NUEVA ETAPA DE RELACIONES

Al oído del embajador Farrar: Jorge Gamboa Arosemena

Panamá, como parte de Nueva Granada, desde 1846 con el tratado Mallarino Bidlack empezó su relación formal con Estados Unidos (EU). Relación que ha sido de inequidad, no solo por la desproporción en tamaño y potencialidades de las dos naciones, sino porque nuestros dirigentes mayoritariamente han actuado como siervos, mas no como señores en su tierra, y se han allanado a los intereses gringos.

Hubo honrosas excepciones como la de Arnulfo Arias, en 1941, y Roberto Chiari, en 1964; también ha habido entreguismo enfermizo como el de Omar Torrijos fraudulentamente disimulado por falta de información histórica. Las relaciones Panamá-Estados Unidos han sido un vía crucis para nosotros, en el que destacan fechas como el año 1903, con el tratado ignominioso; 1921, con la Guerra de Coto; 1925, con la represión del Movimiento Inquilinario; 1931, con la mediatización de Acción Comunal; 1941, con el derrocamiento de Arnulfo Arias; 1947, con el Convenio de Bases detenido por la determinación de un pueblo; 1964, como hito negro en la relación que reveló la retorcida mente imperialista al masacrar a un pueblo; 1968, apadrinando el tercer derrocamiento de Arnulfo Arias y el inicio del pervertido apoyo a sus agentes Torrijos y Noriega; 1977, con un tratado que nos pone a perpetuidad “bajo el paraguas del Pentágono”, como cínicamente dijo su agente, culminando con el año 1989, con la barbarie de la muerte tecnificada, so pretexto de quitar a otro de sus agentes.

Hoy seguimos con las bases aeronavales, los ejercicios conjuntos y los adoctrinamientos, en centros militares gringos, de nuestros policías, entre otros ejemplos del vía crucis.

El embajador debe ser muy respetuoso, sobre todo, si se encuentra con interlocutores con poco amor patrio en las reuniones que está llevando a cabo y en las que estos, en vez de exigir una relación respetuosa y armoniosa, se desgajan tratando de congraciarse con los representantes de Estados Unidos para no ser objetados y obtener apoyo en sus aspiraciones de llegar al poder político. Sectores del establishment estadounidense han preferido tratar con politicastros corruptos de países estratégicos, a quienes pueden manipular para obtener ventajas. Esperemos que el embajador Farrar sea de los funcionarios que entienden la necesidad de cambiar –en forma y fondo– las relaciones. Así EU demostraría que es la nación que dice optar por la moralidad en las relaciones entre Estados. Interactuar con panameños, o ciudadanos de cualquier otra nacionalidad, que le ofrezcan una relación subalterna, genera que otros ciudadanos sientan animadversión hacia EU, porque se alía y apoya a políticos que expolian a sus pueblos.

EU debe entender que Panamá no es una frontera donde detener el narcotráfico que busca un mercado más lucrativo, y que nuestros pueblos –no solo Panamá sino toda nación latinoamericana– no deben ser obligados a combatir esta actividad ilícita, solo porque ellos no han querido modificar sus fallidas políticas antinarcotráfico y delitos conexos, a costa de muertes, violencia, corrupción y penetración del crimen organizado en nuestras sociedades y gobiernos. Esto les da una falsa excusa para penetrar a los gobiernos sumisos que usan el poder en beneficio propio y entienden que no deben oponerse a los intereses hegemónicos; pero, como muchos de estos gobiernos están integrados por elementos sin moral, igual son penetrados por el crimen organizado, resultando que la supuesta lealtad no llega más allá de un beneficio para nuestros politicastros.

Como ejemplo está el blanqueo de capitales, en el que con facilidad incurren empresarios o empresarios-políticos que profesan su admiración y sumisión a EU, pero que ante las ganancias fáciles, cuentan con la infraestructura para cometer este delito, llegando a financiar campañas y hasta controlando los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, colapsando la democracia.

Panamá y EU en el concierto de las naciones, proporciones guardadas, tienen un mandato de sus ciudadanos decentes: propiciar el bien común para sus pobladores. Este bien común no se mide por el crecimiento económico de los países, sino por el índice de desarrollo humano. Hoy los gobiernos del mundo presentan como un logro las economías crecientes, aunque la institución familia esté en crisis, la salud sea precaria, la educación no llegue con equidad o se esté depredando el medio ambiente desoyendo el Protocolo de Kioto.

Si el encuentro del embajador Farrar con interlocutores, sean políticos o de la llamada sociedad civil no aborda estos temas, se trata de reuniones infructuosas, que darán más de lo mismo. Si se siguen sembrando vientos, se cosecharán tempestades...

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