EL CASO NORIEGA

Lo que se ha debido preguntar: Betty Brannan Jaén

PANAMÁ, R.P. –Tras la entrevista que CNN hizo recientemente con dos de las hijas de Manuel Antonio Noriega, me he quedado ponderando si la memoria selectiva es algo que se hereda o algo que se aprende en casa. Ciertamente, me parece que tener la valentía de encarar los hechos como de veras son –no como uno quisiera que fueran– es algo que cada individuo desarrolla por sí solo; pero ahora estoy preguntándome si eso, también, es algo que se aprende en casa.

Esto viene al caso porque sabemos que Manuel Antonio Noriega sigue negando sus crímenes, pero eso no obliga –ni justifica– que sus hijas sigan haciendo igual. A través de los años, muchos lectores me han escrito para opinar que es injusto culpar a los hijos por los pecados de sus padres –esto aplica también a Martín Torrijos–, pero distingo entre “culpar” a los hijos y permitirles que nos mientan. Lo que espero de los hijos de dictadores –o de cualquier criminal– es que, como mínimo, reconozcan honestamente los crímenes cometidos por sus padres, sin tratar de tapar la verdad. Más elogiable, como próximo paso si esos hijos tienen cierto sentido moral, es que pidan perdón a las víctimas de sus progenitores. Pero lo verdaderamente admirable es que los hijos busquen la manera de hacer una reparación por los daños que sus padres le hicieron a sus víctimas o al país; pienso, por ejemplo, en la creación de fundaciones, en programas de voluntariado o en campañas pro defensa de los valores y libertades que sus padres aniquilaron. Yo admiraría, hasta los cielos, a un hijo de dictador o asesino que públicamente adoptara la posición de que, como hijo, él no participó en los crímenes de sus padres ni puede ser culpado por ellos, pero que, como hijo, siente una obligación moral de tratar de reparar los daños que el padre dejó.

En esa entrevista, por lo tanto, las hijas de Noriega bien pudieron haber aceptado que por mucho que quieran a su padre, ellas sienten alguna medida de vergüenza y arrepentimiento por los crímenes que él cometió. Como bien observó Guido Spadafora, ellas pudieron haber pedido perdón por el asesinato de Hugo y por muchas otras cosas.

Pero no lo hicieron. Dejaron claro que se sienten bendecidas, en vez de estigmatizadas, por el apellido Noriega y desviaron toda pregunta sobre la dictadura de su padre, con la excusa de “no nos corresponde justificar”. Lamentablemente, el entrevistador no se había preparado bien para hacerles preguntas muy puntuales. Pudo haberles preguntado, por ejemplo:

1. ¿Niegan ustedes que su padre cometió asesinatos a sangre fría en la “masacre de Albrook”? ¿Qué le dicen ustedes a las familias de los que murieron allí?

2. ¿Niegan ustedes que su padre estaba en la planilla de la CIA? ¿No era eso una traición a Panamá?

3. ¿Niegan ustedes que su padre manipuló la elección de 1984 y anuló la de 1989, aniquilando así los derechos más básicos del pueblo panameño?

4. ¿Niegan ustedes que el gobierno de su padre era ilegítimo?

5. ¿Niegan ustedes que su padre dijo en el juicio en París que bajo su gobierno, el papel del Presidente era “administrativo”, siempre que el mandatario se coordinara “debidamente” con las fuerzas armadas?

6. ¿No es cierto que su padre atestiguó en París que este era “un sistema agradable, o de acuerdo a las necesidades del pueblo panameño”, que la invasión de Panamá se dio porque Estados Unidos vio que el pueblo panameño “compartía” esa apreciación?

Arriba hablé de una obligación que los hijos de los dictadores tienen con las víctimas y con el país, pero se me ocurre que hay una obligación, también, con la historia. Las personas cercanas a los hechos tienen un deber de documentarlos y esclarecerlos, pero honestamente. La familia Noriega nos debe por lo menos eso.

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