SOCIEDAD

Efectos de la avalancha inmigratoria: Jairo H. Pertuz S.

El boom económico panameño, tan mencionado por los recientes gobiernos, habría contribuido con la avalancha de extranjeros que llegan al país. Los inmigrantes provienen no solo de naciones vecinas de Centro y Sur América, sino de Asia, África, India y de países europeos en crisis, como España, Italia y Grecia.

Las facilidades para ingresar a Panamá, debido a sus amplias costas, acuerdos obsoletos, falta de leyes o vacíos en ellas, controles internos inadecuados, y la entrega de cerca de 49 mil permisos de permanencia, entre otras razones, son atractivos para la inmigración. La cifra se agranda pues cada legalizado trae a sus familiares, lo que triplicaría el número de ellos en el territorio.

Los informes indican que al país llegan miles de inmigrantes, como turistas, pero con el propósito de quedarse. Otros ingresan de forma ilegal o en supuesto tránsito hacia Estados Unidos, pero también se quedan.

En opinión de los entendidos, en el mundo de hoy las inmigraciones deben ser controladas. Los extranjeros procedentes de países con sistemas de salud precarios hacen uso, apenas llegan, de los servicios médicos, porque se conocen las leyes locales y exigen que les brinden atención, alegando no tener cómo pagar, en algunos casos, ni siquiera el costo mínimo establecido. Se comenta que hasta organizan viajes solo para tener acceso a muchos de estos servicios y con lo que se ahorran cubren el costo del boleto aéreo y hotel.

Los centros de salud del Estado carecen de estadísticas oficiales de atención de los pacientes y del uso de los beneficios por parte de extranjeros, pero es notorio que cerca del 60% de ellos los utilizan, lo que resta cupos para la población panameña.

Entre los servicios gratuitos a los que tienen acceso los “turistas y legalizados” están: las citas médicas, odontológicas, ginecología y Papanicolaou, control de embarazos, crecimiento y desarrollo de sus hijos (de 0 a 9 años), entrega de cremas nutricionales, atención a personas con discapacidad, y los tratamientos contra la tuberculosis y el VIH. Es decir, reciben los mismos beneficios que se les da a los nacionales, y todo esto se costea con el presupuesto nacional y los impuestos que pagan los panameños.

Hay muchos inmigrantes que trabajan de forma ilegal en la construcción, mensajería, en restaurantes o como informales, sin pagar impuestos ni cotizar a la Caja de Seguro Social, institución que de por sí sostiene una carga que le corresponde al Estado, y cuyo programa de vejez, invalidez y muerte corre peligro, pues se creó solo para los asegurados cotizantes.

El caso es parecido en las escuelas primarias y secundarias y, aun en las universidades del Estado, en donde hay una matrícula considerable de extranjeros. Tanto los pacientes como los padres de familia expresan su preocupación por ambas situaciones, que de seguir sin reglamentación podrían afectar, de gravedad, los servicios que brindan estos dos pilares de atención del Estado. Sobre todo, porque los recortes del gasto e inversión del presupuesto nacional afectan cada vez más a los panameños.

El fenómeno de la avalancha inmigratoria liga con otras situaciones como la trata de personas, la explotación laboral y sexual, que ya trasciende las fronteras nacionales, así como un posible agravamiento de la inseguridad, por la baja contratación de mano de obra, que es otro motivo de preocupación para los panameños, porque tienen que competir –dentro de su propio país– con mano de obra inmigrante. No es cierto que en Panamá haya cero desempleo, lo que hay es un alto porcentaje de la población que trabaja en la informalidad. A esta cifra se suman ahora otros foráneos que contribuyen a afear más la ciudad y a tornar insalubres las calles, con la instalación de quioscos y carretillas.

Los panameños con los que hablo aseguran que no son xenófobos, incluso muchos son hijos de extranjeros o bien son inmigrantes con largos años de permanencia y con familia en este país. Son conscientes de que aunque muchos de los actuales inmigrantes hablen su mismo idioma, vienen de países con conductas de violencia acentuada y enfermedades que han ido asimilando y que hacen hoy parte de su cultura, que no es la del panameño común. De continuar Panamá recibiendo el peso de esta inmigración masiva, como hasta ahora, con tantas facilidades y sin mayores controles, se ocasionarán daños más graves a corto plazo. Las quejas ya forman olas, por eso, es tanto prudente como necesario que las autoridades del Gobierno analicen y tomen las medidas preventivas que se requieran para evitar un mayor deterioro social, y la proliferación de las redes internacionales delictivas, incluido el narcotráfico y el sicariato.

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