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Política panameña, ¿fama o drama?: Juan Miguel Centella

Algunos panameños que se dedican a la política constantemente sorprenden al resto de los ciudadanos. Me parece que ese es su deber. Pero esas sorpresas deberían ser buenas, positivas, alegrarnos y no producir repudio hacia ellos.

Antes, los políticos parecían más sagaces que el resto de las personas. Parecían saber algo que los demás no sabíamos. Su primera fortaleza parecía ser la fama. Ser conocidos por todos o que muchas personas supieran quiénes eran, parecía hacerlos creer a ellos (y también a los demás) que se trataba de personas con virtudes y conocimientos superiores.

Pero el transcurrir de los tiempos y los cambios en las formas de coexistencia, así como los avances tecnológicos han ido transformando la forma de entender la fama. Así las cosas, un cantante de reggae, un futbolista o el ganador de un concurso de baile en televisión se hace tan famoso como un político (a veces más). Y como algunos creen que ser famoso es ser importante o ser superior, vemos cómo los egos comienzan a hincharse y se dan saltos inesperados, perjudiciales, pero efectivos.

Hemos visto cómo el mejor de un concurso de baile –por lo menos en popularidad– se convirtió en el peor alcalde de la capital. Que fuera alcalde evidenciaba la falta de escrúpulos y la inmoralidad de quien, para aprovecharse de su fama, lo impuso. Solo le importó lograr su objetivo político, sin mirar el daño que le hacía al país. Por eso, más culpable que el propio alcalde, es el irresponsable que lo propuso para ese puesto, sabiendo las grandes limitaciones proporcionales a su anatomía de entonces.

Ese desatino llegó hasta el extremo de cambiar leyes nacionales para salvarle el pellejo, porque se evidenció que la incapaz víctima de esta historia ni siquiera tenía la nacionalidad panameña. Se trataba de una historia construida con falsedades, abuso del poder que tenían con el control de la Asamblea Nacional, hasta traiciones a la patria, por la imposición de una persona que no podía ocupar ese cargo.

Curioso es que el autor de estos desmanes, mentiras, abusos y traiciones trataba de mostrarse como un hombre de principios religiosos, aun cuando había acumulado poder y riqueza a punta de embriagar al país. Precisamente, sus orígenes marcaban su proceder, su permanente forma de actuar, sacando provecho a cualquier costo. Cuando llegó el momento sacrificó al alcalde con tal de preservarse él ante su aliado político, a quien permanentemente y a toda costa le colaboraba. De igual manera actuó con un importante miembro de su partido, a quien sacrificó en Tocumen.

Hoy, ese político olvida que ya lo conocemos y pretende volver a engañar a los panameños con otros argumentos también torcidos. Ahora que sus fortalezas basadas en la fama gubernamental adquirida por 26 meses de feliz relación con el “presi”, el negocio de bebidas alcohólicas, el dinero y la colaboración de otros políticos, ya no le dan tan buenos resultados, comienza a actuar con mayor desatino. Pero ya comienza a sufrir las consecuencias y cada día parece más difícil que ascienda de “vice” a “presi”.

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