PROBLEMA SOCIAL

Legalización y lucha antidrogas: Caleb Delibasich

Hace unas semanas el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, hizo noticia cuando dijo estar a favor de la legalización de las drogas. Sus declaraciones sorprendieron a muchos, porque él basó gran parte de su campaña en una plataforma conservadora de política de “mano dura” contra la delincuencia y el crimen organizado. ¿Qué lo haría cambiar de parecer? Basta tan solo analizar los hechos, objetivamente, para darse cuenta de que la guerra contra las drogas, lejos de ayudar, ha causado más daño.

La guerra contra las drogas ha incrementado el precio de estas, increíblemente. Como en cualquier industria, los carteles le transfieren sus altos costos de distribución al consumidor. Esto lleva a que muchos adictos salgan a robar o prostituirse para costear su adicción. No solo eso, lleva a que los carteles estén dispuestos, literalmente, a ir a la guerra por un pedazo del negocio. El problema es que la violencia no se limita a estos actores, sino que afecta en peor medida a terceros que nada tienen que ver con el tráfico de drogas. Miles de personas se han visto afectadas, especialmente en Centroamérica y México, por la violencia que produce la guerra contra las drogas. Todo esto acabaría si las legalizáramos.

No solo hay argumentos socioeconómicos que indican que la legalización es el camino a tomar, sino que se trata de una cuestión de derechos individuales. ¿Cómo puede existir un crimen sin víctima? Si una persona consume drogas sin hacerle daño a nadie, por qué un gobierno debe decirle qué cosa puede, o no, ingerir. ¿Cómo pretendemos proteger a individuos, libres, de ellos mismos? Es como si de alguna forma un gobierno pudiera tener control sobre nuestros cuerpos. En Estados Unidos, alrededor de la mitad de los arrestos son por simple posesión de marihuana. Se dice que son para “proteger la seguridad pública”, pero la realidad es que el número de casos de maltrato intrafamiliar o manejo bajo la influencia del alcohol superan ampliamente el número de casos de personas bajo la influencia de alguna droga ilegal. Aún más, estudios han mostrado que, en comparación con el alcohol o tabaco, la marihuana es una sustancia benigna. Claramente, hay un doble estándar.

Hay que aclarar que estar a favor de la legalización no es de ninguna manera apoyar la promoción o glamorización del consumo de drogas. Si la venta y compra de cigarrillos o alcohol fueran ilegales, sería el primero en protestar. De igual manera, protesto en contra de la guerra contra las drogas. Las personas tienen derecho sobre sus cuerpos y deberían ingerir lo que les plazca, siempre y cuando no infrinjan los derechos de otros. Otra aclaración es que el consumo de drogas no es lo mismo que el abuso de drogas. En EU más del 40% de la población, incluyendo al presidente Obama, admite haber fumado marihuana en algún momento de su vida. Esto muestra que la sociedad ha aprendido a convivir con esta droga y que mucha gente la usa de forma recreacional o medicinal. Que un gobierno luche en contra es ridículo y contraproducente.

Las drogas no dejan de ser un problema para la familia y la sociedad, lo que quiero recalcar es que no son un problema criminal, sino médico. Los adictos no deben ser tratados como criminales, sino igual que hacemos con los alcohólicos. La cuestión es cómo abordar el problema. Habría que hacer esta pregunta a los que se oponen a la legalización de las drogas: ¿Si usted encontrara a su hijo o hija fumando marihuana, llamaría a la policía para que los arrestaran por criminales? Si es prohibicionista, debe ser consecuente con su pensamiento y responder que sí. Sin embargo, la mayoría sabría que es la forma menos indicada de encarar el asunto. ¿Si es tan obvio, por qué insistimos en esta guerra contra las drogas? La respuesta puede estar en que desde Washington se nos impone.

Estados Unidos consume más que cualquier otro país, y el hecho de que Guatemala, Panamá u otros países latinoamericanos decidan legalizar las drogas no solucionará todos los problemas. La solución está en que EU tome la decisión. Sin embargo, esto no debe restarle importancia a que los presidentes latinoamericanos muestren su desacuerdo a la guerra contra las drogas. Esperemos que las declaraciones de Pérez Molina sean recibidas y escuchadas no solo por Washington, sino en Latinoamérica.

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