RESUMEN DE ACTOS

De Macondo a Panamá: Berna Calvit

Este es el último artículo que escribo antes de las elecciones del 4 de mayo. Hago un paréntesis porque mientras lo escribía, el jueves, me enteré del fallecimiento de Gabriel García Márquez. La noticia se regó por el mundo e imagino que, como yo, muchos dejamos de hacer lo que estábamos haciendo para decirnos: ¡Murió Gabo! No fue sorpresa pero aún así, me estremeció la despedida final de un señor a quien nunca vi ni de lejos, pero a quien sentí tan cercano como si hubiéramos sido amigos de juventud, confidentes de amores y aventuras. Con él fui a Macondo; por él conocí a Aureliano Buendía, José Arcadio, Úrsula Iguarán, Melquiades, Amaranta, Pilar Ternera y a Mauricio Babilonia el de las mariposas amarillas; a Eréndira y su malvada abuela; al Coronel que no tenía quien le escribiera y cuyo nombre nunca supe; con Gabo viajé por el río Magdalena mientras el paciente Florentino Ariza y Fermina Daza, ya ancianos, finalmente desfogaban con pasión tardía. También me llevó a conocer al tirano siempre en enfermiza zozobra para no perder el poder; el que en los últimos años de su vida, obligado por el endeudamiento del país le vende el mar a los “gringos”. En esta novela, El otoño del patriarca, pone en evidencia las atrocidades a que puede conducir un poder sin límites sobre el que dijo en una entrevista “Pienso que la incapacidad para el amor es lo que los impulsa a buscar el consuelo del poder”. Reyes, presidentes, intelectuales y gente común rendirán homenaje al escritor y al periodista que tanto escribió con “veintiocho letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal”. Grande entre grandes, mucho se dirá sobre García Márquez, un hombre cuya pasión por la palabra fue avasalladora. Lo recordaré en su escritorio con la flor amarilla que, decía, necesitaba tener a la vista para poder escribir, seguramente puestas allí por su gran compañera, Mercedes Barcha. O cantando alguno de los vallenatos de su amigo Rafael Escalona.

De vuelta al 4 de mayo próximo. Ante esta nueva elección, una mirada retrospectiva me indica que no me equivoqué en la anterior: no voté por el presidente triunfador. No tomo a la ligera elegir a los que nos gobernarán; dentro de las lógicas imperfecciones presto atención a las cualidades y los defectos de los candidatos; sus antecedentes como ciudadanos comunes y como políticos; la clase de personas que están en su círculo cercano; las propuestas y su comportamiento durante la campaña electoral. Lo hice en el 2009 y lo estoy haciendo ahora. El derroche absurdo de dinero en propaganda para enamorar mi voto no lo consiguió; no me nublaron “la luz del entendimiento” ni surtieron efecto en mi ánimo los chismes que se achacan a los candidatos para demeritarlos. Estos meses los he pasado desherbando la granja política para encontrar el grano bueno que me apena decir, no abunda.

No ha habido ni habrá gobierno que nos acomode bien a todos; siempre habrá razones para el descontento; y entre más profunda la desigualdad social y la distribución de la riqueza, más difíciles serán las soluciones. Esas dificultades las ha acentuado el gobierno actual que no se puso “en los zapatos del pueblo”; vi en Martinelli el comerciante, el empresario que supo venderse como se vende un producto en un supermercado, práctica que desafortunadamente intentan todos los políticos (esta vez eximo a Jované). Le reconozco el empuje “ejecutivo” para hacer obras de importancia como el Metro, pero no me encandilan otras obras hechas con el nada disimulado fin de ganar votos en las áreas donde está el grueso de los votantes. Embarcado en megaproyectos, casi todos inconclusos, lo que lo tiene muy alterado, (excepto el Metro al que le metió alma, corazón y muchos, demasiados millone$) desatendió los problemas básicos, agua, servicios eléctricos, escuelas dignas, salud, criminalidad, el agro. No menciono la cultura porque para la mentalidad mercantilista la cultura no hace sonar la caja registradora. Su obsesión fueron las obras de cemento, lo tangible, a la vista.

El apoyo sin sujeción a las limitaciones de la ley, del presidente y sus funcionarios, al candidato oficialista Arias, y la designación de la esposa del presidente actual, Marta de Martinelli, como vicepresidenta, mandan preocupantes señales en cuanto a la autonomía que tendrían si lograran triunfar. Y que tendremos más de lo “mismito” que tenemos hoy. Hay quienes consideran que el apoyo gubernamental masivo a los candidatos de Cambio Democrático obedece a la necesidad de protegerse de las posibles complicaciones que pudieran surgir por razón de los escándalos nacionales e internacionales que han manchado seriamente la imagen del gobierno actual. Nada puedo agregar a lo que distinguidas personalidades de la política, la sociedad civil y sencillos ciudadanos de a pie han dicho sobre estos años de despilfarro, improvisación y leyes que causaron luto, muertes, pérdidas en la economía; de doña justicia vapuleada; de la desmesura en el gasto y la nula fiscalización de la contralora Bianchini, en prolongado estado catatónico; de que en vez de echar a andar la cadena de frío, enfriaron los casos Financial Pacific, Finmeccanica y otros. ¿Y el caso del juez Ballesteros? Me sobran razones para rechazar el refrán “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Siempre me ha parecido un mensaje de cobardía. Usted, ¿cómo lo interpreta?

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