DOBLE MORAL Y PREVENCIÓN

Hipocresía social: Lesbia González

En los noticiarios, en las redes sociales, en los periódicos, en cada esquina y en el transporte público, todo el mundo parece tener respuestas, soluciones, jugadas o la mejor movida para cualquier tema que acontezca en el país. Claro, hablan siempre y cuando no sea su problema. Es decir, que no sean ellos los que deban hacer lo que pregonan como solución.

Por ejemplo, recomiendan cómo debe jugar la “sele”, pero no apoyan a la Liga Panameña Fútbol (LPF) y tampoco entienden de cultura futbolística, de la que Panamá aún anda en pañales. Qué fácil es, desde su comodidad, opinar sobre los que no tienen agua, salud, comida, transporte ni seguridad, entre otras carencias; de cómo hay que tratar a los “chiquillos revoltosos”, siempre y cuando no sean los de ellos; creen que el promedio académico “solito” predice buena conducta, o sea que los alumnos con promedios regulares son todos “mal portados”. Desconocen por completo el concepto inteligencia. En fin, la verdad es que en este país la prevención de los problemas no ha tenido la cabida que merece y que nos ayudaría a no estar como estamos. Cada quien tiene su fórmula mágica. La prevención se refiere a evitar o en todo caso minimizar las consecuencias de una acción.

Queremos excelentes futbolistas, pero los queremos ya, con todo el éxito y fama que se han ganado otros a punta de esfuerzo, tanto personal como de las comunidades y países de donde vienen.

Queremos jóvenes modelos, “bien portados” automáticamente, sin haber trabajado desde la casa, la escuela, la comunidad, con programas y políticas de mejorar la calidad de vida de la población. Sin el amor y respeto que merecen todos para crecer, con mente sana y próspera.

¿Qué ven y oyen nuestros hijos? Por un lado, la hipocresía social les pide sanidad mental y, por el otro, esa misma sociedad los incita con un lenguaje seductor mercadotécnico, que ellos no logran entender, si es bueno o malo, pero que les parece “rareza” imitar. Los padres, amigos verdaderos, buenos maestros y líderes sociales, religiosos y comunitarios hacen malabares para endulzar a los chicos en un camino sano. ¿Lo hacen todos? ¡Hipocresía social!

Queremos el dinero rápido y fácil, no importa cómo se obtenga. Que irónico es pedir decencia mientras el país enfrenta altos niveles de corrupción, conocidos hoy porque ha hecho crisis, pero que siempre imperó y ha sido un modelo oculto (más bien un secreto a voces) que pasa de generación a generación; un modelo llamado “juega vivo”.

Como tenemos tantos opinológos bienintencionados, que tienen respuestas mágicas para todo, ellos recomiendan: “Denle una buena tunda de golpes a esos revoltosos”, sin hacer un análisis profundo, pues esos jóvenes son el reflejo de una sociedad en decadencia moral, ética y en valores, que recién cosecha lo sembrado.

“Métanlos presos, castigo”–grita la turba enardecida–, dentro de cárceles que no trabajan la rehabilitación, más bien son caldos de cultivo para más criminalidad. Así vamos en espiral y en un círculo vicioso.

¿Qué se hace a nivel macro? No hablo de los microprogramas dirigidos por gente que sí hace algo por su comunidad; ni de cada uno de esos héroes y líderes que prestan su tiempo para crear ligas deportivas; ni de aquellos que ayudan a los chicos de la calle y que le dan de comer al hambriento; ni de los buenos maestros que orientan (aunque los padres no hagan su parte) y no ponen como excusa que ese “no es su trabajo”; ni de los religiosos que usan el amor al prójimo como su guía y sirven al necesitado. Hablo de políticas estatales serias, grandes que trascienden gobiernos, ministros, personas…

Hablo también de cada panameño y extranjero que mora en este país de prosperidad económica y geografía privilegiada, en donde todos quieren vivir. ¿Qué hacen que no sea individual? ¿Limpio mi barrio, recojo la basura, no la tiro, soy amable con los vecinos, le enseño a mis hijos el respeto a todos, para que vean un buen ejemplo, lo copien y reproduzcan?

¿Apoyo a la LPF, para luego reclamar un buen fútbol? ¿Así como algunas provincias apoyan el béisbol, y vemos cómo este deporte prospera, soy consciente de que debo ser buen ciudadano desde el voto responsable y que debo pedir cuentas a los políticos por lo que hacen con mi país?

¿Amo realmente a Panamá, más allá de la bandera en los torneos internacionales? ¿Cuido la tierra, la agricultura, el arte, el deporte, mi calle, barrio y mi acera? ¿Conozco la historia, las luchas y los sucesos que nos marcaron, como “Panamá puente del mundo corazón del universo”, de modo que la lleve, como Ricardo Miró, “toda entera dentro de mi corazón”? ¿Soy consciente de que si hoy no trabajo en prevención, nada hago con quejarme; que de nada sirven mis opiniones, por muy bienintencionadas que sean? Recuerde, ¡el cambio que queremos empieza con cada uno de nosotros!

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