SOCIEDAD

De corderos y otras comodidades: Armando Guillén M.

El 3 de mayo de 2016, en La Habana, Cuba, sucedió algo impensable: Chanel presentó su colección “Crucero 2017”, en el Paseo del Prado, la avenida que divide La Habana Vieja y el centro de La Habana, para el no iniciado. Esto es, a mi criterio, aun más significativo que la histórica visita de Obama o el concierto gratuito que los Rolling Stones –al cual asistieron más de 100 mil espectadores–, ambos eventos ocurridos en marzo.

Chanel –un exquisito sueño capitalista– presentó una colección en un lugar que durante años ha mantenido una posición de corte comunista, afirmando rechazar el consumismo, antes de manera firme, ahora débil. ¿Acaso Cuba está, finalmente, dispuesta a formar parte del resto o es el resto quien desea abrazar a la isla? Como sea, no me concentraré en eso, pues, son los bolsos de la casa francesa los que me dejaron pensativo.

Verán, como casi todas las empresas en la industria de la moda, Chanel genera la mayor parte de sus ganancias de la venta de productos de belleza y accesorios, entre estos carteras. No son sus creaciones de alta costura, cuya confección requiere 100 o 200 horas de trabajo manual, y que bien pueden considerarse obras de arte; eso casi no genera ganancias. Las estrellas de la empresa son los accesorios.

Los bolsos de Chanel son unos de los más codiciados por los consumidores de modas. Comprar uno es casi como un rito de iniciación para la mujer moderna. Estos bolsos suelen estar fabricados de piel de becerro o cordero. Mucho más accesibles que un vestido de alta costura, pero no dejan de ser un lujo. Estas bolsitas de piel son más que un producto (el papel higiénico también lo es).

Son comodidades. Ahora bien, ¿qué está detrás de la producción de semejantes comodidades? Esta pregunta genera otras: ¿Quién armó el bolso?, ¿quién cortó el cuero?, ¿quién curtió la piel?, ¿quién desolló al cordero?, ¿quién consumió su carne?, ¿dónde criaron al cordero?, ¿con qué lo alimentaron?, ¿quién es el granjero?... y así, muchas otras. Todo es visto como mercancía, que parece surgir de la nada y aparece ante nosotros como por arte de magia. Pero nadie cuestiona cómo es que la mercancía existe, porque a nadie le importa.

No somos muy diferentes a la mercancía que adquirimos y la que, casi siempre, desechamos después de un tiempo. Sin ánimos de dar a mi discurso un tono marxista (Karl escribió sobre esto ya hace varias décadas, ver teoría del fetichismo de la mercancía). Debemos reflexionar sobre el papel que jugamos dentro de la maquinaria del consumismo, pues adquirir un producto nos hace cómplices de lo que esté detrás, bueno o malo.

No me malinterpreten: disfruto de las comodidades. Pero solo si cuestionamos por qué consumimos los productos que consumimos, y qué esconde su producción, podremos parecernos menos al cordero del cual se fabricó el bolso. No propongo rechazar el consumo, a lo Castro.

Sugiero, más bien, que aprendamos a ser consumidores responsables, críticos y libres.

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