CRISIS DE CREDIBILIDAD

Palabra de honor: Alfredo Spiegel Calviño

Pareciera que en estos tiempos casi no se habla de la palabra de honor y pareciera, también, que ha sido borrada del diccionario de algunos, que la han substituido por “el juega vivo”. En el tiempo de nuestros abuelos y bisabuelos, dar la palabra, significaba dejarse uno mismo en garantía (como debe ser) de cabal cumplimiento, comprometiendo el mismísimo honor. Y no es que en esos tiempos no hubiese el sinvergüenza que faltara a ella, pero eran los menos. ¿Pero, qué es el honor? En el diccionario encontramos la siguiente definición: “Actitud moral que impulsa a las personas a cumplir con sus deberes”.

Del libro La otra historia de México tomamos el siguiente ejemplo: “A la caída de Querétaro quedó prisionero de los juaristas el general Severo del Castillo, jefe del Estado Mayor de Maximiliano. Del Castillo fue condenado a muerte, y su custodia se encomendó al coronel Carlos Fuero. La víspera de la ejecución el general pidió que llamasen al cura y al notario, porque quería confesarse y hacer su testamento. El coronel republicano le dijo. –No hay necesidad de mandarlos llamar. Usted irá personalmente a arreglar sus asuntos y yo me quedaré en su lugar hasta que usted regrese. –Pero, Carlos –le respondió emocionado– ¿Qué garantía tienes de que regresaré para enfrentarme al pelotón de fusilamiento? –Su palabra de honor, mi general –contestó Fuero. Después de arreglar sus asuntos pendientes, el general Del Castillo regresó a la prisión, pero no fue pasado por las armas. Don Benito Juárez, conmovido por la magnanimidad de los dos militares indultó al general y ordenó la suspensión de cualquier procedimiento contra fuero”.

Ahora veamos dos ejemplos de incumplimiento de la palabra empeñada por un mismo personaje en el tiempo de la dictadura militar en Panamá. Era sabido que, a su retiro, el general Rubén Paredes incursionaría en la política y que correría a la Presidencia con el respaldo del nuevo comandante Manuel Noriega, quien en su discurso de aceptación pronunció la famosa frase “buen salto, Rubén”, pero le quitó el paracaídas. También, se acordó entre la oficialidad respetar el escalafón y que al retiro de Noriega ocuparía el cargo de comandante el coronel Roberto Díaz Herrera pero, también, lo defenestró.

En la historia reciente vemos que la credibilidad de los políticos está por el suelo; no se respetó un pacto electoral con el compañero de nómina ni el relevo en la presidencia de la Asamblea y tanto se ha caído en el descrédito, que el Presidente tuvo que firmar una declaración jurada, ante 13 notarios públicos, para tratar de convencer a la ciudadanía del cumplimiento de su palabra. También se anunciaron renuncias que no resultaron ser “irrevocables”. La palabra dada, sin duda, tiene una importancia histórica, por la que se pacta un trato o acuerdo tácito y que, generalmente, se sellaba con un apretón de manos. Sin embargo, y desde hace años, sobre todo, en este mundo globalizado, la palabra escrita y ante notario pasó a cobrar relevancia desplazando a este compromiso.

Pero no es cierto que hemos echado a un lado la palabra de honor, pues la usamos comprometiéndonos, frecuentemente, en el hogar entre cónyuges, con los hijos, los nietos, con familiares y amigos, en el trabajo, en algún negocio. A todos, de alguna u otra forma, nos ha tocado empeñar nuestra palabra de honor. Cumplirla, al igual que la ética y las buenas costumbres, definitivamente, se inculca en el hogar. El honor es sinónimo de respeto, dignidad y honradez.

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