones que marquen su paso. Nunca hay un trueno o sonido de trompetas que anuncie el inicio de un nuevo mes o año”. Relojes y calendarios, notó, forman parte de una característica exclusiva –y definitoria– de la especie humana. “Incluso cuando comienza un nuevo siglo solamente nosotros, los mortales, sonamos campanas y disparamos pistolas”.

El célebre premio Nobel alemán no fue, por supuesto, ni el primero ni el último en notar que –en palabras del escritor estadounidense Hamilton Wright Mabie– “no hay ninguna pausa en la marcha del universo”. Lo que le faltó, en realidad, fue explorar la otra cara de la moneda: nuestra obsesión por medir los minutos, los siglos y las eras no se desprende de un quimérico intento de controlar la flecha del tiempo, sino de algo mucho más íntimo y profundo. Como lo planteó G. K. Chesterton, “el objetivo del año nuevo no es que tengamos un nuevo año, sino que tengamos un alma nueva”.

Los primeros 45 días de 2014 reflejan esta dicotomía con claridad. Por un lado, el universo sigue marchando sin descanso para sirios, centroafricanos, sursudaneses, ucranianos y venezolanos, que –con distintos grados de violencia– comprueban cómo el cambio de año gregoriano poco o nada incide en la profunda división de sus respectivas sociedades. Y por otro, 2014 adquiere una relevancia especial para países como Rusia, Brasil o Irán, que tendrán importantes oportunidades para mostrarle al resto del mundo la belleza de sus flamantes almas.

Economía: el fin de una era

Pero eso es solo una pequeña parte del panorama. Esbozar el futuro inmediato del mundo requiere de un análisis que comienza, inevitablemente, por el aspecto económico. A primera vista, el planeta entra a 2014 con una expansión sincronizada de sus grandes economías. El crecimiento ha vuelto a Estados Unidos (EU) –con el desempleo cayendo al 7%– y se asoma tímidamente por Europa, mientras que se resiste a abandonar China –en pleno cambio de modelo económico– y ha regresado a Japón un cuarto de siglo después. No es de extrañar, entonces, que el FMI espere un crecimiento global del 3.6% para 2014, casi 2 puntos por encima del 2.9% del año anterior.

Para el economista estadounidense A. Michael Spence, la economía global verá –además de lo mencionado– “un resurgimiento del patrón postcrisis de crecimiento relativamente alto en las economías emergentes (EE)”. Su pronóstico tiene bases sólidas: desde 2003, dichas economías han doblado su participación en el PIB global, del 20% al 40%. De hecho, solamente el PIB nominal asiático –impulsado por China– ha crecido en 700%, sobrepasando en 2012 al de la eurozona. Estas dinámicas, opinó Jonathan Wood, director asociado de la firma Control Risks, “colocan al mundo en una situación nueva. La última vez que el actual grupo de EE –China, India, Brasil, Turquía, etc.– tuvo semejante peso en la economía global fue quizá a finales del siglo XIX, bajo circunstancias sociales, políticas y geopolíticas radicalmente distintas”.

Las palabras de Wood son poderosas. A simple vista, hablan de la (grata) novedad de una configuración de poder económico que sin duda forma parte de lo que Fareed Zakaria llamó “el ascenso de los demás”. Pero una mirada más profunda no puede evitar detenerse en esas circunstancias “radicalmente distintas” –colonialismo e imperialismo, entre otras– que moldearon la transición del siglo XIX al XX y, sobre todo, las brutales convulsiones que sufrió la humanidad cuando estas se derrumbaron. Después de todo, el mundo en el que vivimos es consecuencia de ello.

Desde ese punto de vista, se desprenden dos preguntas obvias: ¿cuáles son las circunstancias que sostienen la actual “era de las EE”? Y aún más importante: ¿qué consecuencias traería un cambio en esas circunstancias?

Empecemos por la primera. El crecimiento acelerado de las EE –los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), Mist (México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía) y cuanto acrónimo se le ocurra a los analistas de Goldman Sachs– está directamente ligado a la crisis financiera de 2008 en el “primer mundo”. Hasta entonces, las EE habían vivido de los altos niveles de consumo en los países desarrollados. Pero la “gran recesión” de hace un lustro –y las duras tasas de interés en Europa y EU– añadió a eso un tsunami de capital “barato” que les permitió implementar programas de gasto público sin precedentes. Este boom económico, por supuesto, trajo como consecuencia –en mayor o menor medida– importantes aumentos en los estándares de vida de cada país.

