EL LLAMADO ´MILAGRO CHINO´

Una edificante historia: Guillermo Sánchez Borbón

Esta es la segunda y última parte del artículo sobre el llamado “milagro chino”, que publiqué en La Prensa el 29 de septiembre. Hoy me propongo analizar cómo se produjo y cuáles serán sus consecuencias.

El sucesor de Mao comprendió claramente que China estaba condenada a morir –tarde o temprano– de hambre por el crecimiento desaforado de una población de suyo excesiva. A lo cual hay que agregar que únicamente el 8% de su tierra es apta para la agricultura, y se comprenderá el problemón al que se enfrentaban sus nuevos dirigentes. Estos decidieron cortar por lo sano con medidas anticonceptivas draconianas.

Permitían a cada pareja tener un solo hijo, cosa que produjo incontables tragedias. Por razones que ignoro, los chinos han hecho un culto del varón.

Así, cuando una pareja tenía una hembra, sus padres la mataban y volvían a intentar hasta que naciera el varón que exigía la tradición. Dios sabe cuántas tragedias terribles causó esta política y cuáles serán las consecuencias, a la larga, en un mundo con mucho menos mujeres que hombres. Aunque, también es muy posible que los chinos hayan evolucionado tanto, que el culto al varón sea ahora una cosa del pasado. Yo creo en esta última posibilidad, de otra manera sería incomprensible la cantidad de mujeres, dedicadas a actividades científicas y técnicas, que uno ve en los programas de televisión.

Antes de poner el grito en el cielo, conviene recordar que en todos los países europeos la industrialización fue precedida por una dramática disminución del aumento vegetativo de la población. Claro está que en Europa no hubo que recurrir a medidas tan radicales. El proceso –por razones que ignoro– se produjo más o menos espontáneamente, a lo largo de un período de muchos años. Pero, además, cuando yo era muchacho la población del mundo era de 2 mil millones y pico de habitantes.

¿Qué factores contribuyeron a que se disparara desaforadamente? En primer lugar, el mejoramiento de la higiene pública, hecha posible por el espectacular avance (a partir de la segunda mitad del siglo XIX) de la bacteriología, de la parasitología y, por último, de la virología.

Por primera vez el hombre comprendió la causa real de las enfermedades y la forma (todavía embrionaria) de combatirlas. La aparición de la sulfamida en la década del 30 (si mal no recuerdo) puso por primera vez en manos del hombre un medicamento eficaz para combatir las enfermedades infecciosas (antes habíamos aprendimos a mantener a raya –con vacunas y otra medidas preventivas– algunas terribles epidemias virales). Más tarde entraron en juego los pesticidas, que mantuvieron a raya la malaria y otras maldiciones milenarias (y, de paso, hicieron posible la construcción del Canal de Panamá). Y, por último, los antibióticos. Yo asistí a la súbita desaparición de las grandes maldiciones que diezmaban a la población del mundo: las enfermedades infecciosas.

Claro está que los grandes descubrimientos no vienen solos. Ni son gratis. El hombre empezó a abusar desaforadamente de los maravillosos medicamentos, abuso que ahora hemos empezado a pagar carísimo. Ya el descubridor de la penicilina había hecho una severa advertencia sobre el uso indiscriminado de su maravillosa contribución: podía conducir al surgimiento de cepas microbianas resistentes, o inmunes, a los antibióticos.

Aquí en Panamá (como en el resto del mundo) hemos pagado un precio prohibitivo. Un microorganismo, huésped antes bienvenido a nuestra flora intestinal, de repente ha adquirido una virulencia agresiva, y ya ha causado no sé cuántas muertes. En una revista médica leí que ha surgido una cepa de gonococos, que engorda (y aumenta su virulencia y agresividad) con los antibióticos, que antes, ingenuamente, creímos que habían liberado al hombre para siempre de ellos y de todos sus amiguitos.

A pesar de las draconianas medidas adoptadas en China, hoy este país tiene 3 mil y pico de millones de habitantes. Con una siniestra particularidad (como la de todos los países europeos que la precedieron en el control de la natalidad), una población que envejece a un ritmo alarmante. El hombre está atrapado en un callejón sin salida. Tal vez (como las otras especies que nos precedieron), está condenado a desaparecer en un lento y melancólico crepúsculo. Tal vez, un mundo sin seres humanos sería mucho más feliz y bello que el nuestro.

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