FENÓMENO SOCIAL

¿Derrotar a las pandillas?: René Quevedo

Fórmulas casi exclusivamente represivas para combatir la violencia no son sostenibles en un país con el número de presos por habitante más alto de Latinoamérica (15 en el mundo), 64% de sobrepoblación carcelaria y tasas de reincidencia delictiva del 60% en adultos y 72% en menores de edad. ¿Pena de muerte, mano dura? ¿Cuál es la “pregunta”?

Para las pandillas, calle y cárcel son lo mismo. Pretender exterminarlas a la fuerza equivale a la versión del siglo XXI de la estrategia usada contra las guerrillas centroamericanas de la década de 1970, quienes con agendas ideológicas trajeron muerte, destrucción y atraso a la región, para culminar en procesos de amnistía política, ante la imposibilidad de una definición militar.

Hoy la motivación es económica, con sólidas bases de sostenibilidad: financiamiento ilimitado a través del narcotráfico y una fuente cada vez mayor de materia prima en un país donde uno de cada cuatro ciudadanos es un menor de edad pobre. Por las calles, veredas y aguas de nuestro país transita anualmente el equivalente a $2 mil millones en droga (¡el ingreso del Canal!). Es decir, que cada hora circulan $228 mil en “mercancía de alto valor comercial”. El “incentivo” es grande. Para muchos de estos jóvenes, ignorantes e ignorados, sin guía y sin oportunidades para una vida digna, mover droga representa, a menudo, la única opción. La hiperviolencia centroamericana es ejemplo de la inefectividad de la mano dura para combatir las pandillas, llevada a su máxima expresión por la guerra que libran carteles de la droga en México, con 35 mil muertos en cuatro años, pese la asignación de 50 mil efectivos del ejército para prevenirla.

El pandillerismo es un fenómeno social (no policial) siempre precedido por la autoalienación. La delincuencia solo podrá ser erradicada evitando que nuestros niños se conviertan en delincuentes y creando oportunidades en una sociedad solidaria. No tiene mucho sentido solo pensar en qué hacer después que estos jóvenes hayan delinquido, sino qué hacer para que no lo hagan.

Pero culpar es más fácil que solucionar, máxime un problema que no entendemos. Pretendemos darle “soluciones mediáticas a problemas sociales” y los medios de comunicación son la única fuente de insumo para forjar nuestras percepciones, opiniones, sentimientos y acciones. Le tenemos miedo a los barrios. Hemos convertido a los pandilleros en íconos de nuestros prejuicios, inseguridades, miedos e ignorancia. Criminalizamos la pobreza, satanizamos grupos (ejemplo: adolescentes), estigmatizamos comunidades y estamos convencidos de que en la reducción de la violencia estamos eximidos de participar más allá de ponernos gorras, camisetas y clamar ¡“que alguien haga algo”!

La represión y combate al pandillerismo son necesarios, acompañados por una guerra, 100 veces más intensa, contra el hambre, la deserción escolar, el ocio, la alienación, la indiferencia social y la falta de oportunidades. El Gobierno no puede solo, tenemos que involucrarnos todos. Si nosotros no vamos a los barrios, los barrios vendrán a nosotros. No es asunto de “sí o no”, sino de cuándo.

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