El problema es que, en pocas palabras, la fiesta se acabó. A medida que las economías en crisis se comienzan a recuperar, las EE queman etapas de sus ciclos económicos que, inevitablemente, disminuyen sus atractivos. Y así, el dinero empieza a moverse en dirección contraria. Al día de hoy, pocos especialistas parecen dispuestos a negar que la actual era económica –marcada por el flujo de capital hacia las EE– está a punto de terminarse. Y los hechos –desde las masivas protestas en Egipto, Turquía o Brasil hasta los últimos pánicos por la reducción de la flexibilización cuantitativa (quantitative easing, o QE) por parte de la Fed estadounidense– parecen confirmarlo: 2014 se perfila como el año del principio del fin.

Las consecuencias

Lo que nos lleva a la segunda pregunta, la de las consecuencias. La respuesta, por supuesto, dependerá de las condiciones específicas de cada país. Las EE, de alguna manera, están viviendo un replay de la parábola de los talentos de Jesús de Nazaret: aquellas economías que usaron el influjo de capital para diversificarse y avanzar en el camino de la sostenibilidad correrán suertes muy distintas a aquellas que funcionaron como si el maná del último lustro no fuera a acabarse nunca. Y aquí es donde la jerga económica sale del panorama: cuando empieza a bajar el nivel de vida nadie habla de flexibilizaciones cuantitativas y mercados emergentes. La rabia, cruda y pura, se dirige hacia las élites gobernantes.

Para entender las ramificaciones sociopolíticas de estos cambios es necesario considerar su principal derivado en las EE: la llamada “legitimidad por rendimiento”. En los últimos años, innumerables EE han visto el ascenso de gobiernos cuyo único argumento para mantenerse en el poder –y para enmascarar sus variopintas ineficiencias, corrupciones y abusos– era el crecimiento económico que “traían” al país. Curiosamente, el pecado original –de apropiarse de la bonanza de sus países– ha vuelto como un mal karma: al no poder mantener el rendimiento, su legitimidad política se disuelve como un castillo de arena. Este fenómeno se verá reflejado, en mayor o menor medida, en gran parte de las EE que celebrarán elecciones en 2014 (Bangladesh, Brasil, Colombia, Egipto, India, Indonesia, Sudáfrica, Tailandia y Turquía, entre otras).

Los gobiernos que se han agarrado a la legitimidad por rendimiento, además, han cavado su propia tumba de dos formas adicionales. En primer lugar, la era de las EE ha traído un aumento dramático en la clase media global –2 mil millones de personas en la actualidad, y camino de los 3 mil en la próxima década– y, con él, cambios importantes en las agendas políticas. Dicho de otra manera, quien antes se preocupaba por comer y mandar a sus hijos a la escuela, ahora reclama derechos humanos, libertad de expresión y transparencia gubernamental. Este fenómeno, por supuesto, pone bajo la mira no solo a los gobiernos, sino a las empresas, que atentan contra el medio ambiente o los derechos de los indígenas.

Finalmente, estos gobiernos mueren víctimas de su propio “éxito”: al apropiarse de las vacas gordas, amplifican el –inevitable– cariz político que acompaña cualquier proceso de reforma económica. Así, lo que no es más que una necesidad de supervivencia se convierte en una batalla ideológica en la que, por supuesto, el Gobierno –que ya no rinde– lleva las de perder. La habilidad de cada quien para manejar estos factores –el fin de las vacas gordas, las nuevas exigencias de la clase media y la necesidad de reforma económica– determinará el futuro inmediato de las EE y, por ende, de gran parte de la economía global. En Latinoamérica, donde (aún) no se esperan grandes cambios de gobiernos o sistemas políticos, 2014 verá, sin embargo, la profundización de estos fenómenos: los que administraron bien sus talentos se disponen a manejar la resaca; los que bailaron bajo el maná ya están en plena crisis.

