VOCACIÓN Y ELECCIÓN

Una conquista: Charlie Del Cid

La libertad se conquista. San Agustín diferenciaba entre libre albedrío y libertad: el primero es la capacidad que tenemos los humanos de decidir nuestros fines, medios, acciones, pensamientos y omisiones; la segunda es la máxima felicidad que se encuentra cuando utilizamos bien el libre albedrío. Nuestra naturaleza humana está herida, pero no incapacitada. Lutero decía que no podíamos nada, que el pecado original había destruido nuestra voluntad y nuestra razón. Lo único que nos salvaba era la fe; nuestras acciones siempre iban a estar manchadas por la herencia pecaminosa que adquirimos de Adán y Eva. Santo Tomás de Aquino afirmaba que estamos heridos, pero no incapacitados para ejercer bien nuestro libre albedrío.

Si analizamos la vida humana, desde los primeros años, vemos cómo nuestros instintos nos llevan al egoísmo, para algunos esta es la verdad de Thomas Hobbes, el hombre nace con la maldad, es un lobo para el otro hombre. Para los que creemos, la revelación cristiana es la herencia del pecado, la concupiscencia que está en nosotros. Los padres tenemos la tarea de ir educando a nuestros hijos en los valores de la solidaridad: el mal de los otros es mi mal y debo luchar por erradicar la maldad y el egoísmo del mundo.

Tengo libertad, pero tengo una serie de instintos animales que debo domesticar. La ley de la selva está dentro de mí. La libertad es la capacidad de domesticar todos estos instintos, encauzarlos hacia el bien. Dios no se equivocó cuando nos dio libertad.

La libertad es una herramienta preciosa para obtener méritos. Los animales y las plantas no obtienen méritos: sus acciones son instintivas, ya están reguladas. En cambio nosotros podemos decidir nuestro destino. Tú haces tu destino con la libertad que Dios te dio. Claro que hay circunstancias que podrían influir en nosotros: crecer en una barriada plagada de delincuencia, drogas, libertinaje. Pero, incluso, esas circunstancias difíciles se convierten en méritos, pues al vencerlas recibo más méritos.

Para los que creemos en Dios, todo concurre para bien de nuestra libertad (Romanos 8, 28); hasta nuestros cabellos están contados. Todo está en manos de Dios. Pero mi libertad es fundamental para redimir mi historia: sin ella Dios no puede hacer nada. Él necesita de mi libertad; no para utilizarme, sino para potenciarme y llevarme a alcanzar lo más alto: mi plena humanidad.

Sartre afirmaba que si existía Dios, no podía haber libertad. Dios, por lo tanto, es el enemigo de la libertad humana, pues sus leyes siempre son prohibitivas. Sin duda que esto es un episodio más de la primera rebelión. El hombre quiere ser creador y no creatura. El hombre quiere decidir por sí y no reconocer que cuando él llegó al universo, hace dos millones de años, ya la historia cósmica llevaba cerca de 15 millones de años. Pero con todo, somos la única creatura que Dios ha querido en sí misma. Somos los únicos con capacidad de amar. Santo Tomás de Aquino afirmaba que el hombre es un viador –statu via–, perfectible. Dios nos hizo con la capacidad de perfeccionarnos. Somos naturaleza, pero también vocación y elección. Cada uno decide qué hacer con su libertad.

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