DEGENERACIÓN POLÍTICA

Pacto con el diablo: Carlos Guevara Mann

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En su célebre ensayo La política como vocación (1919), el sociólogo alemán Max Weber escudriña la actividad política y divide en dos categorías a quienes participan en ella. En una pone a los que viven “para” la política, identificando así a quienes, impulsados por sus convicciones y, por lo general, independientemente de motivaciones pecuniarias, aspiran a participar en el poder o a influir en su distribución.

En otra categoría coloca a quienes viven “de” la política: aquellos que logran obtener de esa actividad los recursos suficientes para garantizar su supervivencia, robustecer su posición económica y, en última instancia, obtener las gratificaciones emocionales relacionadas con el ejercicio del poder (prestigio, figuración, dominio sobre otras personas).

Entre los ingresos que reciben los que viven “de” la política, Weber menciona tanto los emolumentos formales (salarios legalmente estatuidos) como “las propinas y cohechos” (o sea, lo que los panameños llamaríamos “coimas”), una “variante irregular y formalmente ilegal” del ingreso de los políticos profesionales.

Al enunciar los dos tipos “puros” de políticos, Weber no realiza un juicio valorativo o prescriptivo. El que vive “para” la política está normalmente motivado por ideales o convicciones firmes, ya sean benéficas o maléficas. De tal suerte, podemos deducir que tanto un paladín de la democracia, como Franklin D. Roosevelt, lo mismo que un exponente del totalitarismo, como Adolfo Hitler, son ejemplos de individuos que viven “para” la política.

Aunque caracteriza a algunos de ellos como individuos generalmente incultos y “socialmente despreciados”, Weber tampoco repudia a quienes viven “de” la política. Atribuye el surgimiento del político profesional –ese que vive “de” la política– a la modernización de las sociedades y, en particular, a la evolución de la democracia. El político profesional es un fenómeno social, punto. En algunas sociedades su actividad está más vinculada a la corrupción que en otras, dependiendo –según se puede inferir– de qué tan permisiva de la ilegalidad es la sociedad que lo acoge.

En Panamá, una sociedad con cada vez más precaria formación educativa, donde el ejercicio del poder tiene cada vez menos contenido programático y donde las prácticas mercantilistas asedian, desde tiempo inmemorial, la esfera pública, predomina el político que vive “de” la política sobre el que vive “para” ella.

Conceptualmente –siguiendo a Weber– esto no es, necesariamente, malo. En la práctica, sin embargo, observamos que la “profesionalización” de la política –en un contexto de precariedad intelectual e ideológica, donde el culto al dinero fácil predomina sobre cualquier otro valor y no recibe sanción social– ha conducido a una escandalosa distorsión de la función pública, en teoría orientada a promover alguna versión del bien común.

En nuestro medio, el político profesional es –típicamente– el que traiciona y abusa de la confianza ciudadana para obtener beneficios particulares. A eso –en esencia– se reduce el ejercicio de la política en Panamá. Las evidencias abundan y los ejemplos no radican exclusivamente en uno u otro partido político. En todos los bandos predominan quienes aspiran a vivir “de” la política de la manera más burda y chabacana.

Explorar las causas de esta degeneración es un cometido importante, que aún no se emprende con suficiente seriedad. Claramente, los patrones de conducta impuestos durante el régimen militar, basados en la explotación del Estado para beneficio del dictador y sus adeptos, ha tenido mucho que ver, sobre todo cuando la transición a la democracia no estuvo acompañada de una ruptura con la pervertida institucionalidad de la dictadura.

La incapacidad manifiesta del régimen democrático por perseguir los delitos y castigar a los delincuentes, aunada a las graves deficiencias del sistema educativo y la promoción de una cultura de grosera acumulación monetaria también son factores importantes.

En la consideración de estos aspectos, fundamentales para nuestro desarrollo social, haríamos bien en retomar a Weber, quien al final de su citado ensayo incursiona en el ámbito prescriptivo. “Quien quiera en general hacer política –dice– y, sobre todo, quien quiera hacer política como profesión, ha de tener conciencia” de que “quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan en torno de todo poder”.

“Quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia –agrega– ha sellado un pacto con el diablo”. En una democracia, corresponde a los ciudadanos, a través de su accionar cívico, evitar que ese pacto diabólico prospere, fructifique y se imponga a los objetivos de bienestar general que constituyen los cimientos de la comunidad política.

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