ECONOMÍA NACIONAL

Nuestro abismo fiscal: Roberto Brenes P.

Un demagogo dice que una mentira repetida mil veces se vuelve verdad. Así el Gobierno sin remilgos afirma que mientras la tasa de crecimiento económico sea superior a la tasa de endeudamiento, estamos chévere. A los que miramos con cautela la baraúnda de gastos, se nos acusa de que no vemos la panorámica –el big picture– para citar textualmente. La realidad es bastante más fea y costosa.

Primero examinemos dos conceptos. Todo estímulo económico, llámese incremento de gasto o de inversión, provoca actividad económica. Pero la naturaleza y finalidad de ese gasto puede resultar en poco, mucho, incluso en ningún crecimiento más allá del estímulo inicial. Si un padre recibe un préstamo y lo gasta en mejor educación para sus hijos, el resultado será diferente a si lo usa para comprarles tragos y bailoteo. En ambos casos la plata entra a la economía en la forma de compras de bienes y servicios y, en efecto, se muestra un crecimiento del producto nacional, pero solo el primer gasto tiene un efecto reproductivo de crecimiento futuro. Entonces, a pesar de lo que se diga, no se debe dar el mismo peso al crecimiento que produce un gasto de consumo banal a una inversión productiva a largo plazo, aunque marque igual que la medición del PIB.

El otro concepto; los gastos y la inversión del Estado vienen o de los impuestos que cobran o del endeudamiento que adquirimos. Pero en ambos casos, el repago de la deuda siempre vendrá del ingreso del Estado o sea del cobro de impuestos. Entonces, si el gasto no genera un crecimiento positivo real que expanda la base fiscal del Estado, el repago de la deuda contraída tendrá que pagarse con aumento de impuesto a los mismos que ya pagaban. Y si el endeudamiento crece más rápido y/o en forma más ineficiente que el crecimiento económico, la deuda solo se podrá pagar con tasas más altas de impuestos y así un círculo vicioso hasta que los ciudadanos no puedan ser gravados más.

Si en el ejemplo de arriba, al padre lo reemplazamos por el Estado, el gasto en guaro y campana difícilmente creará riqueza nueva y, por lo tanto, el repago de la deuda se hará con impuestos que empobrecerán a todos. Mientras que el gasto en educación producirá mejor nivel de vida, más capacidad para generar riqueza y, con ello, más capacidad, ya sea por la vía de los impuestos o de los ingresos, para repagar la deuda en que originalmente se incurrió.

Hoy, el Estado se concentra en tres rubros: inversión pública, gasto público y subsidios. En todos se da una grotesca combinación de endeudamiento, ineficiencia y corrupción que puede llevarnos a nuestro propio “abismo fiscal”.

El Gobierno ha sido un gran constructor. Pero la forma y la naturaleza de esa inversión están lejos de ser efectiva y eficiente. Las adjudicaciones directas de contratos, que son la mayoría, se hacen seguramente a precios por encima de lo que hubiese resultado en un proceso de competencia. Esto es sin contar los costos ocultos que puede haber por corrupción y las infinitas adendas a esos contratos que encarecen más las obras. Los contratos de “llave en mano” tienen implícitos elevados costos financieros, además de jugosos márgenes en las obras. Además, muchas obras que se hacen para cumplir con compromisos políticos y tienen rentabilidad nula o negativa.

El gasto público es un problema grave y crónico. Los gobiernos, apenas suben, aprueban una reforma fiscal en la que gravan a la gente con la falsa promesa de que reducirán el gasto estatal. Con los años nos hemos recetado una burocracia frondosa y costosa, que destruye riqueza con sus miles de requisitos y el atraso de su gestión. Este enorme gasto tiene poca o ninguna posibilidad de generar la riqueza necesaria para siquiera repagar sus sueldos, viáticos, carros oficiales y toda la parafernalia que viene con el territorio.

Además de todo, hemos logrado la ligereza política de consentir a los ciudadanos con grandes sumas en subsidios al consumo. Estos tienen efectos perversos más allá de las implicaciones morales. El subsidio al combustible, por ejemplo, no promueve ahorro energético, pero sí incentiva a expandir nuestra huella de carbón; o sea, nos endeudamos para jo... el ambiente. Decir por una vez “100 a los 70” fue reconocer un apoyo puntual y de reducción paulatina. Pero cambiarlo, a “100 cuando llegues a 70” es crear un terrible incentivo contra el esfuerzo individual y la formalidad económica y a favor de una cultura de pedigüeños que a los 70 exigirán 100 o 300, lo que los políticos acaben aprobando. Y así...

Entonces, sumemos y restemos. ¿Es sabio promover un alto nivel de endeudamiento en programas improductivos y demagógicos que nunca se repagarán? O, ¿no se gesta en este elevado endeudamiento un incremento futuro de impuestos o de una drástica reducción de gasto público para, malamente, cumplir los compromisos financieros? Pero, ¿en verdad tenemos una sociedad con una estructura productiva eficiente y tasas de ahorro elevadas que aguanten una reforma fuerte? O ¿no somos más bien unos griegos tropicales viviendo de los subsidios, el crédito “hasta la guacha” y del cuento político?

El inicio de 2013 es buen momento para reflexionar y actuar. Y que no quede para después aquello de que “estos polvos traen esos lodos”.

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