EL MALCONTENTO

Cambio climático es mentira: Paco Gómez Nadal

Cambio climático es mentira: Paco Gómez Nadal Cambio climático es mentira: Paco Gómez Nadal
Cambio climático es mentira: Paco Gómez Nadal

Los suicidas abundan en nuestras sociedades. Especialmente si son los suicidas que aman el beneficio económico a costa de lo que sea: de la explotación de otros, del daño ambiental, de la vida misma… Ese selecto grupo de suicidas gasta un dineral cada año para contaminar con informes pseudocientíficos que luego se convierten en mentiras mediáticas virales para convencer a la humanidad de que el cambio climático antropogénico (producido por el ser humano) es una milonga, una historia de catastrofistas izquierdosos radicales, un buen negocio para ecologistas gritones, un obstáculo más en el infinito (y suicida) recorrido del progreso capitalista.

Yo estoy de acuerdo: el cambio climático es mentira. Al menos, es mentira formulado así, sin apellidos, como si fuera algo que simplemente ocurre, que tiene que ocurrir. La lógica mentirosa nos hace pensar que igual que se produjeron glaciaciones o que se unió el istmo de Panamá, pues el clima cambia y tendrán que ser nuestros avispados científicos los que encuentren soluciones para este planeta imperfecto mientras inventamos la manera de colonizar otro astro para esquilmar.

Lo que se está produciendo es un geocidio, un asesinato del planeta cuyos victimarios están a la cabeza de la economía mundial, respaldados por grupos de presión y centros de estudios para justificar su crimen global.

Lo que está descubriéndose ahora en Darién es la prueba. De hecho, lo de Darién prueba varios hechos. La tala ilegal en Darién era un hecho que conocía todo el mundo desde hace años. Solo hasta ahora las autoridades ambientales parecen haber topado con lo evidente. Los cambios en el clima de Panamá, la severidad de las consecuencias de lluvias y otros fenómenos no se debe a un designio divino, sino a la brutal deforestación de diferentes zonas del país. Darién era la última reserva, el último pulmón. Hace tiempo que dejó de serlo. Según Ancon (Asociación Nacional para la Conservación de la Naturaleza), en los últimos 20 años se han perdido 540 mil hectáreas de masa forestal (un 7% del territorio nacional) y otros 2 millones de hectáreas (26% del país) han quedado gravemente dañadas. El drama es brutal y la agresión del sector privado al patrimonio ambiental de los y las panameñas parece imparable.

No es un cambio climático, sino un expolio climático que no repara en las consecuencias que ya provoca en el presente y, menos aún, en la impagable hipoteca para el futuro.

El mensaje dominante nos advierte del riesgo del crimen organizado, de las pandillas, del narcotráfico… vivimos aterrorizados pero poniendo la alerta donde no es. El expolio climático -que se completa con la minería para usos innecesarios para la subsistencia de la especie o la explotación de la energía hídrica para mayor beneficio de los autores intelectuales y físicos del geocidio- pone en riesgo la mismísima pervivencia del ser humano, pero nadie nos advierte de que nuestros países, en caso de preocuparse de verdad por sus ciudadanos, deberían multiplicar sus inversiones en la protección ambiental y en la persecución de estos delitos.

Varios ejemplos ilustran este contrasentido. Panamá es el país de toda Centroamérica con más policías por cada 100 mil habitantes (410) y el que más guardias de seguridad privados tiene de toda Latinoamérica (920 por cada 100 mil habitantes). En un grupo de 243 panameños habrá siempre un policía y dos agentes de seguridad como mínimo. Sin embargo, para controlar todos los parques y bosques nacionales, el Ministerio del Ambiente cuenta solo con 255 guardas y para inspeccionar todos los desmanes que hacen empresas y particulares tiene que apañarse con menos de 150 funcionarios.

El Gobierno y algunas ONG bien intencionadas insisten en el mensaje que responsabiliza al ciudadano del cuidado del ambiente, pero al mismo tiempo estimula un modelo de país donde el número de carros (contaminantes, sean como sean) se multiplica, donde se construye para vivir con aire acondicionado, donde no hay límites en la concesión para construir centros comerciales (devoradores energéticos sin alma) y donde se penalizan todas las formas de vida que no se basen en el consumo desaforado de plásticos y gadgets generadores de basura electrónica.

El cambio climático, el geocidio, probablemente ya es imparable, pero, incluso desde el egoísmo más humano, deberíamos replantearnos todas las políticas públicas que inciden en el modelo de explotación del país. Hagámoslo por nuestra propia calidad de vida, pensémoslo como un ejercicio de responsabilidad con el futuro. En 2013, los efectos del cambio climático antropogénico provocaron que 22 millones de personas tuvieran que desplazarse forzadamente de sus hogares. En Panamá, al menos 28 mil habitantes de Guna Yala se enfrentan a ese destino. No serán los únicos. El cambio climático provocado por la angurria del 1% afectará a buena parte del 99% que parece feliz siendo el consumidor de su propia desgracia.

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