GOBIERNO

¿Vendrá una cacería de brujas o se hará justicia?: Franklin Delgado

El pasado 1 de julio, mientras algunos disfrutaban del día libre por la toma de posesión del nuevo Presidente de Panamá, saltó a mi atención la última noticia internacional que confirmaba el arresto de un expresidente de Francia por actos de corrupción.

De igual manera, la justicia italiana se ocupa de un caso gigantesco de corrupción (Finmeccanica), en el que solo existió una manifiesta tentativa de soborno hacia autoridades internacionales (definición: ganas y actos preparatorios para el transe).

¿Será que los panameños no estamos cómodos con perseguir la corrupción de nuestros compatriotas?

Para responder a esta pregunta, debemos recordar qué ha pasado con los supuestos casos de corrupción, por lo menos, en la época democrática más reciente. Cada cinco años, con el advenimiento de nuevos gobiernos, la mayoría de los panameños espera que todos los corruptos sean investigados. Pero hemos visto cómo, con el transcurrir del tiempo, esa expectativa se diluye en la desesperanza.

Y eso que las investigaciones empiezan con mucho auge y exposición a través de los medios de comunicación social, empero, elementos legales burocráticos brotan como maleza en invierno.

En otras palabras, los investigados tocan tembol, triki y salvación. Para algunos, las persecuciones obstaculizan el desarrollo de la economía y ven como bueno el no hacer nada. Pero como un parásito no tratado, la corrupción parece enquistarse y cada quinquenio nos golpea más burda, irrespetuosa y exagerada.

¿Cómo terminar de una vez por todas con esto?

Los actos de corrupción, por desgracia, no han sido eliminados en ningún país del mundo, sin embargo, en muchas latitudes se han logrado disminuir hasta niveles imperceptibles.

Debemos empezar con eliminar todos los elementos tecnocráticos que impiden una investigación profunda objetiva, imparcial y a prueba de alianzas partidistas. Y estos cambios deben venir desde la Constitución, para impedir que una ley le vuelva a colocar nudos a la justicia.

El presente gobierno ostenta la oportunidad de oro para realizar los cambios necesarios, y así enviar un mensaje claro: “Basta ya de corrupción y de impunidades”. Estamos convencidos de que no faltarán las opiniones internas y externas, que sustenten que la cacería de brujas nos hará daño como sociedad; pero créanme que la justicia está lejos de ser catalogada como cacería.

En otros países, los efectos que arroja su aplicación en los casos que involucran a los funcionarios de gobierno que han abusado del poder público, tienden a desalentar la corrupción y a promover un clima de productividad entre los ciudadanos.

Y es que, si le aplicamos el sentido común, la mayoría (aun los hijos de delincuentes) son alentados al estudio, al trabajo duro y a ser hombres y mujeres de bien. Por esto, es lógico el desaliento que sufren al ver a los gobernantes hacerse millonarios por medio de actos deshonestos, y que encima no les suceda nada.

Ya les hemos dado suficientes oportunidades de “mirar hacia otro lado”, y los actos de corrupción cada vez son más escandalosos. No existe un solo país en el mundo que haya logrado su desarrollo dejando que este mal se enquiste en sus instituciones.

No importa el apellido, la fama, el dinero, la influencia y/o las alianzas políticas, las sanciones deben ser ejemplarizantes por el bien de nuestras futuras generaciones.

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