SOLIDARIDAD

¿Por qué nos duele tanto Venezuela?: César Anel Rodríguez Herrera

Mucho he pensado en las tantas reacciones que provoca en mi entorno cercano y en mí lo que vive hoy Venezuela. Al ser un tema de interés, es normal que despierte cierta atención, pero la verdad es que lo que veo a diario en las redes sociales me toca más que eso.

Hace exactamente 26 años (1988) pasaba frente a mi casa la caravana que respaldaba la dictadura militar de Manuel A. Noriega y su Colina (Coalición de Liberación Nacional) liderada por el hoy “glorioso” PRD. Yo, sin entender que mis padres eran empleados públicos, que nos tenían vigilados y que un paso en falso podría ser catastrófico, dibujé en una tela blanca y con “plumonitos” una piña acostada, en señal de reproche. Escondido de mi mamá, esperé el momento oportuno para salir a manifestarme cuando pasara la caravana de la dictadura. No se cómo lo hice... ¡pero lo hice! Eso sí, no faltó el regaño de mis papás ante el peligro por tanta osadía.

Ese espíritu de lucha lo aprendí. Mis tíos, incluso mis papás a quienes no les gusta la política, lucharon como pudieron por defender la democracia. Crecí viendo cómo se armaban planes para vestir de blanco los parques en el interior; cómo, sin dinero, se hacían miles de banderas blancas para simbolizar la lucha. Me tocó correr y esconderme cuando pasaban los “guardias”, porque no podíamos jugar frente a nuestra propia casa en las tardes, solo porque éramos oposición. Vi a mi papá llegar ensangrentado, golpeado, porque era civilista y porque a “los guardias” se les antojaba asustarnos. Vi la casa de mis abuelos baleada, escuché el sonido ensordecedor de las metralletas. Aprendí que en plena crisis, cuando no se podía comprar nada, un plato de arroz blanco era lo mejor que había para comer. Aprendí a hablar en claves por las escuchas telefónicas. En mis primeros ocho años aprendí lo que significaba el miedo, ¡el terror! Y a calcular cada paso, porque de no hacerlo podía sucederme lo mismo que a los familiares de varios amigos que se vistieron de luto. Eso fue lo que viví en mi niñez, gracias a la dictadura militar en Panamá.

Nunca entendí cómo, pasado el tiempo, no se les reclamó y juzgó en ley, como se debía, a los responsables de todo aquello (porque Noriega no fue el único), y muchos de ellos hasta ostentaron y aspiran a cargos políticos. ¡No lo entendí y no lo entenderé! Hago toda esta analogía, porque no puedo evitar recordarlo cuando veo las fotos y videos de Venezuela. Yo soy panameño y recuerdo, aunque nos duela la forma cómo fue, que por más lucha que le hicimos a Noriega no lo quitamos solos. La situación se hizo insostenible y tuvieron que intervenir extranjeros para apoyarnos.

El mundo no se puede quedar mirando lo que pasa en Venezuela... Venezuela hoy necesita nuestra opinión, solidaridad y apoyo. Nosotros lo vivimos y creo que peor. Cuánto me gustaría que no existieran niños en Venezuela viviendo lo que aquí nos tocó experimentar. Venezuela nos importa, nos duele, porque no es diferente al Panamá de ayer. Nos duele porque ya vivimos lo que ellos sufren ahora, y pensamos que nunca más lo volveríamos a ver.

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