PANAMÁ-COLOMBIA

Reseña de una extraña relación: Ramón A. Mendoza C.

Desde el nacimiento de Panamá, en 1821, su destino voluntariamente se unió al de Colombia por más de 80 años. Pero esa relación nunca nos fue beneficiosa. La displicencia con la que los “rolos” de la altiplanicie santafereña trataron a los istmeños–costeños (síndrome cultural todavía perceptible), atizó un sentimiento nacionalista, cuya naturaleza brillantemente expuso Justo Arosemena en su opúsculo El Estado Federal de Panamá, materializado en más de tres separaciones. Panamá sufrió los efectos devastadores de la Guerra de los Mil días. Posteriormente, la negativa colombiana de firmar el tratado Herrán–Hay detonó la independencia definitiva.

La separación y la construcción del Canal todavía pesan como una vergüenza histórica colombiana. No obstante, Panamá nunca ha demostrado resentimiento por ese trato, al contrario, ha sido suelo acogedor para generaciones de sus inmigrantes, que se funden con panameños y crean familias locales. Panamá ha sido suelo fértil para inversionistas colombianos y ha mantenido un vigoroso comercio con el país vecino y la balanza comercial siempre se inclina a su favor.

En los últimos años, esa migración se ha intensificado. Miles de colombianos incursionan en la economía informal y realizan actividades reservadas, por ley, a los nacionales. Pero, con esa miríada de gente honesta, también ingresan truhanes, ladrones, asesinos y estafadores que importan modalidades criminales nunca antes vistas aquí, agravando el flagelo del narcotráfico y el clima de inseguridad. Los panameños lo sabemos, pues lo vivimos día a día, sin embargo, no ha existido la intención de los gobiernos de restringir y regular la migración competitiva y nociva, al contrario, crean “crisoles de razas” para viabilizar la situación migratoria de miles de vecinos. Estos generan millones de dólares en remesas que salen del país para solventar necesidades de muchas familias colombianas; flujos no controlados por Panamá, pero bienvenidos en la economía vecina, sobre todo ahora que sufre una seria devaluación monetaria.

A cambio de estos beneficios, Panamá solo recibió sanciones económicas a las importaciones de la Zona Libre de Colón, revocadas por la Organización Mundial del Comercio, pero que Colombia apelará. Colombia tiene a Panamá en una “lista negra” como paraíso fiscal, pues pretende ser miembro del club de los países ricos de la OCDE e imponernos un tratado de doble tributación y cruce de información tributaria automática, como si Panamá fuese un problema tributario para Colombia. Panamá, país pequeño con sombra de gigante, tiene dignidad y sus gobernantes deberían saberlo y sentirla. En una relación en que la parte más beneficiada es Colombia, ellos deberían sopesar la forma en que nos tratan. Bien podríamos, por ejemplo, restringir las remesas a Colombia, imponer controles migratorios y laborales estrictos, y otras medidas de retorsión como un peaje especial para toda mercancía que vaya destinada a Colombia. Esta relación debe ser más justa y digna, ya no somos el istmo ni los costeños, somos la República de Panamá, un Estado independiente con iguales derechos entre sus pares.

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