ECONOMÍA NACIONAL INVADIDA

Esquizofrenia económica: Eduardo Espino

Esquizofrenia significa “mente escindida” entre la realidad y la fantasía. En nuestro país, al igual que un sinnúmero de otras naciones en el mundo, las cifras e indicadores tradicionales de la economía como producto interno bruto, ingreso per cápita y otros están dejando de tener la utilidad que antaño tuvieron para definir el grado de desarrollo y bienestar en cada nación.

Si bien los términos felicidad y bienestar son muy subjetivos hay condiciones mínimas que deben ser analizadas para considerar el nivel de desarrollo social e individual en un país determinado. Las cifras macroeconómicas anteriormente mencionadas se quedan cortas a la hora de establecer un criterio racional y equilibrado de desarrollo humano.

La economía nacional puede dar espectaculares indicadores; pero el desarrollo de la vida cotidiana y las finanzas individuales y familiares pueden arrojar una disociación de lo que supuestamente se calcula con los indicadores macroeconómicos tradicionales.

Hay varios factores que hacen que en nuestro país estemos viviendo la segunda parte de Panama Deception que se filmó luego de la invasión y que inciden negativamente en la economía: 1- El grado superlativo de desorden urbano en sus dos caras: la inmobiliaria, en la que se viola y pisotea el derecho del usuario-consumidor de la rapacería de seudoempresarios de bienes raíces y todo el rosario de vividores que se autodenominan “intermediarios” o “agentes corredores”.

Esta cadena de corrupción público-privada violenta el derecho de propiedad de miles de panameños y extranjeros que ya empiezan a perder sus ahorros de jubilación y a valorar con objetividad la realidad panameña. Este desorden genera pérdidas individuales y familiares incontables a la economía nacional.

También el hecho de que hay cientos de miles de panameños que pasan más de un cuarto del día laboral en el tráfico vehicular, 2-la depredación ambiental en la forma de deforestación y contaminación. Las operaciones del tráfico de buques en el Canal se están entorpeciendo por las emanaciones de humo tóxico del vertedero de basura de Colón. Además tenemos el ineficiente servicio de agua y el desperdicio de la misma. Cada día que pasa, “la mejor agua del mundo” de la que nos jactábamos en Panamá desde la construcción del Canal es un chiste; 3- el ineficiente uso de los recursos públicos en la modernización de la educación y la agricultura. La falta de servicios elementales es patente a todo nivel de la vida nacional y todo se quiere “solucionar” con leyes y gasto estatal. La tragicomedia que viven miles de hogares de clase media con la búsqueda de empleadas domésticas es un factor incisivo en las pérdidas económicas a nivel de microeconomía familiar. El turismo que ha sido un rubro que ha detenido la caída libre del deterioro laboral en nuestro país, ya se empieza a afectar con los cierres de la Vía Interamericana. Es como un haraquiri que nos hacemos en ese afán de hacernos la vida imposible entre nosotros mismos, mientras las causas que los ocasionan persisten.

En Panamá y en el resto del mundo, pero con mucha más crudeza en nuestro país, se observa y se palpa ostensiblemente la amplia discordancia y el espejismo de las cifras macroeconómicas con las microeconómicas o personales y familiares. Vivimos en una caricatura de primer mundo, en el que es más difícil tomar un taxi para ir a la otra esquina (“no voy pa´llá”) o tomar un autobús, que cobrar a los ciudadanos las cargas fiscales o comunicarse con personas a miles de kilómetros de aquí.

La leche y el aguacate son más caros que la pacha de seco. Conseguir personal bilingüe es una gran aventura en este país en donde vivimos más de un siglo asociados a ese idioma; encontrar a alguien que sirva para labores domésticas y de nivel técnico en una empresa es una rutina decepcionante y exasperante signada por la dejadez, la irresponsabilidad y la incompetencia.

Tenemos índices de primer mundo hacia fuera, pero hacia dentro somos una mezcla de Haití, Venezuela y Miami: lo único que nuestro Miami o Dubai está inundado de excretas y basura, producto de nuestra sempiterna corrupción pública e inercia cívica.

La cantidad de recursos monetarios no son el indicador fiable para medir el bienestar global en una sociedad. La globalización ha bajado costos en muchos aspectos, sobre todo en comunicaciones; eso le quita ocupación a la tradicional clase media en los países industrializados. Panamá no escapa a esa realidad a la que no le hacemos frente con un sistema educativo de calidad.

Los extranjeros vienen y se instalan en el “nuevo destino”. Unos de paseo, otros por plazas de trabajo que los panameños no quieren o no pueden ocupar. Es impresionante la cantidad de extranjeros, sobre todo colombianos, que se asientan en Panamá y logran mejorar su situación económica a expensas de labores que no son realizadas eficientemente por nacionales por ignorancia o pereza.

Hasta los chicheros y vendedores de frituras con su inventiva están llenando espacios que panameños no pueden brindar con un mínimo de calidad de servicio. Tenemos mediocridad en cantidades industriales para exportar. Así, el enclave canalero y el bolsillo del fisco estatal están cada vez más llenos de dinero, pero el bolsillo de la clase media y popular no logra conseguir la “democratización del auge macroeconómico”.

Y esto simplemente por dos cosas: corrupción pública y corporativa e incompetencia por falta de capacitación para dar servicios eficientes, innovativos y productivos. No se trata de redistribuir la riqueza, sino de propiciar la libertad de elegir en el plano económico y laboral mediante mejores herramientas para competir empresarialmente y en recibir una educación de calidad sin obstruccionismos de ninguna clase. Es justo acotar que por primera vez en la postinvasión se está viendo un esfuerzo consistente en tratar de mejorar nuestro sistema educativo.

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