CIUDADES

Espacios para los deseos: Carlos Fong

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En un seminario de gestión cultural realizado por el Municipio de Panamá en agosto, el facilitador, Tulio Hernández, dijo que la ciudad debe de ser un espacio para los deseos. En una ciudad donde no hay espacios públicos destinados para el encuentro creativo y la convivencia, la capacidad para soñar es menoscabada. En las localidades vulnerables los sueños son frenados por la violencia, la pobreza y la desigualdad; las relaciones con el prójimo, el otro, se tornan adversas y no permiten la convivencia pacífica, lastimando los lazos sociales.

Por un lado, ha imperado la falta de voluntad y de imaginación política de parte de las autoridades que no invierten en el desarrollo cultural; la gente no tiene a donde ir para compartir saberes, ideas o pensamientos, espacios para conciliar problemas y tomar decisiones o, simplemente, para tener una experiencia distinta. Por otro lado, hay un abandono de responsabilidad cotidiana; las personas optan por ser “habitantes” y no “ciudadanos”. No hay compromiso, no hay respeto, no hay tolerancia y no hay sentido de pertenencia; ni causas ni proyectos por los cuales luchar. Solo existe el aquí y el ahora, un presente donde la supervivencia es la prioridad.

La ciudad es una construcción física y social que tiene muchos relatos implícitos. Pero la lectura de la ciudad que tenemos es un relato de violencia y conflicto. Es la historia de una ciudad hostil donde el miedo está ganando espacio. Urge, entonces, antes de que sea demasiado tarde, descubrir otras narrativas, incluso, reconstruirlas a partir de la necesidad y la carencia. La necesidad y la carencia son referentes que posibilitan diseñar acciones para trabajar sobre problemas puntuales en las localidades. Las ideas y los proyectos nacen de las necesidades. Pero para eso necesitamos espacios, espacios para construir deseos.

La ausencia de áreas públicas que provoquen el deseo sano capaz de hacer pensar proyectos de vida se sustituye por el ánimo de poseer y destruir. Los barrios son arenas de conflictos y prisiones, donde los más vulnerables, los jóvenes, son atrapados por los flagelos de las drogas y la delincuencia. Las ciudades no solo necesitan buenos servicios básicos; también necesitan de la cultura y el arte. Hay referentes de ciudades muy peligrosas, donde la criminalidad estaba ganando, y se apostó por la cultura logrando importantes cambios (Medellín, por ejemplo, es el más citado).

Cuando Tulio Hernández habló de la ciudad como texto, imaginé sus narrativas. Muchas de ellas en conflictos, pero donde las tensiones permiten pensar en acciones. Por ejemplo, la ciudad como historia y memoria, nos permite volver conversar de cómo era el pasado y preguntarnos si podría “volver a ser”. Colón, por ejemplo, ¿podría volver a ser la tacita de oro?

La ciudad como espacio para la circulación de conocimiento. ¿Será posible que la gente comparta sus ideas, sus saberes, sus experiencias? ¿Qué puedan ser protagonistas de sus propias decisiones? ¿Qué puedan elegir juntos, construir juntos? Cuando trabajamos con niños y jóvenes, descubrimos que son capaces de trabajar en equipo, construir y tomar decisiones. Saben que son parte de un juego, de una propuesta, y tácitamente descubren que pueden trabajar mejor si piensan juntos. Esto desde un espacio institucionalizado como la escuela. ¿Qué cosas podríamos descubrir en una reunión de adultos en la biblioteca, por ejemplo?

La ciudad mirada desde la relación con el otro, tanto del más próximo como el vecino o el más lejano como el inmigrante. Hoy, que está en conflicto la famosa construcción sintáctica: “Crisol de Razas”, deberíamos preguntarnos si hasta ahora nuestra tolerancia no ha sido una especie de relativismo moral o si hemos llegado al punto de poder valorarnos y pensar en nosotros mismos, y si es así, por qué no podemos tolerarnos nosotros mismos. ¿Qué podemos aprender de los múltiples rostros que se desdibujan en una ciudad indiferente?

Deberíamos, a estas alturas, saber qué ciudad queremos. Lo voy a expresar como si fuera un cuento: Dicen los que saben y saben los que cuentan, entre ellos Antonio Matos, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Almada, en Portugal, que los territorios se condicionan según las necesidades y aspiraciones humanas, y los cambios sociales y económicos. Por eso han existido ciudades medievales, ciudades burguesas, ciudades renacentistas, ciudades industriales, ciudades de posguerra, ciudades posmodernas, incluso ciudades globalizadas. Pero también, dicen los que saben y saben los que cuentan, que existen las ciudades creativas y educativas. Tulio Hernández nos habla de las ciudades fénix.

Tengo la sospecha de que estamos empeñados a vivir en una especie de ciudad medieval; luchando y defendiéndonos de enfermedades como la fiebre chikungunya. Un mal que tiene el remedio más fácil: la limpieza. Pero preferimos dejar que la basura nos ahogue y culpar a las autoridades, porque elegimos cotidianamente ensuciar.

Podemos tener una ciudad creativa con la ayuda de las autoridades, pero el trabajo principal, a mi manera de ver, será en saber tomar decisiones, saber elegir la ciudad deseada. Dice Lala Deheinzelin, una especialista brasileña en economía creativa, que no basta con contar con la conciencia para movilizar hacia la acción; hace falta sentir. Tenemos que aprender a sentir. Pienso que esto es lo que deberíamos enseñarle a los niños y jóvenes, a los padres de familia y docentes, incluso a los políticos.

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