REFLEXIÓN

Perdón para Noriega: Rolando Aparicio O.

El exgeneral Manuel A. Noriega regresa. Su memoria nos acompaña desde hace décadas, memoria que hace aflorar resentimientos, rencores y odios de los afectados por sus acciones. Son heridas que no han sanado, aun cuando el ex hombre fuerte demuestra fragilidad en sus pasos y una ya caída ancianidad. A finales de los años 80, cuando la situación nacional entró en crisis, las Fuerzas de Defensa amedrentaban a los ciudadanos, los desaparecieron, torturaron y asesinaron; la muerte cruel del Dr. Hugo Spadafora fue detonante para que el país entero desafiara la arbitrariedad de los militares.

En los últimos años no hemos vuelto a escuchar declaraciones del exgeneral, no tenemos imágenes claras de su condición física más allá de las que la televisión muestra: esposado de pies y manos, su rostro oculto y mucha dificultad para caminar... viejo, su actitud desafiante de hombre fuerte, machete en mano, quedó atrás; ya no participa de la narcomafia ni del trasiego de armas, ya no lava dinero ni exilia adversarios; abandonado por sus aliados, ya no queda nada que cobrar.

El exgeneral pagará hasta el último día de su vida las consecuencias de sus actos. No desapareció ni se pudo escabullir de la justicia. No se formaron escuadrones busca “criminales de guerra” escondidos en fincas privadas, alejados de la civilización. Noriega fue juzgado, condenado y ha cumplido su pena. Cuando llegue sabremos el veredicto de nuestras autoridades, quienes en derecho actuarán. No podemos pedir más. Los panameños defendimos la democracia, la justicia, la libertad; ahora debemos aplicar a Noriega los derechos que hemos mantenido en esta tierra durante su ausencia. La democracia que él buscaba acorralar, puesta a su servicio. Convocar a marchas o manifestaciones, aunque pacíficas, para cuando llegue, ¿qué beneficio traerá al pueblo? Como panameño, Noriega responderá, ahora, de acuerdo con nuestras leyes, y si la ley favorece a los ancianos al momento de pagar sus condenas, entonces así debe ser. No estuvo detenido en nuestras cárceles porque le permitimos a un Estado extranjero condenarlo y encarcelarlo primero que nosotros.

Quisiéramos que mostrara arrepentimiento, que pronunciara una palabra de reconciliación para con los familiares de los muertos y desaparecidos. Si tan solo los medios nos contaran de su deseo de pedir perdón a quienes ofendió con sus actos, el país entraría en un proceso de sanación y paz. La exigencia del perdón no debe ser para humillar al victimario ni ponerlo de rodillas ante un pueblo que se considera víctima. Cuando conscientes de nuestras faltas pedimos perdón, alcanzamos la paz; es decir: Noriega es un ser humano perturbado por sus actos... encontrará sosiego cuando pida perdón. Cuando quien nos ofende nos pide perdón, él se convierte en médico de nuestras heridas. ¿Y si nunca pide perdón? Aunque nunca lo hiciera, nosotros sí podemos perdonarlo.

De lo contrario, moriríamos igualmente, sumergidos en nuestros propios rencores y resentimientos.

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