TESOROS AUTÓCTONOS

De allá donde uno: Jaime Figueroa Navarro

Resultado de una reciente conferencia en Chicago, nos honró con su visita un campechano dentista cincuentón de origen polaco. Le acogí en Tocumen a media tarde. Al aterrizar, después de un vuelo de cinco horas y media, le enuncié: “Dzien dobry, Kris!” (Buenas tardes Cristóbal).

Oriundo de la ciudad de los vientos, extremadamente pálido y transpirando copiosamente, fruto del notorio cambio de clima, me explicó en un inglés entrecortado que es tan nutrida la masa de polacos en algunos barrios de su ciudad que se logra vivir sin amoldarse a la lengua de Shakespeare.

Por tierra, como acostumbro trasladar al forastero primerizo, rodamos descubriendo matices de nuestra campiña: el bollo preñado en La Chorrera; el agua de pipa, en Capira, y el tasajo en la Fonda El Ciruelo. Surcamos los últimos 42 kilómetros entre Las Tablas y Pedasí, sobre un lienzo de cerritos y valles, harto similar a la Toscana italiana. Señalé, ya casi llegando, que a raíz del encanto de nuestro destino, se hacia de rigor echar hacia atrás el reloj 100 años.

Encarna Pedasí, a Dios gracias, el genuino significado de provincia. Su gente bonachona nos obsequia sonrisas que brotan del corazón, virtuosas costumbres, torrejitas de maíz, jugo de uvita y los manjares de la encantadora doña Dalila de Dulcería Yeli, su más noble embajadora. El trinar de los gallitos, en lugar del estruendo del endemoniado tráfico capitalino, nos absorbe al alba, entremezclado con el placentero aroma de leña y café.

Las primeras luces del viernes nos acogen, embarcados en una panga que se desliza desde playa El Toro hacia la inmensidad del mar, divisando cerquita Isla Iguana y más lejos, Farallón, cuando picotea el anzuelo un pródigo atún de aleta amarilla, espléndido abrebocas de 24 libras, que extenúa a nuestro visitante, sorprendido, más aún, por el proceder del marino al acercar el pez, fustigándole y sustrayendo a mano limpia las vísceras desde las agallas, diestramente fileteando y almacenando el manjar dentro de bolsas plásticas en el hielo de la nevera.

Es el Carnaval pedasieño auténtica reflexión de las raíces folclóricas de nuestros pueblos: tunas cantadas con tambor y caja, uno que otro violín, mujeres empolleradas, caballeros en camisillas, las velas y perfumes. Guapas espectadoras, soberbios carros alegóricos, ambiente familiar. La mañana del domingo de Carnaval, las reinas de Calle Abajo y Calle Arriba en misa, agradeciéndole al Señor el éxito de las galas.

Posterior al entierro de la sardina y de retomar el largo camino de vuelta, desde la ventanilla del avión, nuestro invitado de seguro reflexiona sobre el derroche de belleza, las calles bien trazadas, arquitectura colonial, mojadera, culecos, orden y ambiente de fiesta sana. Sin olvidar su preciado trofeo y el deleite de haber saboreado el más exquisito y fresco filete de atún sellado en aceite de achiote con culantro.

Pensando así, de allá donde uno: ¡Cuando sea grande, quiero ser alcalde de Pedasí, para conservar siempre el hechizo de su maravilloso Carnaval y de sus magnánimas tradiciones!

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