Geopolítica: vacíos de poder

Todo esto, a su vez, ocurrirá en un mundo en pleno cambio geopolítico. Gobernando ese cambio a nivel global está la noción de que la hegemonía político-militar estadounidense –que llegó a su cénit a principios de la década pasada– se encuentra en plena decadencia. Más allá de su veracidad, esta idea implica que, como mínimo, Washington no es capaz de imponer su voluntad cuando y donde quiera. En realidad –podría argumentarse– nunca lo fue, pero la enorme cantidad de fracasos geopolíticos –de Afganistán a Irak, pasando por Libia y ahora Siria– han cimentado la imagen de una superpotencia otrora omnipotente y ahora un poco más mortal. Para el mundo, el mensaje es claro: a partir de ahora, cada uno por su cuenta.

En Washington, por supuesto, la última década ha sido una de profunda autorreflexión. Más consciente que nunca de los límites de su poder, la administración Obama ha vuelto a la estrategia –imperial por excelencia– del balance de poder. Estados Unidos –un país tan excepcionalista como aislacionista– no piensa retirarse del mundo, sino aprovechar las divisiones naturales del resto del planeta para evitar el surgimiento de amenazas a su control de los océanos. Fue la estrategia de romanos, británicos y casi todos los imperios exitosos. Y como hicieron ellos, Washington intervendrá cuando el balance de poder en tal o cual región se incline demasiado hacia un lado.

La nueva doctrina estadounidense ya se está haciendo sentir. Quizá el mejor ejemplo –y el evento geopolítico más importante de 2014– sean las negociaciones con Irán. Bajo el manto de la multilateralidad y el tema nuclear, Washington y Teherán negocian una normalización de relaciones cuyas consecuencias van desde la guerra en Siria hasta una salida al conflicto entre Israel y los palestinos.

Obtener un balance de poder en Oriente Medio –los estadounidenses, por supuesto, no abandonarán a israelíes y/o saudíes, sus antiguos aliados– le permitirá a EU salir del mundo musulmán y “regresar” a un mundo que, tras una década, ha cambiado mucho. Su intención pública es pivotear hacia Asia, pero existen otros frentes importantes. En Eurasia, Washington intentará ponerle freno a la expansión rusa, como quedó evidenciado en la crisis ucraniana. Moscú, consciente de esto, intentará consolidar sus avances lo antes posible (léase tras Sochi).

En el Kremlin tendrán que lidiar con varios frentes abiertos. En Europa, una Alemania que intenta mantener la Unión Europea a flote ya le declara al mundo –y lo demuestra en Ucrania– que la era del bajo perfil geopolítico se acabó. Por ende, su relación con Rusia será una de las sagas diplomáticas más interesantes de 2014.

Además del frente europeo, uno de los principales dolores de cabeza de Moscú podría venir de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, que se encuentran en sendas crisis de sucesión y tiemblan ante la salida estadounidense de Afganistán a finales de año. La casi segura vuelta del Talibán al poder aumentará, a su vez, la guerra civil en las áreas tribales pakistaníes. Washington, sin embargo, buscará balancear la influencia pakistaní en Afganistán a través de India –ya se iniciaron los contactos con Narendra Modi, favorito para las elecciones de mayo– e Irán.

Algo similar sucederá en Asia. China, que se encuentra haciendo malabares para modificar su modelo económico sin grandes turbulencias sociopolíticas, ha encontrado en la retórica nacionalista un bálsamo para manejar su transición. Como consecuencia de esto –y ante la menguante confianza en el poder estadounidense–, muchos países de la región han aumentado la retórica belicista y acelerado sus procesos de militarización, con Japón a la cabeza.

Esta tendencia, contrastada con la impresionante vitalidad económica de la región, marcará el 2014 asiático, y quizá sirva de metáfora para explicar la era que este año parece inaugurar a nivel global. Los profundos cambios estructurales que vive la economía mundial traerán tensiones sociales que tendrán que ser manejadas en un marco de creciente multipolaridad. Por ende, los viejos axiomas de que la integración económica previene conflictos y de que las democracias no se hacen la guerra están a punto de ser probados como nunca antes. Ojalá Chesterton tenga razón.

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